Miguel Ángel García Morcuende: “El cuidado Pastoral hoy es prioritario; creatividad, audacia y discernimiento”

De manera súbita nos hemos encontrado que somos tremendamente vulnerables y frágiles. El Covid-19 nos exige asumir medidas que incluso nos alejan de la posibilidad de acercarnos a los otros; el confinamiento hasta ahora sigue siendo una de las medidas más recomendada por su efectividad en la propagación del virus, haciéndola incluso obligatoria.

Este aislamiento involuntario ha permitido que una galería de rostros valientes esté intensificando su labor, brindando atención con gestos desinteresados y llenos de humanidad; vemos pintado en ANS a diario un lienzo multicolor salesiano de iniciativas educativo-pastorales para acortar las distancias con los niños, adolescentes y jóvenes. Y mientras tanto, el educador salesiano se está preguntando: ¿Qué respuesta pastoral real y coherente en tiempos de pandemia? ¿Con qué desafíos? ¿Con qué criterios? ¿Cuál debe ser nuestra motivación?

Si la necesidad de cuidar y de ser cuidado es consustancial al ser humano, el cuidado pastoral ahora es prioritario. El cuidado no es una “praxis pastoral” más, sino la práctica de acompañamiento más idónea para estos tiempos.

Nuestra pastoral, pasa necesariamente por hacernos cargo de la realidad del otro y que exige de nosotros creyentes, y muy especialmente ahora, capacidad de sintonizar con el océano de los sentimientos que una pandemia provoca.

Muchas personas necesitan el desahogo y la compañía de la escucha, el oxígeno del descanso y el rostro amable de una sonrisa, la caricia del reconocimiento y un hombro sobre el que poder recostarse sin miedos. El cuidado salesiano no deja fuera a nadie. Ninguna tecnología lo puede sustituir, porque exige un rostro, una mirada, un encuentro, un saber acompañar. Y el primer paso para ello implica sumergirse, con el corazón de Buen Pastor, en la realidad de las personas.

Vivir en estado de cuarentena está desencadenando una serie de reacciones y sensibilidades, importantes de captar para quienes hemos aprendido la sabiduría salesiana del vínculo afectivo, eje central del Sistema Preventivo de Don Bosco. En primer lugar, la pandemia es una experiencia de duelo, un dolor por una pérdida. No solo por el fallecimiento del ser querido, sino también por otro tipo de pérdidas que generan cambios significativos. En este caso, muchos jóvenes se han quedado sin puntos de referencia cotidianos que constituían el conjunto de rutinas, personas, actividades o espacios que coloreaban el ritmo normal de la vida. En segundo lugar, quiérase o no, se experimenta la pobreza impuesta por la situación: la pobreza de la dependencia de los demás, de la competencia de los otros para luchar por recuperar lo de antes o por vivir de modo soportable la propia situación. En tercer lugar, en medio de estas turbulencias, también resulta imprescindible hacer frente a la desorientación, cuando no miedo, de los adultos que pierden también el derecho a manifestar los propios sentimientos, particularmente si éstos tienen una connotación negativa. Una especie de “lluvia de prohibiciones”, que tiene que ver con la comunicación de sentimientos como el desánimo, la depresión, la rabia, la impaciencia o la tristeza.

Y ante esto, ¿qué criterios debemos asumir para una acción educativo-pastoral adecuada? ¿Desde dónde mirar esta realidad tan compleja? ¿Qué podemos hacer con realismo y esperanza? Nos atrevemos a decir que nuestra mirada evangelizadora debería girar en torno a tres indicadores, de especial profundidad y urgencia, como son: la creatividad, la audacia y el discernimiento. Quisiera contribuir a estas tres actitudes, con unas breves pistas:

El coronavirus es una oportunidad para parar. Ahora más que nunca se impone desarrollar el hábito del discernimiento, una sana hermenéutica que promueve la pregunta: ¿Qué nos está diciendo el Señor en este momento de la historia? ¿Qué estoy aprendiendo? ¿Qué había perdido? ¿Qué es esencial? Y quizás en este punto es donde se visualiza una de las principales conclusiones del Sínodo sobre los jóvenes: ha dejado ver que el modelo pastoral salesiano funciona. De hecho, la base del Sínodo sobre los jóvenes la encontramos en la síntesis entre el modelo pastoral salesiano y elementos del modelo pastoral ignaciano (la personalización -acompañamiento- y el discernimiento -actitud vital creyente-).

La crisis, no hay que olvidarlo, también genera dolor. Por ello, es necesario colocarse a la escucha del sufrimiento, ejercer el descentramiento de uno mismo para centrarnos en las periferias físicas y psicológicas a las que estamos llamados a ir como Iglesia. La escucha y la conversación se tornan en acciones imprescindibles para poder entender a los jóvenes más necesitados, salesianamente hablando, nuestros “hospitales de campaña”. Metáfora tan lúcida del Papa que suena a estar sobre el terreno, en lo urgente, de forma ágil, ligera, a propia iniciativa para decidir enseguida qué hacer y cómo. Para leer e interpretar la realidad desde los últimos se requieren las entrañas misericordiosas de Dios, que saben buscar y encontrar el bien que esconde el corazón del prójimo e, incluso, que son capaces de revelárselo cuando éste por las circunstancias de su vida lo ignora.
El cuidado pastoral significa también acompañar los procesos de construcción personal: la «dimensión samaritana de la fe», parte del presupuesto pastoral de que cualquier situación de dolor y de crisis personal y social no es solamente un tiempo de tensión que debemos soportar, sino también una oportunidad para la re­construcción y el crecimiento personal. Se ha impuesto dejar vacías las calles, para llenarnos bien por dentro. Nuestras rutinas cotidianas, las vivencias perso­nales internas y su dimensión espiritual nos han llevado a la pregunta existencial por el sentido; y ésta siempre va acompañada por la pregunta sobre Dios (aquí tenemos nuestra oportunidad desde la clave de la búsqueda de lo esencial). Una persona en estas claves está más capacitada para reconocer al Dios que le habita, que le ama incondicionalmente como es y que alienta sus mejores deseos.

El confinamiento está salvando vidas, pero también nos puede ayudar a esa necesaria reconciliación con la propia fragilidad. Las personas experimentamos que cualquier fallo a lo largo del ciclo vital puede descompensar áreas importantes. Si bien nos encontramos ante una generación de jóvenes con unos niveles de información, comunicación y conocimiento desconocidos hasta la fecha, no es menos cierto que se están experimentado humanamente vulnerables y limitados. Pero como educadores-pastores podemos ayudarles a focalizar que desde la finitud se tiene una visión más completa de la vida; allí se dan cita valores como la sabiduría de las “cosas pequeñas”, el cultivo de la interioridad, la importancia del ser frente al solo hacer, el valor dado a la amistad y a las personas que viven bajo nuestro mismo techo, la importancia de los momentos ‘para nosotros’, el encuentro con la Palabra anhelando poder volver un día en torno al Pan, el cuidado de esta pequeña parte del Universo que tenemos como nuestro hogar,.etc…

Todas estas sugerencias pueden y deber ir unidas a experiencias de proximidad, respuestas prácticas de incidencia real, involucrando a la Comunidades Educativo-Pastorales: voluntariado; donaciones puntuales o periódicas; programas de atención a niños vulnerables, dándoles accesos a una alimentación básica, atención psicológica y la posibilidad de seguir con su educación; liturgias y catequesis online; relaciones cotidianas gratuitas … y muchas microhistorias de ayuda y apoyo al prójimo. Estrategias eficaces sí, pero afectivas que permitan un acercamiento consciente y solidario.

Pero la vulnerabilidad no sólo se hace protagonista en la vida de los que acompañamos. También está presente en la de sus cuidadores, en nosotros. Cuidar es dar apoyo, acompañar, dar protagonismo al otro, transmitir consuelo, serenidad y paz; pero ello sólo es posible si el que se dispone a desarrollar dicha tarea goza de equilibrio emocional y de salud espiritual. La Resurrección es el «milagro» de vivirlo todo en nombre de Jesús. Y en ese todo están nuestros encuentros, nuestros ánimos, nuestras escuchas, nuestra oración. Guardemos todos estos milagros Pascuales, en el Cenáculo del nuestro corazón.

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