“¡Pisa el crucifijo y te perdonamos la vida!”

Le ordenaron atravesar la cuneta.
Él les pedía sin hablar que no hiciesen nada.
Avanzó por entre los rastrojos del kilómetro 52 de la carretera de Madrid en Guadalajara. Volvió hacia sus verdugos la mirada pálida y entristecida, como si hubiese envejecido en segundos.
– Ajá, ¿no me conoces?
– No, no recuerdo –respondía don Andrés Jiménez.
– Pues yo a ti sí, ¿sabes? Tú eres el cura que decía misa en Mohernando, Junquera, o…
A don Andrés comenzó a gritarle en el pecho como una campana enloquecida. Casi no le dejaba respirar. Miró hacia arriba, con la mano de visera. Cuando miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.
– Trae ese crucifijo.
– Por Dios, ¿qué vais a hacer?
– Tíralo al suelo.
– ¿Pero qué dices?
– Písalo y te perdonamos la vida.
Don Andrés Jiménez se lamió los labios. Besó una y otra vez el crucifijo. Cruzó el campo y avanzó en dirección hacia el río Henares. Sonó una descarga de fusilería. Quiso agarrarse al crucifijo como para no caerse, pero sus manos ya no le respondían.
El día había llegado con una claridad de delantal de carnicero. El cuerpo de don Andrés resbalaba hasta el suelo, chapoteando en su sangre, hundiéndose ya en ella. Uno de los descamisados se adelantó hacia la víctima y movió el cuerpo con el pie. Después se retiró unos pasos y, por tiro de gracia, le vació todo el cargador de su pistola.
Todo le sucedió deprisa. En la vida pastoral de Almería tuvo velocidad de bala, levantando afectos y se convirtió en motivo de devoción en las parroquias de la diócesis. Don Marcelino Olaechea, como visitador extraordinario, de las archidiócesis de Andalucía, encontró en su ser –franco, dicharachero y alegre- una cantera inagotable de novedad y de esperanza, que alcanzó su cima también de golpe y deprisa, en las anchas tierras de barbecho de La Alcarria.
Su cuerpo –roto, destrozado y desangrado- permaneció solo en la cima de su martirio, bajo las estrellas, varias noches, mientras que en el valle del Henares se movían como luciérnagas los que con candil andaban en su busca. El nombre de Andrés Jiménez cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros.
Desde entonces, todos –o muchos, no sé- tenemos envidia de las mariposas.
Qué maravilla. Poder ir por el mundo, en esos trajes multicolores de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de almíbar. Desde que supe “lo de Don Andrés” yo empecé a quererlo mucho. Mis padres, al principio, no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender cómo yo quería a un maestro muerto. Pero él tenía ese calambre sugerente de los seres impares. No era ni verdad ni mentira, era sencillamente auténtico, porque estaba vivo. Está vivo. Es ya bienaventurado.
Amigo Javier, un domingo por la tarde de 1948, mi abuela, mamá Nona, tironeando de mí, me acercó al Oratorio de Salesianos Atocha. “Si el pater te pregunta, tú dices que tienes 9 años, ¿entendido? ¡Entendido! “nueve años, nueve años”. Habíamos atravesado con mucha rapidez José Antonio Armona, la Ronda de Atocha y la puerta principal del colegio, a través de la cual llegaban los mil rumores del patio.
Era todo lo que mi abuela necesitaba. Y me presentó a don Luis Rubuano, el cura italiano más bondadoso que he conocido. “Don Luis, mi nieto”. “¿Cómo te llamas?”. “Paco”. “¿Cuántos años tienes?”. “Siete”. “¿No hemos quedado que 9?”, interrumpió mi abuela. “Con 7 o con 9 su nieto entra en el Oratorio, para eso es usted de la Archicofradía”.
Mi abuela era de todas las cofradías. También de la de María Auxiliadora.
En fin, son torpes hoy las palabras de su ausencia. Mamá Nona.
Don Luis me regaló El joven cristiano de San Juan Bosco, con una estampa dentro, en blanco y negro, de Don Andrés Jiménez. El corazón se me ensanchó de golpe. Don Andrés me cayó bien. Era gordito, redondito, un gafitas. Pasó al bolsillo izquierdo de mi pantalón, junto a las tabas y las canicas. En el bolsillo derecho tenía lugar preferente el tirachinas, los rabos de lagartija y algunas pesetas. Me fui dando cuenta de que las cosas, todas, contenían despedidas irreparables y yo no las entendía enseguida, sino después, mucho después. Todavía hoy, después de 70 años, sigo sin entender algunas.
A unos tirachinas sucedieron otros, a unas tabas otras. La estampa de Don Andrés ha crecido conmigo. “Se crece callando, hijo –me decía mi madre-. Hay que cerrar los ojos de vez en cuando. Hay que sentir de pronto mucha distancia de todas las personas”.
Hay que ver, a estas alturas, Javier, todas las palabras caen hacia atrás, menos “Don Andrés Jiménez”, ese santazo que durante 70 años va tirando de mí hacia delante. Resulta extraño que las cosas importantes me hayan pasado una sola vez. Lo de “Don Andrés” es una de ellas. Al cabo, tengo que aplaudirte “San Andrés” no de cualquier manera, sino con el aire marcial de los conciertos de etiqueta, porque como a lo mejor tienes pocos devotos… a nosotros nos mimas más que a todos y de qué manera, no digamos a los gorditos, redonditos y gafitas.

1 opinión en ““¡Pisa el crucifijo y te perdonamos la vida!””

  1. Don Paco, enhorabuena por rendir homenaje de manera cruda pero entrañable, con el ejemplo de Don Andres Jiménez, que te impactó en tu infancia y ha sido un referente para ti, a la despiadada persecución religiosa que tuvo lugar al final de la segunda república y durante la guerra civil.
    Podría escribir una similar, con la notable diferencia de calidad en la pluma, del tío de mi madre, Salvador Ochaíta Batanero, natural de Trillo, arcipreste de Valdemoro y párroco en la parroquia de Ntra. Sra. de las Maravillas… lo mismo, «pisa el crucifijo», la misma negativa, «soy sacerdote del Altísimo»,… y el fusilamiento. A mí me contaron los detalles mi madre y su hermano el sacerdote cuando era niño; siempre recuerdo su historia cuando dormimos en Trillo en la que fue su casa, irrespetuosamente vandalizada tras el episodio, destrozando con burlas todo vestigio sagrado.
    No se puede cambiar la historia; pasó y fue así, y eso también es MEMORIA HISTÓRICA; no para odiar, que no es cristiano, para aprender y no cometer los mismos errores. Y también para honrar la grandeza de esos mártires y, aunque algunos (yo mismo), no tendríamos la valentía de entregar nuestra vida sin dudar un instante a cambio de no pisar un crucifijo, sentirnos plenamente orgullosos de su legado ejemplar.

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