NIPACE: El buen samaritano hoy

El poeta T. S. Elliot dejó escrito en La tierra baldía que abril es el mes más cruel. Por el contrario, yo aprendí, como tantos otros, con Álvaro Cunqueiro, que la palabra “abril” tiene alas y que sobre ellas “florecerán los días”. Y eso es lo que sentí el pasado día 14 cuando cumplí 78 “abriles”; y eso es lo que hoy 30 de abril siento, que hay días con alas, días que florecen, cuando este abril de 2019 llegue a NIPACE, en Guadalajara, a unos cincuenta y tantos kilómetros de Madrid. Mis primeras visitas a Guadalajara, después de operado de infartos de miocardio tenían por destino NIPACE, que atendía a medio centenar de niños con parálisis cerebral, y que yo había visto antes en fotografía cubierta de nieve, en la calle Clavel, entre aceras grises, que apenas sostenían la luz del mediodía.

            La primera noticia del lugar de NIPACE fue un telefonazo recibido hace ya varios años por Ramón Rebollo, su condensador y motor. En lo que yo llamo mi “buhardilla de Balzac”, supe, desde el primer día, que tendría que ir a ese, para mí, alejadísimo y desconocidísimo lugar de mi cercana y conocida Guadalajara. Quizás fue por la foto de la nieve. Quizás porque hacía esquina frente a la antigua cárcel de mujeres. No sé. Lo cierto es que en mi ventana se había acurrucado como un pájaro enfermo la memoria del sol. Quería afinar mi último libro, pero a la vez sentía la vibración telúrica de la existencia de aquellos pequeños.

            Y pensaba y repensaba, amigo Javier, porque de alguna manera, la literatura nació para combatir el frío. Todo tipo de frío. Las menores disfunciones, carencias, enfermedades. También y sobre todo el frío supremo el de la muerte. Desde la primera ficción ¡digo yo! –tal vez la del niño pastor mentiroso y el lobo, como defendía nada menos que Vladimir Nabokov– toda, “toditita” toda la literatura es un adiestramiento, hasta irónico, contra la muerte. “Soy un enemigo de la muerte”, decía Elías Canetti al escribir. Toma, y yo, y todos, escritores o no. Y eso y nada más que eso es lo que hace Ismael, el narrador de Moby Dick, cuando sobrevive ¡ay!, una y otra vez, remando en un ataúd. El mar lo recibe cuando retorna a sus fauces, mientras un escalofrío incierto zarandea su vida.

            Carezco ya de razones para engañar al corazón.

-“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió, y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita, y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo –le dijo– y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva” (Lucas 30, 30-36).

            El 10 de noviembre de 1998 nacía Raquelilla Rebollo de los Santos, de Raquel y Ramón, afectada de parálisis cerebral. Después de probar los mil y un tratamientos para sacarla adelante: el VOJTA en Madrid, el PETO en Pamplona, el EUROMED y ADELI en Mielnho (Polonia), el THERASUIT en EE.UU… sus padres deciden traer a Guadalajara todos esos métodos y otros y otros y ponerlos al servicio de la sociedad española.

            Escucha, amigo Javier, los pequeños sonidos de las cosas y sus escarchas secretas. La voz quebrada de los niños con parálisis cerebral fue para Raquel y Ramón un océano en calma y eligieron descalzarse en su orilla y poner a disposición una fundación, NIPACE (Niños parálisis cerebral), integrada por los mejores fisioterapeutas, médicos, psicólogos, enfermeras, pediatras y hasta su propia vida para escribir una de las más profundas y hermosas biografías de humanistas alcarreños hoy.

            Y pasaban los hombres de aquí para allá, de Zaragoza para Madrid, o de Torrejón para Molina, o de Barcelona para Azuqueca, presurosos, obsesionados, tiranizados –la agenda, el negocio, el dinero, el consejo económico, el académico– sin reparar en el medio centenar de niños con parálisis cerebral de la calle Clavel, en el esquinado rincón de Guadalajara. La luz y la vida se extinguían calladamente sobre los estirados campos de La Alcarria. Pero unos samaritanos que iban de viaje llegaron a donde estaban los niños y viéndolos conocieron el lenguaje del mar y eligieron como Raquel y Ramón descalzarse también en la orilla del océano. Saben que han heredado el árbol de la vida sobre el reguero de los niños inocentes.

            Pasó el tiempo.

            Empresas, Cajas de Ahorro, organismos públicos y privados, socios de todo tipo, amigos –hasta cerca de 15.000– colaboran ya con el proyecto. Fueron muchos los focos en la noche oscura, focos más o menos potentes, los que grabaron en la noche social, buscando fijarse en algo sólido y dieron con los niños de NIPACE. El pensamiento de la luz estaba en marcha. Sólo, sólo, los buenos samaritanos –tantos– conocen las sombras perfumadas, las frescas espesuras, los musgos transparentes. Sólo, sólo, los buenos samaritanos –¡tantos!– conocen el lenguaje del mar, la música callada de Juan de la Cruz, la profundidad de la noche, el cielo sin estrellas.

            A mí me parece ver hoy al Ismael de Moby Dick en el nuevo NIPACE de la calle Francisco de Aritio. Ya no hay nieve, aunque sí se nota su repliegue reciente, una ausencia donde ahora podemos aprender a distinguir los asombrosos y diferentes morados de la lavanda, en campos de Brihuega. Almadrones o Cogollor, que yo imaginaba más bien monocromáticos. Pero para colorido, el de la sala central de Fisioterapia de la fundación. Allí están en multitud cálida de club de amistad contra el frío niños y enfermeras, hablando, riendo, jugando, bisbiseando esperanza, salud, porvenir. De repente, un descuido de la mirada. Detrás de una especie de biombo, ajeno a todo, puedo ver a un chiquillo aparentemente aislado y sólo entre cuerdas, barras, traje de astronauta. Nadie ni nada, ni el pequeño jolgorio de otra docena de chiquillos gateando por las esteras, conseguía separarlo de sus barrotes y su cinta móvil. Allí está, escondida, la felicidad oculta. Quien sabe.

            Escucha, amigo Javier, los pequeños sonidos de las cosas y sus escarchas secretas. Son ya 300 niños los que sostienen la generosidad de tantos samaritanos. Bilbaínos y manchegos, andaluces y catalanes, madrileños y alcarreños. Católicos y musulmanes, evangélicos y budistas viven el dogal de la disfunción como hermanos, porque la parálisis cerebral es ese campo arrasado por el viento que permanece repleto de semillas… porque unos buenos samaritanos que iban de viaje conocieron el lenguaje del mar y eligieron también descalzarse en su orilla como hicieron Raquel y Ramón. «Abril pues tiene alas» y sobre ellas «florecerán los días». También en mayo. Ayudadnos, amigos, como podáis y con lo que podáis, Nipace ahora está inmersa en un proyecto complicado para la renovación de su Robot Lokomat para entrenamiento de la marcha de los pequeños luchadores.

Número de cuenta: ES 46 2100 8954 8602 0002 1130 Caixa Bank    

Concepto: Cumpleaños Paco

3 opiniones en “NIPACE: El buen samaritano hoy”

  1. Creo que nunca se reconocerá lo suficiente la labor de NIPACE, su «motor» Ramón y otros muchos en el anonimato que colaboran con este trabajo de ayuda a los niños de Parálisis Cerebral, desde aquí mi mas sincera admiración.

  2. Dios trasciende nuestras vidas y nos pone en el firmamento del amor. Atravesándonos nos deja su realidad gloriosa y dolorida. Sus ojos nos miran a través de las pupilas movidas por neuronas en parálisis. Su sonrisa es ternura agradecida cuando un beso acaricia su torso infantil.

  3. Samaritanos. Pasamos al lado y por qué no parar y ayudar. Te reconforta, llámese el ánimo, el espíritu, no sé. Siempre recibes más de lo das, a veces sin saber y ¿para que saber? Mi abuela, me decía °haz el bien y no mires a quien°

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