Por qué PATRIA y “Masones vascos”

Nadie limpia sin mancharse.

Llovía para nosotros. Y caía bien. Para los que estábamos al acecho tras los cristales del autobús. Una lluvia de gotas lánguidas, más propensas a planear, a pasearse por los paraguas, las cabezas y los hombros, que a caer en el suelo. Una llovizna que hacía el día más lento. Y todos los movimientos de la calle. También el del autobús, La Continental, que aparcó cerca de la Clerecía.

Pregunto.

¿La calle Tentenecio?

Le costó dios y ayuda a la señora explicármelo.

Paso por delante del palacio episcopal, dejando a mi derecha la Catedral Nueva. – Siga, siga adelante y en la esquina se abre “Tentenecio”. “¡Marchando un horizonte! ¿Quedan crepúsculos, Paco?”, me digo.

Creo que la calle “Tentenecio” hace referencia a una de las leyendas sobre San Juan de Sahagún. Yo tengo en mucha estima al santo. Es Salamanca. Como la Plaza Mayor, Unamuno, la Escuela de Francisco de Vitoria, el dominico. Yo no es que no confíe en las leyendas, pero confío más en mi fantasía y en mi observación. De pequeñajo me alimenté no sólo con la luz de los Madriles, sino también de los pueblecitos de Casbas, Sieso, Labata, en la Hoya de Huesca, de donde mi tío, mosén Gregorio, era el arcipreste. Luz masticada con la isotónica de Sierra de Guara. Y esa verdad está en mis ojos hasta hoy, ay, casi ciego.

Miro mi reloj. Las diez en punto. Pregunto sin pestañear.

– ¿Es aquí el Archivo de la Masonería? – Sí, claro, y bien.

Mi único signo de nerviosismo es llevarme el pulgar al pisa corbatas y frotarlo como quien da brillo.

– ¿Es usted el señor Rodríguez de Coro?

Acuso el pellizco del interrogante del guardia civil.

– Sí, sí señor. – Le está esperando el director Ulibarri (cito de memoria).

Amigo Javier, para otro artículo la nata de las palabras con el señor Ulibarri, matriculado en sabiduría y en la leyenda de ser archivero militar.

Por otra parte, yo pendiente de lo mío, es decir, de los expedientes y fichas de los “Masones vascos”. Pendiente de las logias de Vitoria, Donostia y Bilbao, de sus derrotas y de sus fortalezas. Pendiente de la pátina incalculable en esa ilustración de abismo de los masones del siglo XVIII. Pendiente del explorador vitoriano Manuel Iradier, nada menos, masón, oye. ¿Pecado de juventud o irreconciliable actitud de afrontar la vida como su contemporáneo el arquitecto catalán Antonio Gaudí, sí, oye, el de la Sagrada Familia?

Hay mucho de exótico y de enigmático en la vida de todos. De irreconciliable con el orden, pero ahí andamos. De aritmética celeste ¡vaya!

Pendiente de los diputados vascos por el PSOE en las Cortes de la Segunda República, con algo de tumulto. Generan intervenciones, artículos de periódico. Pendiente de los distintos pastores protestantes de San Sebastián, acusados de masones, y todo un conjunto de documentos que me avasalla. Pendiente hasta de curas vascos nacionalistas, echados hacia la masonería en su rareza. La rareza de los catalogadores, que situaban a los protestantes en los archivadores de los “SIN DIOS”.

Instalo mi impertinente curiosidad en los masones de Deva, oye; y en los masones de Tolosa (oye, es que en Tolosa había y hay de todo, desde carlistas hasta curas trabucaires). Y resulta que el universo policial del archivo está más bien pendiente de mí, de los papeles que consulto, de las fichas que retengo, de los apuntes que tomo a mano, siempre a mano.

Solicito todas las fotocopias del mundo.

– ¡Qué, Don Francisco, nos pasamos el día levantando minas!

Lo dijo no como quien desea crear una intriga, sino como quien enuncia una nueva dimensión de la Masonería.

– ¡Si usted supiera! ¡Me gusta instalarme en las cañerías de las instituciones! – ¿Por impertinente? – ¡No, no, por curioso, es mi oficio!

Nos habíamos quedado mirándonos. Esos momentos en que la vida de otros te hace pensar en la propia. Él fue el primero en reírse.

Volví durante quince días. Era 1977. Adolfo Suárez era presidente del gobierno. Y la secretaría de presidencia me concedió el permiso para la consulta, pues el Archivo dependía de Interior.

Fue el fervor inaugural. La curiosidad desatada. El ansia de Masonería como un apostolado. En otro momento, Javier, te hablaré de mis amigos masones, tan relevantes como Jean Crouzet y José Antonio García-Diego.

Desde 1977 a 1992 transcurren quince años… de clases, estudios, libros.

Y en noviembre de 1992 desvelo con excelente información en el libro “Los Masones” las interioridades, las peripecias, los acontecimientos comprensibles de los masones en Vasconia sin extenderme. Por eso lleva el subtítulo de “Introducción a la Masonería en Euskal Herria”. Porque los incomprensibles, indiscretos y evocadores, los he ido dejando para mí Historia General de la Masonería en el País Vasco, en tres volúmenes.

La Sala de San Prudencio de la ciudad de Vitoria acoge el acto de la presentación de mi libro, magnificado con la presencia del presidente de la VITAL KUTXA, Dn. Francisco Allende Arias, mecenas del libro (Tres millones y medio de pesetas, 2000 ejemplares), junto al director general de las Fundaciones de la Vital Kutxa (San Prudencio, Estadio, Idiomas…), Carmen Gómez Pérez, directora técnica de la Fundación Sancho el Sabio y el excelente historiador José Antonio Ferrer Benimeli, buen amigo.

No cabe un alfiler.

La “Masonería” danza ya al ritmo de la narración. Como un cine prehistórico, las palabras proyectan sobre el auditorio, entregado y curioso, las epopeyas y tragedias de nuestros masones. Y así, en Vitoria –ciudad levítica, por excelencia– empiezo a moldear una conciencia colectiva distinta.

Aquel largo año de trabajo en el libro fue un incendio. En ese fuego me inmolé con fiereza. A la política insaciada de mis trabajos llegarán más temas: los carlistas, los judíos, los inquisidores, los ejércitos, los jesuitas, los nacionalistas… el alma de los vascos.

Entonces llegó la primera intervención.

Por el autor, vino a decir Allende Arias, personalmente, siento una inacabable admiración, dado su prestigio. Paco siempre apelaba a mi prestigio, a lo que Gómez-Escolar añadía “con justicia” y Carmen Gómez: “Hombre, que venga Dios y lo vea”. Nadie me negaba la calidad histórica. Ni la vocación en la que se sustenta mi actividad profesional. Eso por delante, ya sabes, amigo Javier, que por detrás…

Después fue el momento de Ferrer Benimeli. Empezó más o menos así:

– “Masonería. A la memoria llegan definiciones oídas con insistencia, contubernio, conjura, poder oculto. En nuestros lugares mentales parece ocupar un espacio oculto, oscuro, desenfocado.

Por otro lado, oímos solidaridad, fraternidad, librepensamiento, atributos definidores del espíritu masón, siempre al lado de la luz… pero persiste el desenfoque”.

Ferrer va acumulando rabia y amores ya desde el inicio con cierta agresividad voluntariosa y curiosa. Prosigue:

– “Necesitamos un enfoque desapasionado del tema, un acercamiento histórico a la Masonería, a su origen, su trayectoria temporal, sus hechos que elimine leyendas y prejuicios. Citando a Paco de Coro ‘comprender que cada grupo humano tiene su razón de ser, su conciencia, su vida y su tarea. Romper tergiversación e ideologización, usar la herramienta de la razón, no la del sentimiento. Hacer historia, no devocionalismo. Lograr situar el verdadero hecho histórico del movimiento masónico’”. O sea.

Y eso fue lo que quise hacer con mi trabajo, allí, ya en la mesa de San Prudencio de cuerpo presente. Eso entonces Javier, con que imagínate hoy en total decadencia. A mí quienes van a leerme me interesan siempre que tengan algo de mi propio destino. Yo no escribo para escritores empoderados ni para señorones de buena digestión; me gustaría escribir para los niños, pero no lo logro, para los árboles; creo que escribo para los enamorados de alguien en concreto, para los invisibles, para algún soñador o poeta; para mis amigos de verdad de Guada o Puertollano, de Azkoitia o Rentería, de Donostia o Vitoria, de Horche o Alcalá de Henares, para mis amigos salesianos que estuvieron allí aquella tarde: Aureliano Laguna, Valentín de Pablo y Rafael Alfaro que se llegaron desde Madrid, junto a Aitor Macho, Joxerra de la Rica, Javier Arca Ena, Iñaki Sánchez, Iñaki Napal Barricarte de Vitoria.

La biografía de los “Masones vascos” estaba tan desierta de aventura histórica como llena de arañazos y amarguras interiores y exteriores. La heterodoxia de estos vascos es la de no ser unos heterodoxos de manual. Por fuera son hombres normales, de los que aparentemente no tienen grandes enemigos al alcance. Pero si uno se fija bien en los expedientes del Archivo de Salamanca, acumulan pequeños o grandes infiernos difíciles de precisar, balanceándose en unas venas que en cualquier momento pueden poner la sangre a hervir.

Con la certeza de que olvidarlos era traicionarlos y traicionar la Historia de Vasconia, la historia de PATRIA, me puse manos a la obra. Ni distracciones ni consuelos. Sólo, sólo trabajo puro y duro para hacerles su sitio en el trayecto vasco. Sus personajes son brutales, a veces desolados por las circunstancias políticas, sociales o religiosas, pero todos conservan un instinto moral y patrio conmovedor.

A veces pienso que solo escribo para mí mismo, si no estuviera casi siempre fuera de mí mismo. Nadie limpia sin mancharse.

1 opinión en “Por qué PATRIA y “Masones vascos””

  1. Eso fue lo que ocurrió en los diferentes pueblos de la península,muchos de los cuales no se sabe de su existencia el pueblo o territorio de las vascongadas por sus tradiciones y gentes siempre fue una resistencia a los diferentes incursiones durante toda su historia ,y por defecto más avanzados que en los pueblos de la península ,y en consecuencia se genera ciertos personajes notorios y relevantes pero con un profundo sentimiento patriótico

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