Madre en la adversidad

En reuniones familiares -en aquellos tiempos en los que podíamos juntarnos “tentaitantos”-, con la abuela en el centro, como nexo de unión de una amplia prole cada vez más dispersa en apego y en recuerdos, brotaban las historias de niñez de mis tías y tíos. Discurrían en un Cabanyal de posguerra, un pueblo marinero, ahora de moda, con alquileres intocables, ejemplo de libro de gentrificación.

De las muchas historias, todas relatadas con humor y sin reproches, me gustaba especialmente la de “las gorditas”. 

Semanas previas a Navidad, si saber ni dónde ni cuándo desaparecían “las gorditas”. En una familia de pocos recursos y muchos hijos esas muñecas, gorditas y zarrapastrosas de tanto achuchón eran un tesoro para Rosa y Eva, las pequeñas de siete hermanos. 

– ¿Ya las habéis perdido otra vez? Claro, como siempre las vais dejando tiradas en cualquier sitio-, les reprochaba Carmen, la hermana mayor y cómplice de mi abuela.

Una batida por la casa infructuosa, un disgusto muy grande por parte de las niñas y resignación. 

Llegaba el día de Reyes y con mucha emoción Rosa y Eva abrían su regalo. Dos preciosas muñecas, iguales a las gorditas extraviadas, pero limpias, peinadas y con bonitos vestidos, les iluminaban la cara. – ¡Como las gorditas!,- gritaban emocionadas abrazando a las “nuevas” muñecas. 

Una historia de la que Rosa recuerda la magia y sin decirlo, Carmen la miseria. El matiz lo da la perspectiva, 12 años de diferencia entre hermanas, y dos roles muy distintos; una siempre fue hija, la otra hija y segunda madre de seis hermanos. 

Mi abuela sonríe, nunca la escuché quejarse de unos tiempos difíciles. Sólo al conocer los lugares donde vivieron, cuando en las comidas familiares, en tiempos prósperos, ves aplicar costumbres de racionamiento; o escuchando esas historias de familia feliz pero humilde, te haces una idea de las estrecheces. Pero nunca en sus palabras, tampoco en las de sus hijas e hijos.

La vivencia sin duda fue menos amable que el recuerdo que relatan en esas reuniones familiares. 

Pero creo que fueron felices. Y gran parte de esa felicidad fue gracias a la manera en que mi abuela se enfrentó a la vida. Con su actitud, siendo resolutiva, práctica e imaginativa logró mitigar situaciones de carencia material y las tamizó con su cariño.

En vísperas de la celebración de María Auxiliadora pienso en todas esas mujeres a las que la adversidad las forja especiales; que generan felicidad aun en tiempo de privaciones, que educan en el cariño y el amor incluso en la miseria, que protegen incondicionalmente a sus hijos aún con el mundo en contra. Y que son ejemplo para sus hijos/as y para todos aquellos que entiendan la vida como un servicio hacia el prójimo.   

EN LA FOTOGRAFÍA: Mi abuela contemplando la playa del Cabanyal

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