No es Luanda. Es la democracia

Carta de un niño de posguerra al presidente del gobierno

Señor, espero que al recibo de ésta se encuentre Vd. bien, yo bien gracias a Dios.

Soy un niño de posguerra del barrio de Lavapiés, aquí en Madrid. Empezamos a subir por el pedregal de la vida, pero sin hablar con extraños. Podían ser los famosos “Sacamantecas”, esos ogros come niños, tan glotones como desaprensivos. Tenemos una forma de caminar implacable, hemos ascendido o bajado con constancia, mudos tantas veces, –“los niños no hablan”– observadores las más. Con el tiempo, perspicaces, precavidos, supervivientes.

Con frecuencia nos quedábamos atrás, porque tampoco nos ayudaba mucho un calzado inapropiado. Pese a tantos días de perros, pudimos caminar con regularidad, haciendo pequeñas paradas, regulares paradas, decisivas paradas –nunca nos dimos la vuelta–. “Que a lo hecho, pecho”. Que “del laberinto al treinta”. “Que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”.

Mi madre Nieves me decía que los enemigos eran incómodos y que no requerían demasiada atención ni sentimientos. Que hiciera siempre el esfuerzo de prescindir de ellos, que engendran odio en el cuerpo y no se “obra” bien.

Como con cinco años ya acumulaba el peso de la tosferina, el sarampión y la tisis, mi abuela, Mamá Nona me llevo con ella a Casbas de Huesca, donde era “el ama de llaves” del señor cura. Este niño de quedarse en Madrid, le dijo a mi madre “no llega a mayo”. Y así me encontré en la abadía del pueblo, bajo la tutela de Mosén Gregorio y de mi abuela.

Aquel gesto suyo de darme importancia, aquella premura, me quitó de vista el dolor de los madriles.

Con ellos aprendí a leer hasta en público con cinco años y a escribir con faltas de ortografía. Aprendí también, Don Pedro Sánchez, su historia, es decir, una asignatura diversa de la que nos enseñaban en la escuela con las Enciclopedias y “Libros de España”, que explicaban el pasado y lo hacían todo encajado, lógico, pautado y lo traían en caída libre hasta nosotros.

La historia de mi tío y de mi abuela era reciente, un conjunto de hechos infames, nada de batallas, operaciones de limpieza, canalladas y masacres de personas desarmadas, en Angüés y en Barbastro. Era ya una especie de crónica histórica, que no preparaba una continuación, sino que quería ser la última, el fin de la historia.

Maquis. “Los Maquis”, aprendí este nombre al calor de la lumbre y en voz baja, buscados por doquier en los lugares más inverosímiles.

Fíjese bien, Señor, a mi abuela y a mi tío les pesaban tanto aquellos muchachos del Somontano y de la Hoya de Huesca, que luchaban, junto a otros y otros, por Sierra de Guara o el Pirineo, que todas las noches les dejaban tarteras llenas de comida, en la parte de atrás del corral. Ellos nunca quisieron hablar conmigo de aquello, para no perder la autoridad que necesitaban.

A los chiquillos de posguerra se nos levantaba también otra virtud: la curiosidad.

Gracias al Santiague, el hijo del alcalde, fui admitido en el núcleo más representativo de la sección de chicos, pero como un extraño: “el madrileño”. Desde entonces empecé a darme cuenta que aquí estaría el meollo de la cuestión: el nombre. Es decir se parte siempre de la circunstancia que acompaña a una persona, durante toda la vida, más que una sombra, porque al menos en la oscuridad, la sombra se diluye, desaparece, pero en nombre no.

Vuelto a Madrid, ingresé en Salesianos Atocha.

Para caminar en el interior de nuestro barrio y de nuestro colegio supe que no había atajos, hechos de materia muy material, hendidos por fabulosas ardentías populares.

A traque barraque, robusta, férvida, atronadora, fue nuestra posguerra.

Quiero recordarla nervio a nervio: Madrugones y la fábrica; madrugones y la escuela; madrugones y la “Singer”; coser para la calle; tablas de lavar; metro arriba o metro abajo; palitos de regaliz en la boca; sopa de ajo y barcos de pan; sabañones en orejas, pies y manos; comer tortilla con polo y sandía; viajar en los topes del tranvía y tirarnos en marcha para caer abrazado o estampado a un árbol; de merienda, pan y quesillo (las flores blancas de las acacias); cena, lentejas, si las quieres las comes y sino las dejas; agua de colonia “La Carmela”; zapatones “Segarra”, –“A ver si miras por ellos, te tienen que durar todo el año”.

La cabeza me da vueltas como un tiovivo de infancia.

Apacentados por los dedos de Don Bosco, nuestra vida alcanzaba en ocasiones un grado evangélico, en Atocha, Carabanchel, Estrecho, Vicálvaro, Emilio Ferrari, Villaamil, Paseo de las Delicias, Paseo de Extremadura… los más populares lugares de Madrid, la geografía obrera de la villa, el cementerio de solares y llanuras grises, abiertas de par en par a andaluces, manchegos, vascos… con todas las dimensiones de aventura, talento y humor de sus hijos.

Anudo el nailon de mi memoria en torno a aquellos curas salesianos que jugaban al fútbol con sotana y comían en festivos, como extraordinario, sardinas arenques y por Pascua y Navidad tomaban café-café, mientras de diario tomaban “café-que fue”, es decir, recalentados de posos de café.

Señor Presidente, me entusiasman los imperativos categóricos. No se olvide que a los niños, también de posguerra, se nos explotan los globos. Me gusta la agitación de las asambleas; con micrófono en la mano soy otro. Y llega la coz de posguerra: jugar a las tabas, a las chapas, a las cartas; saltar a dola; misa en ropa de trapillo todos los días; cine todos los domingos por la tarde –“La mano que aprieta”, de miedo– en veintitantas películas, precedidas del mismo Nodo; docenas de equipos de fútbol, coordinados por un salesiano, como forma de hacerse sitio en las calles de Inclusa, La Latina, Prado o Retiro; cocear sin herraduras en mitad de la competición, cuando saltan palabras sin tino (“No pronunciarás el nombre de Dios en vano”); primera comunión, con mi vecina, la miliciana, como IVA; estampitas de mártires salesianos, incluidas en el librito: El joven instruido, en el bolsillo izquierdo del pantalón, porque en el derecho, muy a mano, el tirachinas y “las chinas”, por si acaso; la procesión de María Auxiliadora el 24 de mayo, abducida por nuestras madres/padres y vitoreadas por achicharrantes muchachas en la acera del Cine Olimpia de la plaza de Lavapiés –“se pasan de guapas mamá, una me ha tirado un pellizco en la cara”–.

Señor, los políticos juegan con la gente como con hormigas difíciles. “Que a los tontos de Carabaña, se les engaña con una caña”.

El tono de mi carta, como Vd. ve, es festivo, de convencimiento. Tomo posición entre el niño de posguerra de Atocha, mientras se afianza el mirón que llevo dentro. Fue mi primer doctorado “cum laude”.

El caso es que hace una semana se produjo un aleluya y en África se obró el milagro. Hasta allí se fue usted para visitar un colegio de los salesianos en Luanda, capital de Angola, que, según Moncloa, “realiza una labor educativa encomiable y simboliza a la perfección la colaboración hispano-angoleña”.

Ahí es nada y tal y qué sé yo.

Esto promete, caramba.

Vd. sabe mejor que yo que Joaquín Costa y los Regeneracionistas decían que los males de España (y de cualquier país en general) se curan “con escuela y despensa”. A lo que el gran Don Miguel de España –Miguel de Unamuno y Jugo– añadía que donde no hay función de nutrición, no puede haber de relación.

¿De verdad, señor presidente, ha tenido ocasión de encontrarse con San Juan Bosco en Luanda? ¿Sabía que el bizarro piamontés reconocía los peces en el mar, las estrellas en el cielo, los insectos en el bosque, la conciencia de sus muchachos y la presencia de las personas, de todas las personas? ¿Sabía que era generoso, magnánimo y sabía retractarse? ¿Conocía que a los demás los hacía sentirse más grandes que él y que veía en los chicos el rostro de Dios y no podía apagar la oscuridad del resplandor? ¿Sabía que rozaba la llama de amor viva de San Juan de la Cruz, matando la muerte y trocándola en vida?

Señor, no es sólo Luanda, es la democracia.

¿Olvida que desde 1899 en Atocha, y desde 1903 en Carabanchel, y desde 1922 en Estrecho, y desde 1925 en el Paseo de Extremadura, y desde 1947 en Vicálvaro… los mismos salesianos de Luanda esculpen la dulzura heroica “de una labor educativa encomiable”, que traspasa los límites de la vanguardia en la Formación Profesional, para caminar en el interior de la biografía de los muchachos de las clases populares?

Señor, no es sólo Luanda, es la democracia.

¿Olvida que desde los atochales o espartales, desde los carabancheles o garbanzales, desde los vicálvaros y calviteros, desde los tetuanes y solares, desde los villaamiles y parques… los mismos salesianos de Luanda viven hasta las cejas los bordones “de la libertad, sin ira libertad / guárdate tu miedo y tu ira”? ¿Y lo mismo en Alcalá de Henares, y en Aranjuez, y en Pan Bendito, y en Parla, y en Fuenlabrada, y en Soto del Real, y en Vallecas, “lixiviados”, gracias a la oración?

Señor, no es sólo Luanda, es la democracia.

¿Olvida que para San Juan Bosco el cristianismo no sólo es una religión: es Amor, algo profundamente mineral, entre el corazón y el alma. “Dadme almas, llevaos lo demás”, es el cauce de su “labor educativa encomiable”? En el paladar del santo de los chicos se estarcen las letras de un sistema educativo: “razón, religión, amor”, porque educar es cuestión de corazón, en Luanda, Madrid o Pekín.

Señor, no soy yo quien para aconsejarle, pero si alguna vez cae bajo la inmensa hoz y martillo del silencio, del desprecio, de las tinieblas de la vanidad o depresión, no lo dude, vuelva a Luanda y goce del éxtasis de los “chicos de Don Bosco”, de su cultura, de su fe católica, de su alegría. Aquí, la democracia es “estar alegres”, también la santidad. Este trazo encierra un signo, un enigma, el álgebra del espíritu.

Señor, rece usted por los chicos de posguerra, que nos gustaría matar a la muerte, pero ay, en vano.

Posdata: Señor, no acaba aquí la cosa. Al leer las suras del Corán, nos asombramos de cómo trata el libro sagrado islámico a la Virgen María: “No te entristezcas, tu Señor ha puesto un arroyo a tus pies”, le dice el ángel a María. Y raudos, muy ligeros de equipaje, los salesianos, a finales del XIX, se fueron de bracete, codo a codo, con los obreros italianos, griegos, franceses a Egipto, que iban a construir el Canal de Suez, “para poner arroyos a los pies de los chicos” y abrieron escuelas profesionales en El Cairo y Alejandría, que vibran hasta hoy. ¿Podrían simbolizar también a la perfección la colaboración egipcio-española, ahora que coordinan todos esos centros dos españoles: Juan Carlos Pérez Godoy y Pedro García?

4 thoughts on “No es Luanda. Es la democracia”

  1. Buen recorrido por Madrid, de toda una obra dalesiana, de D. Bosco.
    Razón, Religión y amor, un buen triangulo, para una democracia, fuera de tantos enfrentamientos políticos, de palanras vacias y con contenidos de buscar poder. Y los males de España, se curan co Escuela y Despensa.
    Y mientras que «los políticos juegan con la gente, como hormigas dificiles», no se podrá EDUCAR DESDE EL CORAZÓN.
    Y los políticos no tendrían que olvidar, «que el Cristianismo, no es religión, ES AMOR.
    D. Bosco y los Salesianos lo tienen bien claro.

  2. Inmejorable lección de realismo pedagógico al Presidente del Gobierno de la Nación. Con claro castellano sin engaños ni dobles lecturas. La presencia educadora de los hijos de Don Bosco es una realidad madrileña y española que se impone a cualquier analista. Que las leyes nos protejan también por el bien social que reporta la escuela salesiana aquí, en Angola y en Buenos Aires, a los jóvenes reales y concretos, futuros trabajadores.

  3. Tu evocación de la infancia urbana, Paco, se corresponde un poco con la mía rural de los primeros años. Qué recuerdos y qué experiencias de libertad inconsciente y alegre… Y dudo que los políticos actuales hayan tenido el detalle de perder menos tiempo en anunciarse, y más tiempo en conocer la España contemporánea de la que ahora se alzan como líderes. Y lo mismo con el tema de los salesianos: tienen que irse lejos, porque vende más, que valorar lo que tienen al lado, y que por motivos ideológicos le quieren cortar el derecho a sobrevivir…

  4. Me ha encantado tu carta, Paco! Ojalá sea leída por dicho Señor y apele va a su sinceridad y compromiso por la democracia!
    Cómo siempre un placer, buen amigo!

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