“¡Pisa el rosario, canalla… Déjate de bravatas, escombro!”

José Kowalski es como una estatua antigua de Roma, viril y única, comida por los siglos en el Colosseo máximo. Kowalski está dispuesto a hacerlo todo, muy polaco y muy universal.

Su cara, desde siempre, “le expresa”. Casi lampiño, la tensan desde dentro la ansiedad y la certeza.

Kowalski disfruta de su ser y de su obrar cuando el huracán del nazismo se lo lleva al campo de concentración de Auschwitz. Allí es sólo el número 17350. Precisamente porque no es viejo en vida, puede hacer ya de maestro y amigo crecedero entre los reclusos, y de salesiano que se va haciendo grande, completo, fácil y difícil ante nuestros ojos.

En su agenda destaca todo un clamor de santidad: “No diré jamás basta”.

En el aire dorado, que se fue haciendo gris, en la tarde color gentío, entre los carros de combate y los muertos, en ese embalse humano, secretamente sombrío, la angustia total de este santazo de Kowalski durante catorce meses de sufrimientos está a punto de estallar.

Para que sólo su flor viviese, pisotearon las nuestras”, dijeron las quejas mayas de otros verdugos en otras latitudes, en otros tiempos.

Todo forma parte de un plan político de dominación y explotación bajo el que sucumben millones de personas.

Campo de concentración de Auschwitz.

El aniquilamiento y el terror progresivo engullen todas las esperanzas de salir de allí con vida. Kowalski se convierte en planetario que preside la fe de muchos, el zodiaco de colores y formas, de ruidos y de signos, improvisando oraciones y sacramentos en noches diurnas y en días nocturnos.

Auschwitz.

Todo un clima generacional, el tiempo como amenaza, el olor agridulce de los hornos como una sudoración, Señor; las chimeneas como globos con sus humaredas rojas y amarillas, quietas sobre tantas cabezas. El aire, ni alto ni bajo, total, impregnándolo todo, penetrándolo todo, un ensalmo de actualidad y muerte sobre la multitud, sobre la numerosidad.

Auschwitz, la numerosidad de la muerte.

José Kowalski, nuestro salesiano, “no dice jamás basta” y visita al enfermo, reza con los desesperados, se parte la cara por los más débiles, aúpa su consejo entre los más desorientados. Kowalski, ese chico liberador, cómplice, amigo, es el chico de muchos días, dios de muchos días, por su camiseta le asoman los moratones y por los calzones atazonados las heridas de tantas palizas.

“Canalla, pisa ese rosario”, le dijo el guardia. Para un sacerdote que responde a su realidad social y a su fe personal, pisar un rosario supone una afrenta. Desde el momento de su negativa la muerte vuela sobre él. El 3 de julio de 1942 sus verdugos le ahogan en la cloaca del campo de exterminio. También este camino de dolor lleva a Roma. Y Juan Pablo II definitivo, absoluto y rotundo, le declara beato, en Varsovia, el 13 de junio de 1999.

Amigo Javier Valiente, a mi edad yo tengo cosas que vender. Vendo un poco algo de mi vida en cada articulillo, todos a su vez estamos en venta, como tus crónicas o tus programas televisivos, sólo que tú tienes el valor de hacer de tu trabajo una almoneda, y los ancianos –no sé si todos- queremos ser de una pieza. De una pieza ¡qué ironía! ¡Qué ironía! ¡Qué estupidez!

Yo nunca quise que el equilibrio exterioridad/interioridad de la vida se descolocase por un infarto. Pero se descolocó por varios y múltiples a la vez. Y siempre vuelvo a la posguerra. Porque fue ella la que me sacó de Lavapiés. Éramos épicos, éramos líricos los niños, las mujeres y los hombres. Éramos algo. Ahora somos funcionarios, burócratas de la justicia, de la política, de la milicia, de la religión, del periodismo. ¿Quiere decir que ahora peor, entonces mejor? No, de ninguna manera. Quiere decir que el tiempo nos sigue teniendo entre sus garras y que entonces acabábamos de llegar a él… Aquellos chiquillos luminosos del Oratorio de Salesianos Atocha estábamos incapacitados para entender que los lobos no pueden amar corderos. Aunque te hablara durante un mes, tú no puedes saber nada de cómo fue la posguerra que he visto. Se debe saber con los ojos, con la amenaza, con el chivatazo, no con los oídos ni con los libros ni con los vídeos. Y si me apuras, mejor con el estómago vacío.

Nuestro confesor en el Oratorio era un salesiano alemán, refugiado en Madrid después de la segunda guerra mundial. Don Esteban Linz, que así se llamaba, terminaba siempre igual la confesión: “Como penitencia, hijo, reza tres padrenuestros por los cristianos perseguidos”. “¿Los cristianos perseguidos?”. “Sí, hijo, esos que sufren el terror del ‘telón de acero’”. “El telón de acero” yo me lo imaginaba como el del teatro del Salesianos Atocha –grande, enorme, pesado-, pero como a modo de una guillotina, que al caer cortara cabezas.

Vengo pues de pensamientos lejanos, Javier, pero anoto en algún borde periférico de mi mente la crueldad de la que es capaz el hombre. Auschwitz. Todo eso. El caso es que él, José Kowalski, está aquí, encerrado en un pasado hecho de lámparas apagadas, de alegría y juventud devoradas por los perros de presa, de silenciosas figuras de carniceros de las SS, caníbales que en él apuran el sadismo y le destierran de la vida. “No podías nacer, Kowalski, escombro, en un período más equivocado. Canalla, pisa el rosario y déjate de bravatas, imbécil”.

Auschwitz.

La relación entre verdugos y Kowalski alcanzó temperatura de desastre. Todo era tormento y deseo. Vivían en el centro de un crimen estudiado que no aceptaba tregua. La muerte estaba decretada. Kowalski, con el corazón en llamas y censado ya en el cementerio, comenzó a alojar por dentro de la cabeza destellos de amor y besa el rosario. Estaba ya en las cimas del martirio y de la santidad. No quiere ya más memoria en su memoria.

Enhorabuena, salesianos, ante tanta nobleza. Grande, enorme, pesado, sigue siendo el “telón de acero”. No nos viene mal profundizar en el Padrenuestro. Auschwitz. Posiblemente ya estemos capacitados para entender que los lobos no pueden amar corderos.

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