Mis queridos protestantes de “Lacy”

El pasado Martes Santo, día 16 de abril, enfilé la Cuesta de Moyano para llegarme a “El Retiro”. Me puse a caminar temprano. Me gusta andar con el viento a mi espalda. No hace ruido y te transporta.

            Pasa el tiempo.

            Trozos de mañana.

            En un momento determinado me afronta una señora mayor. Llevaba un vestido azul y encima sudadera roja, bastante chillona. Por eso me acuerdo. Estaba mordisqueando la punta de un bolígrafo azul.

-Hola, señor.

-Hola.

-¿Es Vd. de este barrio?

-Sí. De Lavapiés.

-Discúlpeme, Señora, la próstata me reclama.

            Conquistado el lavabo cercano, que hay sobre la entrada del parque, regreso unos minutos después, visiblemente aliviado.

-Perdone, ¿me decía usted?

-Me llamo Carmen Rodríguez.

-¿Parientes? Yo también soy uno de los cientos de millones de Rodríguez que pululan por el universo. Al mío se añade Osorio de Coro… ¿Y bien?

-Mire el Viernes Santo celebramos la muerte del Señor en los cultos de la calle General Lacy y a lo mejor nos puede usted acompañar.

            Cuántas veces he hablado, amigo Javier, del valor cristiano a lo largo de mi vida, pero la realidad es que he llevado fósiles de miedo en los bolsillos. Yo muchas veces he estado atenazado por los miedos de mi generación, de mi familia, de mi barrio, de mi Instituto. Sabes, el miedo también se vende en minutos y por palabras, porque el objetivo último del miedo es amedrentar la libertad. Le di vueltas al “coco” y acepté rápido ir a General Lacy, lo que suponía “pasar” en tan significado día del culto católico.

-Allí estaré, señora Carmen, el viernes próximo, día 19. Me presentaré como Rodríguez de Coro. Vivo cerca, aquí en la Ronda de Atocha. Buen día.

-Buen día.

-Ha sido una feliz coincidencia. En otro momento se lo explicaré. Ya verá.

            Caminé deprisa por El Retiro, apoyado en la corta conversación de la señora Carmen y en los desplegables de la propaganda protestante, que me había entregado, donde se apuntaba el horario. Miré en silencio, sin perderme un movimiento de los transeúntes de nuestro principal jardín madrileño. Me gusta observar mucho a la gente desde pequeño. Es una manera interesante de que no te la den con queso… y si te la dan que sea con Cabrales.

            Dos estatuas vivientes de guerreros pacíficos luchando, sin luchar, con enemigos imaginarios cerca del estanque. Un clown que multiplica por mil el ruido sobre el embarcadero. Por el suelo hay miles de hojas caídas de los árboles, por lo que el payaso camina arrastrando los pies, como si tuviera dos topos en lugar de zapatos, topos que excavan túneles entre las hojas, haciendo un ruido de cigarro que se enciende, pero multiplicando por mil. Ruido amarillo y rojo.

            Es 19 de abril de 2019.

            Voy rápido, muy rápido ya camino de “General Lacy” por la tarde. Oigo como ruidos extraños a medida que avanzo por las calles de mi barrio. Sí, algo así como briznas de cosas que se hubieran quedado rezagadas y ahora se dieran prisa por alcanzar el mundo para llegar puntuales al atardecer, hasta el seno del ruido planetario: la muerte de Jesucristo, Nuestro Señor.

            Ya en el templo protestante del Buen Pastor, me siento junto a Carmen Rodríguez –inmóvil, reluciente amarilla–. Sin saberlo la buena mujer se había convertido en una de esas cosas, cuya función es mantener aferradas las raíces de mi pequeño mundo de Lavapiés. Las cosas que al regresar a él han velado por mí. Hoy los cantos de los devotos me devuelven al pasado. Dicen que lo que has vivido de pequeño va contigo para siempre.

            Nuestros curas de posguerra anduvieron a su arenga: – «¡Fuera, fuera esos protestantes que echan a la Virgen a la calle!» Y los de Salesianos Atocha anduvimos también a nuestra arenga: – «¡A las 10, el domingo en General Lacy 18″. – «A las 10. Llevad estampas de María Auxiliadora, muchas».

-Se van a enterar esos Judas que reniegan de María. ¡Lo que les falta a ellos nos sobra a nosotros!

-Os ruego la máxima puntualidad –rugió el Varela.

            El portero de la iglesia evangélica –un gordo rotundo y redondo- había desaparecido. “¡La Virgen está con nosotros! ¡Quién contra nosotros!”. Penetramos en el atrio del templo. Achinchetamos docenas y docenas de estampas de María Auxiliadora en la cartelera de ingreso y enfilamos el pasillo del centro del templo. Los fieles cantaban un salmo sobre “el Señor es mi luz y mi salvación”, acompasados y devotos. Nosotros, unos doce chiquillos de Salesianos Atocha nos sentamos en el primer banco y segundo, vacíos los dos, con aire provocador, como si no fuera con nosotros la ceremonia. El pastor, creo que Don Juan Luis Rodrigo Marín, dijo: “¡Bienvenidos hermanos!” o algo así. Después regresó a su sede y se sentó.

            La asamblea hizo una pequeña pausa y prosiguió recitando sus oraciones. Entonces, los doce nos pusimos en pie al silbido del Varela y, mirando desde nuestra altura a los empequeñecidos protestantes ahora sentados, chillamos a voz en grito, mortificantes y empoderados: “¡Judas, más que Judas, viva María Auxiliadora!”. Y salimos corriendo cada uno por su lado, calles a través –Lacy, Riego, Delicias, Atocha- hasta llegar a nuestra iglesia de los salesianos y ofrecerle a Nuestra Señora de Lavapiés el trofeo de nuestra beata chulería más gilipollas.

            Es extraño, amigo Javier. El pasado Viernes Santo, junto a la protestante Carmen Rodríguez yo pensaba: “Hay que ver. Vamos a buscar artilugios increíbles a lo largo de la vida -78 años yo- para que nos lleven lejos, y luego los tenemos a nuestro lado con tanto afecto que lejos, antes o después, se convierte en lejos también de ellos”. Intento orar, pero se me va el santo al cielo. Me despido de las estampas achinchetadas de la cartelera y me veo algún día después en la penumbra del portal de entrada del templo protestante. Mi madre me agarra de la mano. Ella exagera una mueca y dice: – Quien ofende, pierde, hijo.

            Vale la pena recordarlo.

            Se oye un ruido de vida en el interior de la iglesia y luego el toque de unos pasos. Mi madre finge la alegría de un sorprendente encuentro y dice: – “Don Juan Luis, mi chico. Saluda a Don Juan Luis”.  – “Que me ha dicho tu madre que quieres ser marino”. – “Me gustan los barcos, Don Juan Luis”. – “Toma Ella puede servirte como viento favorable”. Y me ofrece una estampa de María Auxiliadora. – “Sigue a tu madre, chico. La señora Nieves, es mucha señora Nieves”.

            Después de chocar la mano al pastor de “General Lacy” y de pedirle disculpas, mi madre me dirigió una mirada que sabía a reprimenda. Yo tenía 9 años.

            ¿Quién, carajo, levanta esos y otros muros? ¿Quién forja esos encofrados de altanería, separación, nivel? Hay algo más necio que el nivel. Por cierto, Javier, entré en 2002 en la Consejería de Sanidad, con nivel 28 y me despedí, por voluntad propia en 2004, rozando el máximo, el 30. Para oración, la de mi católica madre y la de mis vecinas de mi barrio allá en la posguerra. “Libertad, que hay en nosotros, santificado sea tu nombre”. ¡Benditas y únicas feministas! Pero a la Gran Hormigonera de hoy le interesan sobre todo los miedos que se pueden amasar rápido y en serie. Algunos se llevaron cascotes del muro de Berlín como souvenirs. Bueno, bien, ya. Y después los dejaron en la gran vitrina de la Historia, nada menos que al lado del Despacho Oval. Y al volver, el cascajo había parido un muro de miedo de 1.200 kilómetros entre México y Estados Unidos, crecedero en espesor y longitud… Y otro antes entre Marruecos y el Sáhara, o entre Timor Oriental y Occidental, o entre las distintas repúblicas de los Balcanes… Y en nuestro país, y en nuestras mentes, y en nuestros deseos y sentimientos… Todo, todo, para encerrar a un inmigrante llamado Libertad.

            Gracias, señora Carmen Rodríguez, por haberme invitado a tu templo de «General Lacy». Tenía con vosotros una deuda. Quien ofende, pierde, siempre.

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