“Por ser la Virgen de la Paloma”

Me voy a celebrarlo a El Brillante.

– Café con leche, porfa. Doble de café.

– Y un vaso de agua con hielos.

– Tres, como siempre –observa un vecino de barra.

– Los que usted quiera –añado yo.

– Camarero –observa el señor de al lado– yo sólo quería tres churros y me ha puesto una ración.

– ¡Qué coincidencia –afirmo yo, mientras me quito la mascarilla– yo iba a pedir una ración!

– Sea la ración para usted.

– Pues claro, hombre.

– Y a usted ahora, señor, le pido los tres de la suerte.

¡Puff! Mira, el año del coronavirus, el año en que todo iba a cambiar y ya ves. Todo lo conocido regresa con furia, con un aire abusivo de revancha. Que “Nihil novum sub sole” / “Nada nuevo bajo el sol”.

El latido del tiempo sigue su ritmo. Compartimos el gusto por las frases suspendidas, la predilección por ciertos recortes de luz y la indiferencia ante cualquier exabrupto de otros camareros. Hay sólo algún rasgo femenino en algún lugar… allí, al fondo, en aquella pareja de la entrada.

Casticismos aparte, “por ser la Virgen de la Paloma”, creo que volver, aún volverán todos los errores que ya cometimos y seguiremos cometiendo. Volverán las nostalgias destituyentes que emborrachan a tantos adanistas, ¡oye!, bastantes ya peinan canas en la coleta mal anudada, aquilatando la lironda calva monda. Pero tras la reposición de nuestros errores, rancios y tradicionales, volverán también los éxitos consensuados de aquella santa Transición, ¿no?

Hoy que llevo la muda limpia, quiero colmar parte del tópico de la tozudez de cualquier chico de posguerra para admiración de mis nietos digitales: “Diego, el Tole”, “Toni, el chaval de La Habana”, “Marina, la pintora de Alicante”, “Pablo, Carlos y Sara, los mosqueteros de Val”.

Y empiezo a cruzar la gran extensión del Reina, ahora plaza Goitisolo, para atravesar Santa Isabel y enfilar el callejón del Hospital. Ajusto mi presión interna con un gesto rápido, acoplo la mascarilla a las orejas, enfoco bien mis gafas y… marchando, que es gerundio. Antes de desembarcar en Argumosa, veo la luz de la mañana proyectándose por las vidrieras del Museo, a través del marrón dorado de la montura de mis gafas.

Soy muy consciente de que cada habladuría de portera sobre mis acciones es la forma de hacerse sitio. ¡Con su pan se lo coman! “Yo hoy tengo que encontrar a Iván”. ¡Sí o sí! Ya llevo dos días. ¿En qué dirección? ¿Hacia dónde me lleve esta cuesta? ¿Hacia las profundidades de mi barrio? ¿Subir por Lavapiés o Avemaría hasta Magdalena? ¿O tirar por Tribulete?

Empiezo por Zurita; doy una pasada a Miguel Servet y Amparo.

La excitación de mi barrio es ahora una ráfaga de cautelas y extrañeza. Casi una historia de fantasmas. El temor se encuentra suspendido en la atmósfera de los balcones.

– Señor, soy el abuelo de Iván. – ¿Iván qué? – Iván Rodríguez Osorio.

– Tenga mi carnet de identidad.

Lo mira, lo remira, me mira y responde: – “No, no, aquí no”, y da un portazo.

Es el tercer narcopiso que visito “desde la puerta”, “por ser la Virgen de la Paloma”.

Me resulta difícil encarar este Lavapiés con el destello envejecido de mi infancia. ¡Ay, aquella posguerra –amable, ambigua e indecisa– un poco triste, pero acogedora!

Camino por Tribulete, parte de calle Atocha y León. Voy tomando nota con los ojos y descifrando en voz baja lo que dicen esos anuncios. Subo en ascensor al tercero. No hay portero. Vengo impulsado por una cólera que no es exactamente cólera, sino irritación por tanta crueldad, por tanto hijo de puta, convencido de ser un dios irremediable por voltear la vida de tantos muchachos ya enganchados.

Estoy ya en el tercer piso, a pie firme, apoyado en mi bastón.

Amigo Javier, mi fiereza alcanza en ocasiones un grado evangélico. Mi soledad es la trinchera necesaria para poder mirar hacia la puerta con el aparejo del sentimiento. “Paco, me han ofrecido de todo; he probado de todo y siempre me resultó insoportable, pero me gusta. No le debo nada a nadie. No le pido a nadie nada. No le importo nada a nadie”. – “A mí sí”, “me importaste desde pequeñajo, por eso estoy aquí contigo en el descampado del cajero de Bankia”. Soy consciente de que ofrecer algunos arañazos de Iván me pueden servir para redondear un párrafo. Pero qué gilipollez. Si estoy aquí, con mi cuerpo tunelado tantas veces por cateterismo, es para asimilar el ánimo devastado del ser humano.

Estepario y silencioso, aunque madrileño y bullebulle, prefiero desajustarme del mundo para ajustarme a mí mismo, para ajustarme al santo de mis nueve años, al que me cautivó por su corazón para combatir el descampado de esta perra vida, San Juan Bosco.

Sin otra opción, pulso el timbre. Espero.

Comprendo entonces que la realidad es también un puente a derribar.

Los escuadrones de las redes sociales me han indicado este lugar como preferente. El infierno puede estar a la vuelta de cualquier esquina, incluso esquinas de nuestros santos: San Cayetano, San Lorenzo, San Isidro Labrador, o Santa Isabel, Santa María Magdalena. Tan solo respiro y callo y espero, con el entusiasmo justo. En el repertorio de cualquier forma de opresión hay una elevada dosis de sucia perversión. Da igual quien lo promueva, quien lo incite, quien lo silencie y hasta quien lo sufra. ¡Pufff! La práctica es totalmente detestable.

Se me abre la puerta.

– ¿Desea, señor? –es una voz metálica desde un interfono.

Las dos palabras son dentelladas. Me ofendo sin exteriorizarlo.

– Señor, perdone, está aquí Iván Rodríguez. Soy su abuelo.

Se sigue un largo silencio.

Adquiere rango de máquina del tiempo y del Asombro palpable y real.

Podían romperse aquí las reglas de hierro del mundo de la droga, y quedaba constatado que nada era imposible.

Siento que alguien me observa desde algún sitio.

¿Quién me mandaría meterme en esta aventura?

Un portazo me arroja al descansillo.

Cierro ahora los ojos, fantaseo… sufro un inesperado colapso de sorpresa, unos erizamientos de la piel tan intensos que a causa del susto tengo que apoyarme con fuerza en el bastón, después en la pared para recuperar los ritmos vitales. ¡Qué rabia, oh, dioses del destino, de la vida, de la muerte, de las mafias, de las drogas!

Y “¡por ser la Virgen de la Paloma!” me paso por su iglesia, una de mis iglesias hasta que murió mi madre Nieves, y aquí también estuvo la frontera de un final. Quien descontaba minutos y días sobre mi cabeza era mi madre Nieves, que, aunque nació en Granada, vivió aquí de muchacha y aquí vivió, sin moverse, casi todas las vidas de su vida. Cuando ella partió no sólo empezaron a agonizar las paredes, los suelos, los muebles y las bombillas de nuestra casa, sino todas las casas del barrio, y las iglesias, y hasta las personas.

Lisas, endebles y hasta frágiles, de tan desnudas, encuentro las calles de Madrid estos días. Tan a escala humana Callao o la Puerta del Sol, tan quieto el Retiro y el Botánico o la misma Castellana.

Y con grave acento le digo, le rezo:

– Señora, ojo, ojo, a la pasión por la libertad de nuestro pueblo; ojo, ojo, Señora, al empeño científico y sanitario en favor de la vacuna por venir; ojo, Señora, de nuestros barrios, que veo a la ciencia avanzar con más entusiasmo que a las religiones en la pandemia. Por fortuna, claro, no necesitamos ahora más “bendición” que la científica. Lo “cruel”, lo “inhumano”, lo “estrafalario”, Señora, es poner zancadillas morales a la investigación en favor de no sé qué melodías de fes.

Miro con leve sonrisa desconcertada los rincones de la iglesia de las iglesias de los “kikos”, esos intrépidos. Sostengo que ante la Virgen de la Paloma, o de la Almudena, o de la Auxiliadora, uno debe ensimismarse y apartarse de los demás, eludirlos con mayor determinación cuánto más querida sea la devoción. Que es eso de convertir el templo en galpón de palabras, sonrisas, palmadas. Prosigo:

– “Por ser la Virgen de la Paloma”, échanos también una bendición “tuya”. Como los bomberos, a quienes proteges, cuando se trata de salvar gente no conviene entorpecer la ruta con supersticiones, recomendaciones, de tantos intrusos y catacaldos. Sumérgenos, Señora, con suavidad en la grandiosidad de nuestras tradiciones y del sueño inocente. Amén”.

Me vuelvo a casa, sin haber encontrado a Iván.

Escribo sólo con lo puesto.

No suena el organillo, ni bailan las manolas, ni pregonan los barquillos ni el “bombón helado”, ni radian los altavoces. Ni se acodan los vecinos en las ventanas a ver qué viento pasa. “Por orden de la autoridad competente se hace saber que, a fecha de hoy, la vida pasa a ser un parque de atracciones en casa propia y que habrá que pasarlo en grande en el propio domicilio”. El progreso es esto, se dice, ay, “por ser la Virgen de la Paloma”.

3 opiniones en ““Por ser la Virgen de la Paloma””

  1. Que relato más lindo, propio de la persona que lo escribe, D.Paco de Coro.
    Que generosidad y amor demuestras Paco, recorriendo las calles de Madrid para ayudar a Iván.
    DIOS TE BENDIGA.

  2. Mi insistente admiración, Paco quisiera dominar el ejercicio de la escritura una «mijinina» (palabra extremeña) como lo haces tú, a fuer de repetirme, para mí eres el maestro del relato corto, si me lo permites.
    Una gozada poder leer y releer tus artículos a la espera de poder impregnarme de algo de tu sabiduría.
    Felicidades, enhorabuena y gracias por hacerme pasar un agradable rato con la lectura de tus relatos, ¡Ah y Viva la Virgen de la Paloma!
    Un fuerte abrazo, floren…

  3. Bueno, Paco. Emotivo relato y frases que rascan una mueca de sonrisa en mi boca. Lo de «túneladoras en tus venas»como siempre ingenioso. Siempre lo busco en tus escritos algo que me provoque dentro de lo emotivo, desolador, triste, esperanzado, alegre, esa chispa que motiva esa sonrisa que cambia con sabiduría el desarrollo emocional del relato. Genio y figura, viejoven profesor.

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