Medinaceli

Sermón de las siete palabras

El suelo relimpio de mi cuarto da ahora una sensación de parque pobre, suburbial, con las viejas alfombras, que cubren aquí o allí pequeñas superficies, de hierbas machacadas con cicatrices y alguna que otra calva sedienta.

Amigo Javier, intento ahora comunicarte algo que oculté a mi madre y a mi abuela con nueve años, sin estruendo, una especie de lamento y de llamada.

Es el subconsciente, sabes.

Nadie me puede escamotear el subconsciente.

Me tumbo vestido en la intemperie de mi cama. La música que también salta desde mi móvil, también empuja la luz, turbia y lentamente. Puedo ver el parpadeo de mis ojos en la pantalla.

Me echo a un lado, las manos cruzadas bajo la nuca haciendo de almohada.

¿Cómo será el cielo que mi madre está mirando?, pienso.

Voy a buscar una manta para abrigar al móvil. Hace días que ha cambiado el tiempo. Hace frío en Madrid.

Entra con la música del móvil arropado una esquina de luz que cambia el espacio y mi alcoba.

El subconsciente insiste.

No naturalizo los insultos, sólo los desecho sin apuro. Tampoco los exabruptos. Pero las amenazas y las injusticias, gratuitas o interesadas, me dejan resaca y una propulsión de desquite. Lo siento.

Mira, la fila de penitentes para el besapiés del Cristo de Medinaceli se mueve con lentitud.

– ¿Mamá, por qué hay que pedir tres deseos?

– Para que el Señor pueda elegir.

– ¿Y si le pido uno solo?

– Lo tienes más difícil tú. ¿Y no prefieres pedir cuatro?

Ella hablaba así, en Cierto Punto, a su manera, pero siempre sabía lo que decía.

– ¿Qué es Cierto Punto, mamá?

– Es el lugar en el que hablamos los de Lavapiés, hijo. En Cierto Punto del Espíritu.

– El tío, mosén Gregorio, no es de Lavapiés, pero también habla en Cierto Punto.

Mamá me mira con la secreta esperanza de que, por el simple hecho de mirarme, yo pida tres deseos.

Tenemos ya enfrente al Señor de Medinaceli.

Siento el impulso de palpar.

Mamá tira de mi mano.

– No, no, besa el pie.

Es una orden. Lo dijo con un desasosiego que venía de la profundidad de los ojos.

Tose el fraile vigilante. Una tos cavernosa. Una tos que tose dentro de él. Eso es lo que recuerdo. Y cómo deja de toser, cuando mamá echa cinco pesetas por la ranura del cepillo. De una en una. Chas, chas, chas, chas, chas.

Apuramos el paso.

Nos quedan túneles de presente que atravesar hasta la capilla de la Virgen de la Fuencisla, donde ella siempre se arrodilla en el reclinatorio-cierre. Entre nosotros la consigna de una Salve en murmullo, “por los judíos, los herejes, los infieles y los malos cristianos”, es un regalo voluntario a la madre de Dios. Después arroja a la alfombra, las más de las veces, hasta veinticinco pesetas. Es un pequeño estruendo que exige ser oído.

– La Virgen se lo merece todo. Incluso se lleva bien con el Demonio.

– Pero, mamá, hay muchos demonios.

– Pero Ella se lleva bien con el jefe y le roba todas las almas de los que llevan su escapulario, el del Carmen.

Se me hace un nudo en la garganta. Yo ese día no llevaba nada.

– Siempre que vengas a Medinaceli, pásate por la Virgen y échale unas pesetas de tus ahorros y pídele todos los deseos. Ella es el refugio de todas las penas sufridas.

– La abuela también se para aquí, ¿sabes?

– ¡Mi madre, recolocando los días (Granada, la República, la guerra), donde resarcirse de todas las vigilias padecidas…

– Hasta Cierto Punto.

Salimos del templo.

Calle de Jesús. Hallo bajo los tejados la última limosna de luz.

No hay nadie.

Amigo Javier, la gran exclusiva está en marcha.

– Ningún día –dice mamá– es mayor que otro. Ni menor.

– Entonces.

– Se acerca tu santo, el próximo día 4 de octubre. Queda poco.

– A papá le gusta más celebrar los cumpleaños.

– A mí los dos, ¿y a ti?

– Los dos también.

Todavía Madrid estaba tibio por los cráteres medio redondos de los pasados bombardeos.

Habíamos echado ya mano a la vida de posguerra en Madrid, después de mis dos años en Casbas de Huesca y en septiembre de 1948 yo había sido admitido en Salesianos Atocha, en la segunda elemental, tras otros dos años de Oratorio Festivo, sin faltar ni un solo domingo ni fiesta de guardar de oír misa entera.

Aquella noche me hallé tumbado bajo las palabras de mi madre que a lo mejor ya entreveía una meta.

Me quedé quieto sin abrir los brazos enjutos para una acogida.

Le caen de los ojos a mi madre un par de gotas. Ella las recoge al vuelo y se las mete en la boca.

Finjo no verlo. Me sonrío hasta Cierto Punto.

Y se produce un intercambio de corriente entre ella y yo y mi hermano Román, que duerme conmigo. Sus dedos, amigo Javier, eran luciérnagas en la en la oscuridad, donde tocaban iluminaban también.

– Estaría bien que hicieras la novena de San Francisco de Medinaceli, ahora que estás a un paso desde Salesianos.

Y allá que me iba después de las clases.

Decían que la fuerza del Señor de Madrid allana los desniveles sin trucos.

Un seco silbido, un chasquido de los labios me aproxima de nuevo a la puerta del templo capuchino.

Es ya el cuarto día de la novena del Santo de la “Paz y Bien”.

Me encuentro de nuevo en espera, al inicio de los rezos.

No hay rastro de calderilla en mis bolsillos del pantalón, sólo El joven cristiano de San Juan Bosco, con la estampita de “San Andrés Jiménez”.

El suelo de las capillas contiene grandes cantidades de monedas, disueltas y esparcidas.

Divago por las naves haciendo tiempo.

Me paro ante la Virgen de la Fuencisla. Me arrodillo y alzo los codos sobre el reclinatorio para verla mejor. Era un silencio abierto, de quien escucha y reza la Salve de mi madre.

Un ruido como de ola, que se hincha, se abalanza sobre mí por detrás, me arrasa, me inunda, me vence. Intento levantarme, pero en vano. Engullo mi angustia, restregándome la saliva entre la lengua y el paladar. Son como dos monstruos. No sé. Como dos sacos de cemento que caen sobre mí.

Me arrollan, me toman en volandas, me transportan a la sacristía y me tiran al suelo.

Intento gruñir, pero me sale un sonido gutural, un quejido.

Eran dos orondos frailes, como dos mesas camillas, gritones como mi vecino el señor Boluda, cuando venía de Murcia.

– ¡Así que eres tú el que nos roba el dinero de la Virgen de la Fuencisla!

Y me suelta dos bofetones con la fuerza guerrillera de un tupamaro.

Debía de ser agotador vivir cada día “la paz de Francisco”, intentando reventar el horizonte de un chiquillo de nueve años de Salesianos Atocha, cuando el horizonte ni se entera.

– Si vuelvo a verte aquí, te deslomo.

Calzaba zapatos “Segarra”, tanques “Segarra” del franquismo, para defenderme de cualquier “Sacamantecas” de la época, pero no del cieno engallado de los frailes. Tenía todas las de perder. Mis “tanques Segarra” eran ahora zapatos de cristal sobre un suelo de piedra. Me di cuenta, así, de golpe, que basta mirar a algunos frailes a la cara para saber lo poco que Dios les quiere. He dicho.

Es el subconsciente, sabes. Hasta Cierto Punto.

No volveré más a la iglesia del Cristo de Medinaceli, lo prometo, aunque a los capuchinos les importe un huevo lo que yo haga, aunque sea el huevo de Colón. Y no he vuelto.

Contra algunos violentos va bien aquello de Mae West a un amante vulgar: “Su madre debería haberle tirado a la basura y quedarse con la cigüeña”. Dejen, dejen su comentario si les place.

El nervioso ruido de cascos de caballería en Medinaceli se equivocó en el ataque y las bofetadas gratuitas no sólo erosionan el culto católico de un pequeñajo, sino su subconsciente hasta hoy, con ochenta años.

Señor de Medinaceli, de la vida a la vida: esa vida regalada por ti, fue siempre un obsequio y no una rapiña.

El tono excitado del sermón de las siete palabras marca los tiempos. Imagino que el triunfo es ese. Puff. Una parafilia como otra cualquiera. Modestamente me excita muchísimo más acertar escogiendo bien los vinos a los que me invitan mis amigos alcarreños: Isi, Luisfran, Orea, Zofío, Batanero, Román, Utrilla, Herraiz, Echániz, Rebollo, Simón, Diges, Castillo Acero, Robert, Atienza, Balaguer, Pouso, Pobre… y Pedregal, él solo vale “un Imperio” del Sol Naciente y Poniente.

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