Orar con Don Bosco

Todavía con los ecos de la fiesta de Don Bosco y en algunos lugares celebrando los últimos encuentros, Antonio R. Rubio nos propone alguna idea para Orar con Don Bosco.

¿Puede uno rezar sin alegría? Es posible que en ocasiones sea la tristeza o la pesadumbre las que nos lleven a dirigirnos a Dios como último recurso, pero esto también puede suponer que estemos buscando a un Dios “tapagujeros”, puntual solucionador de problemas. En cambio, si tenemos un trato habitual con Dios en la oración, aunque a veces estemos secos, nos iremos llenando de una alegría cristiana que termina siendo contagiosa, como la alegría de Don Bosco.

Para la fiesta de Don Bosco de este año he seleccionado dos textos de nuestro santo, que sirven para llenar de contenido y esperanza nuestras oraciones.

“La oración es una compañera inseparable de la vida cristiana. La oración hace violencia al corazón de Dios. Es un arma que hay guardar preparada para defenderse a la hora del peligro”

Don Bosco nos enseña que la oración es nuestra gran arma en caso de necesidad, pero, mientras no experimentemos una acuciante necesidad, es conveniente orar de continuo porque no se concibe que un hijo no quiera hablar con su Padre, que no quiera acogerse al cariño de la Virgen Madre y que no lea el evangelio para conocer e imitar a Jesús, el Hijo amado del Padre. La oración no consiste solamente en pedir. Consiste también en conocer, acercarse a un Dios que es amor, y amor con amor se paga. Lo de que la oración hace violencia al corazón de Dios es una recomendación para insistir, para no dejarnos vencer por el desaliento y pensar que Dios no escucha. El Señor tiene sus tiempos, que no son los nuestros. Hay que insistir como el amigo inoportuno de la parábola que se levantó de la cama para darle los panes que su amigo le pedía golpeando su puerta a medianoche. (Lc 11, 5-8). Pero además tenemos una poderosa intercesora, la Madre de Jesús, que es el auxilio de los cristianos. No debe de faltar el recuerdo o la invocación a María en cualquiera de nuestras oraciones. Son un cauce seguro y el más rápido.

“El que reza se ocupa de la cosa más importante de todas. Cuando estéis jugando, hablando o en el recreo, elevad vuestro espíritu al Señor, ofreciéndole todas esas acciones”.

Es un consejo dirigido a alumnos, pero aplicable a todo cristiano sin excepción. Me recuerda lo que decía san Pablo de que cuando comamos o bebamos, lo hagamos para la gloria de Dios (1 Cor 10,31). Es una manera de recordar que la oración no puede separarse de la vida, como no debería separarse la vida de la oración. Esta frase, entresacada de la homilía de un sacerdote salesiano, bien podría haberla hecha suya Don Bosco: “Reza lo que vives y vive lo que rezas”. Así han obrado siempre los santos. La realidad, aquella en la que Dios está presente, no está formada por dos mundos paralelos que nunca se encuentran: el mundo del trabajo de lunes a viernes, y el mundo del descanso del fin de semana, en el que hay que buscar un pequeño tiempo para dedicarlo a Dios. Hay que obrar con naturalidad y vivir la presencia de Dios en nuestra vida. Esta es la clave de la alegría, una alegría contagiosa como la de Don Bosco. Si Dios está siempre conmigo, ¿de qué tengo que temer?

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