Omitiendo el pecado de omisión

Dejar de hacer el Bien para evitar un “mal”.

El pasado 29 de enero, me encontré con un artículo en El País digital sobre la “Crisis migratoria” y el plan del Gobierno español para evitar este “mal” que atenaza a nuestro país.

En resumen, y transcribo, en dicho plan se contemplan estas soluciones: “Evitar el patrullaje activo de Salvamento Marítimo en las costas mediterráneas, impedir que zarpen barcos de ONG dedicados al rescate”.

Sinceramente, me sorprendí de la simpleza y pragmatismo de las mismas, pero sobre todo de su dureza y crueldad.

Puedo entender formas de pensar que defienden, porque se dan y son públicas, que los y las inmigrantes, sin etiquetas (por favor, no distingan su estatus legal, que son seres humanos), son un “mal” que hay que evitar, cual cáncer mortal.

Lo que no me esperaba es que la solución para erradicarlo fuera omitir un bien, omitir hacer el bien, dejar de hacer lo bueno.

El articulo afirma que la propuesta concreta es que “los barcos de esta entidad (se refiere a Salvamento Marítimo) en ningún caso dejaran de atender naufragios, pero sí esperaran a las llamadas de alerta en lugar de mostrarse proactivos”.

¡Increíble! ¿Tendrían que esperar los médicos, exclusivamente, las llamadas de alerta y dejar de mostrarse proactivos en la prevención del cáncer, que puede llevar a la muerte a una persona?

Por si acaso, recuerdo que los y las inmigrantes son personas. Personas que tienen sus motivos para encontrarse en esa situación, unas veces elegida voluntariamente y otras veces sobrevenida por tremendos factores externos, como los que un día elegimos ser fumadores y otros nunca lo fueron, pero no sabemos si tendremos que luchar en el “mar de la enfermedad”.

Continua el plan gubernamental, con esta propuesta: “El Ejecutivo ha decidido negar los permisos para zarpar a los barcos de ONG cuyo objeto sea el rescate de náufragos provenientes de aguas africanas”.

¡Qué gran crueldad! ¿Tendrían que prohibir salir a las ambulancias hacia una catástrofe, donde hay víctimas, hasta saber de dónde venían y hacia dónde iban? ¿O prohibir su salida porque su objetivo sea salvar vidas humanas? Vuelvo a recordar que los y las inmigrantes son personas. Personas que pueden perder, y de hecho pierden, su vida en barcazas maltrechas y sobrecargadas, como las “casas” en las que muchos, incluso en nuestro país, están obligados a vivir y son las primeras en caer en los terremotos e inundaciones, porque eso tiene ser pobre.

Desde mi punto de vista, que no es ni principal ni fundamentalmente materialista-economicista sino ético y cristiano, este plan propone omitir el Bien (asistir a las víctimas, salvar vidas humanas) para evitar lo que ellos llaman “mal”, que son personas. En su jerarquía de valores la dignidad humana, perdón, la misma vida humana vale menos que el combustible que usan los barcos de Salvamento Marítimo o que la molestia de comprometerse en otras soluciones que salvaguarden el inalienable valor de la vida humana.

Pero no queda ahí, no sólo proponen un modelo de sociedad donde la persona vale lo que puede pagar, sino que pretenden obligar a que todos actuemos igual, incluso aquellos cuyo objetivo sea el “rescate de náufragos”, la acogida, la ayuda, la promoción de las personas en sus derechos, de nuestro prójimo.

Ciertamente, quieren omitir el pecado de omisión. Ese pecado, a veces tan olvidado, que nos previene de no dejar de hacer lo bueno que podemos hacer, pero tampoco dejar de evitar el mal que se presenta. Este plan que muchos piensan y defienden es el verdadero Mal: el mal de la indiferencia ante el sufrimiento del otro.

Yo estoy convencido que el Mal se vence haciendo el Bien, lo Bueno. Por tanto, acogeré, asistiré, ayudaré, acompañaré, amaré a los inmigrantes porque son personas, porque son mis hermanos.

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