Por una ética de la razón responsable

A finales del siglo XX, Adela Cortina reflexionaba sobre las éticas mínimas como éticas de consenso en sociedades plurales que permitieran la convivencia e hicieran sostenibles y llevaderas las relaciones humanas. Eran tiempos de una moral autónoma que había dejado atrás, parece que definitivamente, el consenso de la modernidad.

En el año 2007 la profesora de ética y filosofía política de la Universidad de Valencia publicaba una espléndida obra titulada “Ética de la razón cordial. Educar en la ciudadanía en el siglo XXI”. En pocas palabras, en las sociedades complejas del siglo XXI, la compasión por los débiles, propone Cortina, es la “virtud” que debe convertirse en el eje de una nueva ética de la ciudadanía fundamentada, según la expresión pascaliana, en las razones del corazón.

Algunos años más tarde, en tiempos de la COVID-19, bien podríamos hablar de la necesidad de una ética de la razón responsable para una ciudadanía que ha de aprender a vivir con la pandemia. Y esto, sobre todo, cuando la reducción del riesgo no puede – por el momento – ser total. Apelar al consenso sobre la responsabilidad es ineludible. La libertad personal se topa de bruces con la responsabilidad cuando caemos en la cuenta de que no hay mayor compromiso ciudadano que limitar la propia libertad para evitar ser foco de contagio. Así, la ética “mínima” que hoy nos permita hacer sostenible la convivencia pasa por asumir responsablemente que no puedo entender la libertad como me da la gana. Llevar siempre mascarilla, tener precauciones con el lavado de manos, no permitir reuniones masivas, no participar de aglomeraciones, airear los ambientes, no compartir comida o bebida, quedarse en casa si tengo algún síntoma o estoy enfermo, se convierten en imperativos éticos en estos tiempos pandémicos para una convivencia sostenible.

No es opcional. Kant formulaba su imperativo categórico en la “Crítica de la razón práctica” diciendo: “obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio”. Tratar a los demás, como queremos que ellos nos traten, dice la ética cristiana. La ética de la responsabilidad nos tiene que conducir, como ciudadanos y en tiempos de pandemia, a tratar a los demás con un respeto tal que me obligue a mí mismo a salvaguardar cualquier situación que pueda poner en riesgo al otro. Una máxima válida universalmente, se hace acuciante en este momento en el que, en medio de una crisis sin precedentes, hemos de apelar a la ética personal como la mejor vacuna contra un virus letal.

¿Aprenderemos de la crisis? Espero que si. Habremos de ser más humildes y compasivos, más atentos al otro, más bondadosos con todos. Será necesaria una mirada más auténtica sobre la realidad y sobre las personas estimando al otro sin prejuicios ni etiquetas. Tendremos que buscar caminos de encuentro, más allá de la distancia social, para encontrar cobijo en la palabra cálida, la mirada buena y el gesto amable. La ética de la responsabilidad, como la ética de la razón cordial, pueden mostrarnos algunos caminos hacia una verdadera antropología de la convivencia humana para tiempos pospandémicos. Una ética mínima para la supervivencia.

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