“Mi paz os doy”

¡Qué palabra ésta, “paz”, tan cortita, pero con una realidad tan complicada para los seres humanos! Somos seres sociales, nacemos en un grupo y nos desarrollamos y vivimos a lo largo de nuestra vida en varios grupos. Necesitamos a los demás para vivir, crecer y desarrollarnos como personas.

Esta realidad que tiene incontables ventajas, tiene también sus inconvenientes y dificultades. Somos distintos, con diferentes gustos, intereses, comportamientos…, y eso provoca tensiones, incomprensiones y enfrentamientos por querer imponer, muchas veces, nuestros criterios y modos de ver las cosas. Y aquí es donde entra nuestra palabrita de hoy: PAZ.

Una paz que no es la de los cementerios donde nadie rechista, ni opina en contrario, una paz en la que uno manda y dice y los demás acatan y obedecen sin rechistar, una paz basada en el abuso del más fuerte sobre el más débil, donde el “pez gordo se come al chico”, sino una paz en la que respetando los derechos de cada uno se llega a acuerdos de convivencia, de consenso, donde los pactos (palabra mágica en España en estos momentos entre los partidos políticos) son la única manera de salir de los egoísmos y particularismos.

Para los seres humanos corrientes, la paz tiene varios campos o niveles en los que desarrollarse y practicar: paz con Dios, en el interior de cada persona, en la familia y en el entorno en que nos movemos o trabajamos.

Con Dios y en Dios para los creyentes, viviendo con alegría nuestra condición de hijos, felices por tener un Padre que nos quiere, nos acoge y nos perdona.

En el interior de cada persona, donde uno se acepta como es, con sus luces y sombras, con sus cualidades y defectos. Donde uno se encuentra y crea espacios personales de serenidad. Muchas veces tenemos miedo a quedarnos solos, en silencio, porque nos encontramos con alguien, nosotros, que no nos gusta y enseguida damos el botón de la tele, la radio, del móvil…, para llenar ese silencio que nos enfrenta con nuestro yo, un yo que no nos gusta.

Paz con la familia o en la familia, nuestra retaguardia afectiva, donde deberíamos derrochar lo mejor de nosotros mismos, el cariño, las atenciones, y no guardarlo para los de fuera de casa. Para los de fuera las mieles y para los de dentro las hieles. Paz con la gente de nuestro entorno, amigos, vecinos, y conocidos, mediante la acogida, el respeto, el compartir con generosidad y el perdón cuando haga falta, que seguro que lo hará, porque somos humanos y nos equivocamos y , queriendo o sin querer, nos herimos y hacemos daño.

En fin, recordar y vivir la Palabra de Jesús: “la paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…”

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