Los intrépidos «curas de la liberación» en América

Aquel día de la Virgen de la Merced, la Patrona de las instituciones penitenciarias -eufemismo para designar las cárceles y sus aledaños administrativos- fui invitado a predicar el sermón de Nuestra Señora. En la cárcel de Guadalajara. A los presos de la cárcel.

Acaso fue en los comienzos del otoño de 1978.

Yo llevaba ya diez años de cura.

Había predicado en la capilla del cementerio Verano en Roma sábados y domingos, en Borgo Podgora, en Latina ocasionalmente; en Intra di Verbania, Stresa, Pallanza, donde me invitaron mis amigos los salesianos Rondolini, Miglio, Maffei el verano de 1969; en los pueblos de la Gallura en Cerdeña de 1969 al 73; en Zuazo de Cuartango, Anda, Andagoya, Jócano, Aprícano, Izarra y Nanclares del 73 al 75, amén de Azkoitia, la cuenca del Urola y Renteria… hasta el 2010.

Era, pues, mi primer sermón a los presos de una cárcel. También me invitaron a celebrar la misa. Y allá que me fui, nerviosillo como un flan de huevo, que son los más nerviosillos, porque los otros «fraguan» como si fueran cemento… Aparentemente siempre puedo ofrecer un talante rompedor, seguro, invasor, pero por dentro dudo, doy vueltas… En la capilla carcelaria se amontonaban los presos con cara de circunstancias. Había alguna cara conocida, de Guadalajara mismo. Caras hoscas, caras ingenuas, caras patibularias, caras asqueadas, malas caras, buenas caras, caras duras, caras blandas. Todas caras de presos. En fin. Menos la cara del director, la del capellán, la de los guardianes, la de un representante del Ayuntamiento, de la Diputación y no sé si del obispo. Todos estaban en una especie de estrado distinto, al lado del altar… La gran mayoría de presos, y entre ellos algunos guardianes, estaban en el ala central y única -allí todo era único, todo era central… hasta cuando llamaba por teléfono al señor «Ladrón de Guevara» que tenía a sus hijos en Salesianos Guadalajara, la señorita siempre decía «Prisión Central de Guadalajara. Dígame». Llegó el momento del sermón y miré a la concurrencia. Siempre lo hago. ¿A quién predicar, a los representantes, a los representados, a los unos o a los otros? Aquel sermón iba escrito línea a línea, vive Dios, Javier Valiente. Volví a mirar y remirar aquellas caras -caras oscas, caras ingenuas, etc.- y dije: «No sé por dónde empezar, amigos. No sé qué deciros…». Todo el mundo tranquilo, porque todo el mundo pensó que también el inicio del sermón iba preparado. Y, amigo Javier, eché mano de la historia.

La historia resulta ser un alegre sonajero informativo hasta en la seriedad de una homilía, conferencia, discurso. Y dije: «Cuentan, amigos, que hallándose San Pedro Nolasco en oración, durante la noche del 1 al 2 de agosto de 1218, recibió el encargo de María Santísima de fundar una nueva congregación religiosa, cuyos miembros imitaran a su hijo Jesucristo, redimiendo a los cristianos cautivos de los sarracenos, dándose a sí mismos en prenda si fuere menester». Y así lo hizo naturalmente Pedro Nolasco fundando los Mercedarios, que ejecutaron una de las «obras de misericordia» más entrañables desde el siglo XIII al XVI, «redimir al cautivo».

Entonces los mercedarios se fueron a hacer las Américas, pero de otra manera, donde existían otro tipo de cautivos, los esclavizados por la explotación. Que la redención tenía que ser libre, sin más anillo ni argolla que el amor, la responsabilidad y la fe. Que. Que. Que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón y que parva es la oveja que se confiesa con el lobo. Eran tipos valientes, atrevidos, osados. Y el vendaval carioca agitándoles el hábito y las románticas guedejas les daban un magnífico aire de profetas.

Amigos, nadie les echó en cara por entonces -desde el punto de vista doctrinal- que se dedicaran a rescatar cuerpos prisioneros y a liberar almas, pero con sus cuerpos. Y eso sí que era ser, por definición, «los frailes de la liberación», los que de verdad ¡iban a tomar el cielo!, porque bien podían entrar por el ojo de una aguja. Y es que muchos de ellos eran esbeltos, inmaculados y caedizos como los sauces y pobres como las ratas.

Nadie les echó en cara…

Bueno sí, sí, los explotadores sí se lo echaron en cara. No los sarracenos que cobraban sus buenos impuestos en maravedíes o se quedaban, a cambio del preso-trabajador liberado con el mercedario-rehén encarcelado. ¿Hay quién dé más? Los explotadores «cristianos», «católicos» apurando más, sí se quejaron de aquellos «curas de la liberación» y «temporalistas» que hablaban y hablaban contra la esclavitud. «Son testarudos en sus ilusiones y valientes en sus errores», dicen que escribían así a Su Majestad Católica y a Su Santidad el obispo de Roma. A los explotadores les hubiera gustado muy mucho que aquellos benditos frailes llegaran a los infectos lugares de esclavizados trabajos (los ingenios, los campos de azúcar, los cafetales…) y se hubieran puesto a predicar el amor de Dios, la obediencia, la oración, la caridad… En fin, lo que es el meollo del Evangelio ¿o no se dice en él que Jesús vino a librar a los presos, a sanar a los enfermos, a evangelizar a los pobres? Pues eso, pues claro, pues hombre, pues vaya. Hombre de Dios, que todo eso son metáforas, que son brindis al sol.

En cambio, cuando los desheredados, desplazados, desposeídos, vencidos, esclavizados o colonizados descubrían que algunos de los barcos que llegaban de España traían el pendón de Nuestra Señora de la Merced, lo que significaba es que allí venían mercedarios, se alegraban, saltaban de gozo. Las palabras desaparecían de los ranchos, de las chozas, de la prisión no digamos. Lo que quedaba ya de ellas eran despojos en el chillido de las gaviotas. El lamento de un pasador en las gargantas de los cerrojos. Y entonces, muchos, tantos, todos los cautivos se ponían a cantar «a capella» las canciones de la añorada África».

Hasta aquí el sermón en la cárcel.

A la hora del lavabo, entre los dos monaguillos-presos, recité aquella parte de la oración que decía: «Lavabo inter innocentes manus meas / Lavaré mis manos entre los inocentes». ¡Hay que ver, Javier, qué liturgias más oportunas! No pude quedarme al pequeño cóctel. Saludé a unos y a otros con ilusión. El señor Ladrón de Guevara no me dijo nada y con el correr del tiempo sus hijos en Salesianos «los ladroncitos de Guevara» tampoco. No me volvieron a invitar. Todavía no acierto a saber por qué.

Fue mi primer y último sermón en una cárcel.

Tomando ya el pasillo de salida, un interno me suelta: «Padre, un poco largo lo suyo, pero por lo menos no nos ha insultado». Sentí una vergüenza infinita. Un mes antes había tenido que enterrar a mi hermano muerto «de sobredosis» en una cárcel del sur de España. Fue la segunda vez que lloré en serio en mi vida.

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