LOS PILARES DE MI TIERRA

CATEDRAL VIEJA DE VITORIA-GASTEIZ

Mi decisión fue fulgurante. Rápida. Como un mazazo. En los años 70 encarné una de las formas de investigación, bajo la sombra alargada de los jesuitas de la Gregoriana. Lo que iba a hacer en mi vida sería una forma de estar y de hacer historias. Y eso fue valiente, sin pensarlo demasiado. No cedí a casi nada. Soporté salivazos de cara y silencios alargados. De principio a fin hay en mis trabajos secuencias de vida personal, sin radio, sin televisión, sin entretenimientos, sin vacaciones.

Del uso valiente y lúdico del estudio al atrevimiento de las consultas de archivos nacionales o extranjeros. Del laborío de algunos documentos a la exploración del alma de mis estudiados.

Las circunstancias me llevaron a Vitoria, cuando se llamaba solo así: Vitoria y sin mayores pretensiones, los jesuitas Villoslada y Batllori me invitaron a echar la vista hacia algunos rincones del siglo XIX para intentar entender el País Vasco actual desde más arriba.

Puede ser una tesis doctoral distinta, que burle supersticiones sentimentales y mejor aún morales. Estar al tanto de algo, permite esquivar el fanatismo.

El equipaje que puede dejar en cada doctorando este tinglado que aún está en el aire no sólo es el relleno natural de los documentos, del documento. Tiene que ver con emociones, daños, pasiones, con rabia, alivios. También con la sensación de leyes injustas, persecuciones y de estar en el alero, con la incertidumbre como curva de horizonte.

De momento lo que me aguarda es Vitoria como bendición.

De momento lo que me espera es la tregua necesaria de silencios y estudios antes de traer al espectáculo de la Universidad pública y sus cátedros mi equipaje de investigación y pensamiento.

Ese equipaje, crecedero, será invisible y tendrá que ver con la expectación, con la inseguridad más absoluta, con esquivar siempre las arenas movedizas del presente real en Euzkadi, tan complicado.

El acierto de Vitoria fue meter lo insólito en lo cotidiano sin consultar con nadie. Tenía que arriesgar. Hacer que con los documentos en la mano las cosas sean lo que no se espera de ellas; y por eso mismo, tremendas. Por encubiertas. Por descolocadas. Porque sí. Porque desde la ventana de cualquier legajo vivir es aquello con lo que aún se puede soñar. Era un momento espléndido para volver sobre Vitoria, la Vitoria del siglo XIX, entrado en siglo XX.

Me encamino al Archivo del Ayuntamiento primero.

Era un buen plan.

La directora giró su silla para mirarme mejor.

– Me ha dicho Francisco R. De Coro.

– Pilar Aróstegui. Parecerá que tengo cierta prisa –dijo.

– Puedo aprender rápido –observo.

Inclinó la cabeza mínimamente para mirar mejor.

Permanecí inmóvil.

– ¿Y bien? –me pregunta Pilar–, ¿en qué podemos servirle?

– Se trata de la Memoria de la Licenciatura en Historia.

Se apartó un momento.

– A su disposición.

– Pues podíamos empezar consultando las Actas del Ayuntamiento.

– ¿Tiene usted fechas concretas?

– Sí, señora.

– Señorita…

– Señorita, a partir del 1868, desde el principio (enero) y saltamos al 18 de septiembre, día de la revolución “Gloriosa”, ¿qué tal?

Ahora, a muchos años de distancia, ahora que Pilar ni siquiera está aquí, aún sigo sorprendiéndome de la lucidez con que lo hacía todo. Quiero decir que era fantástica en el conocimiento del archivo y en su continua puesta a disposición.

Me ofreció las Actas de 1862 que estaban más a mano y para empezar y no perder la primera visita, además de una ficha que debía rellenar con mis datos personales.

Reparo destacado el 29 de abril de 1862, como el día de la fundación de la diócesis de Vitoria, para las tres provincias hermanas.

En un arrebato soportable de obviedades, me digo a mí mismo: Paco, el meollo de mi trabajo va a radicar, años arriba, años abajo, en la “erección” de esta diócesis, como la primera institución parcialmente unitaria del País Vasco.

– ¿Encontró algo interesante, Francisco?

Lo certifico con una imperceptible sonrisa. Pero como seguía guardando silencio, Pilar prosiguió:

– Seguro que nos seguiremos viendo.

Y nos veríamos infinidad de veces como licenciando, doctorando y coordinador cultural de “Sancho el Sabio”.

“Había que afrontar al archivero de la catedral de Santa María, la catedral vieja, pensé”.

– Se llama Martínez de Marigorta. Es amable y de formas delicadas –subrayó Pilar Aróstegui.

Pues en marcha.

Con esta nueva investigación iba a aprender a no divinizar el mundo, la vida. Oye, que lo que ves no siempre es lo que crees; y así todo recto hasta llegar a reírse mucho y de ti mismo.

Cada cosa, amigo Javier, responde a algo: deseos gastados, palabras inútiles, promesas olvidadas y caducadas. Nada, nada, suele estar en el cerebro que no esté primero en los sentidos. Nada, absolutamente nada. Ocurre igual en la investigación. Un trabajo bien escogido permite, de dentro a afuera (no al revés), soportar mejor cualquier inmundicia.

La catedral vieja de Vitoria-Gasteiz se encuentra situada en la parte más alta de la colina sobre la que se asentó la primitiva Gasteiz que dio origen a la ciudad.

Pues allí me dirigí, solo y a pie, para entrevistarme con el padre José Martínez de Marigorta, en calidad de archivero/canónigo fabriquero.

– La verdad nuestro archivo deja mucho que desear, pero…

– No es el único padre. Por desgracia, así están la mayoría.

– Se puede decir que el nuestro se sitúa en el territorio del desperdicio.

– ¿Es decir?

– En la torre campanario. Un sitio fuera de sitio, un espacio incómodo y feo, vulgar y evitable, pero desde luego suyo.

– Doy gracias por haber encontrado el camino de los primeros documentos de este templo como catedral, ¿o no?

– Espere, no tienen orden. Usted es joven. Seguro que se orientará.

– Además tengo su libro sobre este templo de 1862 a 1962.

– Le espero a las diez todos los días, le dejo una llave de la catedral y usted me la devuelve en mi casa sobre la una o una y media.

– La catedral es suya, durante todo ese tiempo.

Don José es el canónigo fabriquero que escondía a un escritor. Estaba en todos los periódicos de Álava, como cronista, historiador, periodista y estaba en todos los equipos de comunicación de la diócesis de Vitoria.

Nos despedimos hasta el día siguiente.

Dice Alejandro Simón Partal en su primera novela, La parcela (Caballo de Troya), que las voces perduran más que los rostros.

Intento recordar el rostro del canónigo fabriquero en vano. Es invisible y tiene que ver con la expectación de mi primer libro.

Su viaje, sea a donde sea, me exigirá saber volar de otra manera, y mucho más despacio. Quizá aprecie mejor algunas cosas que amo y que aún no me pertenecen: el paseo por las naves de la catedral vieja de Vitoria, mirar sin prisa los pilares de la catedral, (antes, mucho antes, de que Kent Follet la use para su novela y el obispo salesiano Asurmendi y Aramendía emprenda su recuperación y reforma), sus estatuas, sus altares, sus sepulcros, el caserío vitoriano, el campo, la Llanada alavesa desde la torre; momentos que me permiten que la vida no sea por un rato fingir ni ceder.

Esa catedral vieja de Vitoria-Gasteiz. Los pilares de la Tierra.

Subo todos los días por la escalera de caracol a la torre.

De diez a una de la mañana. Tres horas.

Una mesucha. Una silla de tijera. Una bombilla Osram de 60 vatios y una lata de sardinas vaciada, “recoge-aguas” de las goteras en su rincón; que me servirá de orinal, por todo baño.

La investigación histórica en 1973, da sentido, sobre todo, a la vida de quien investiga, de quien estudia. Era una estampa casi perfecta de la vida de un historiador en serio, de cualquiera de nosotros. ¿Verdad, Manolo Revuelta, Antonio Larios, Rafa Sánz de Diego, David Sampaio, Miguel Ángel Orcasitas, Vito Tomás Gómez…?

Investigábamos detrás, delante, al lado, dentro o fuera de los desperdicios. A veces un legajo era salfumán que ayudaba a desprenderse la mugre que los días echaban encima de los ciudadanos.

De dentro afuera”, nunca al revés.

Dentro de las cajas de cartón de la torre estaba la vida de la catedral de Santa María, de la fábrica de la catedral, a la que escucho mejor con los documentos en mis manos.

El caso es, amigo Javier, que están justo en el lugar donde las cosas se desplazan, se abandonan, se tiran, se reciclan o se pierden para siempre.

Veinte penitentes días viví la catedral vieja de Vitoria con una implicación tan absoluta que pasé de casi todo. Pero entonces me importaban demasiadas cosas como para dejarlas perder sin más, que recogí en mi primer libro: País Vasco, Iglesia y revolución liberal. Vitoria-Gasteiz. 1978, 430 págs.

Donde otros encontraron la veta de su negocio, yo encontré, por fin, con 34 años, la veta de mi oficio de historiador y mi vocación de escritor. Los pilares de la tierra, los pilares de mi tierra. “De dentro afuera”.

2 opiniones en “LOS PILARES DE MI TIERRA”

  1. Qué trabajo más bonito la labor de investigador. Enriquecedor y cercano a toda la historia de nuestra convivencia humana, social y en todo lo que se refiere al patrimonio de nuestros antepasados.
    Paco, es para sentirse orgulloso, de tu capacidad cultural, histórica y religiosa.
    Y toda esa riqueza, siempre será el mejor camino de libertades personales.

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