Lo pequeño o la nada

El presidente de la República francesa de 1913 a 1920, Raymond Poincaré, en plena guerra, rogó al escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez que fuera al frente, “pero no para escribir en los periódicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe, y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva a nuestra causa”. Y, en efecto vio la luz la novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis, que no sólo sirvió a la causa de los aliados, sino también al repudio de la guerra, algo tan inexplicable como inútil, y la escribió justo cuando los alemanes estaban a unos de kilómetros de París. Un gesto que pocos conocen.

Ayer un salesiano de mi comunidad, exprofesor de Biblia, compartió conmigo una verdadera joya de su dilatada experiencia como sacerdote. Me contó cómo ya hace años, por Navidad, en un grupo bíblico que animaba compartieron el episodio del Evangelio de Lucas sobre Zaqueo (Lc.19, 1-10) y cómo la experiencia de cercanía y del perdón de Jesús lo movió a cambiar de vida y a devolver lo robado y a compartir con los más pobres. Pues bien, pasadas las fiestas, una señora del grupo se le acercó antes de comenzar las clases, le llevaba un paquete algo pesado. El salesiano imaginó que sería algún detalle de Navidad o algo parecido. Como tenía clase, lo llevó consigo y lo dejó sobre la mesa. Al final de la jornada, ya en la tranquilidad y el sosiego de su habitación, abrió el paquete con cuidado, y cuál no fue su sorpresa al encontrarse en el paquete tan bien envuelto y pesado, joyas, medallas, cadenas, pulseras, todo de oro, y una nota escrita que decía: “Mi marido y yo, conscientes de lo que significó para Zaqueo la cercanía del Señor, queremos donar todo el oro que hemos acumulado durante toda nuestra vida, para nuestros hermanos más pobres y eso nos hace muy felices. X y Z”. Imaginad. Se quedó de piedra. La mitad del “’pequeño tesoro” terminó en las obras de las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta y la otra mitad en las Misiones Salesianas. Un pequeño gesto que nadie, salvo unos pocos, conocían.

Hace algunos años, pensando en cómo podía motivar a los alumnos más jóvenes a hacer algo por los más desfavorecidos, encontré una especie de lema que repetí como un mantra para animar a la participación: “El que menos hace por los demás es el que no hace nada”. Y dio resultado. Poco o nada. Tú decides.

Muy claro aparece en la deliciosa novelita juvenil que en los años 80 leímos con fruición, Momo de Michael Ende. Momo, protagonizada por una niña huérfana y con una gran capacidad de escucha, es una profunda crítica al modelo racional de concebir nuestro tiempo, un modelo economicista que olvida esos pequeños momentos y sensaciones que, sin tener valor económico y por tanto puedan parecer superfluos, son realmente los más importantes de la vida humana, que siempre tiene una vertiente espiritual.

En este mundo que nos ofrece los grandes modelos, los iconos del éxito, las grandes obras, los millonarios triunfantes, los superhéroes capaces de salvar el planeta, el todo o nada… nos pueden parecer inútiles y sin importancia los pequeños gestos que cada uno de nosotros, personas anónimas y la inmensa mayoría fuera de los grandes círculos de influencia y decisión, podamos hacer. Pero… no hay nada más lejos de la realidad. Eso es una mentira, una fake news. Nosotros, los miles de millones de personas que poblamos este planeta, lo construimos diariamente. Nuestros pequeños granitos de arena, hacen una montaña. Sólo quien no hace nada es el que no puede ofrecer nada. Somos, por decirlo con palabras del mismo Jesús, administradores fieles que esperan la venida de su Señor. Nuestra opción es lo pequeño frente a la nada. ¿Qué eliges?

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