Pasos de otoño

Salgo de Burgos, el taxista que me lleva a la estación es antiguo alumno salesiano, precisamente estudió en el colegio donde acabo de reunirme con un equipo de profesores increíbles. Tiene buenos recuerdos de esa época y los comparte conmigo en esta tarde de noviembre que debería ser más fría. Precisamente la agradable temperatura me ha permitido caminar desde “Padre Aramburu” a la parada de taxis pisando las hojas secas que se acumulan en el paseo que bordea el río. Luego, no sé por qué, me ha dado pena que se partieran a mi paso y me he apartado. El otoño siempre me recuerda que estamos de paso, como las hojas. Para mí es una buena sensación, me sitúa con humildad en la tierra, donde otros, antes que yo, tuvieron sueños, anduvieron caminos y prestaron ayuda. Y también otros, después que yo, lo seguirán haciendo. Es bueno sentir que no somos nada, en el sentido justo de la palabra, que no valemos por aquello que logramos poseer, sería muy desesperanzador para quien no tiene oportunidades iguales a las nuestras; los que son pisoteados cuando creemos que son hojas que no sirven.

Estamos de paso y esa sensación me hace poner empeño en todo lo que hago, pero con la certeza de que con mis solas fuerzas nada puedo. Pensar así me da mucha paz. Puedo sembrar, incluso cuidar del árbol y de sus hojas, pero no pierdo de vista que el agua y el sol no los pongo yo, me son regalados. Lo que es don es al final lo más importante, lo que permanece, lo que se quedará para siempre cuando sean otras hojas las que vayan cayendo.

Ensimismada en el anochecer de la ciudad vislumbro la estación.

– ¿Es usted de Burgos? –me pregunta el taxista antes de partir hacia Madrid.

– No, solo estoy de paso, pero volveré pronto porque me esperan para terminar un sueño que otros empezaron.

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