¡Que se te paralice la mano derecha si…!

¡Que se te paralice la mano derecha si Dios existe!

            ¡No se te paraliza a la una! ¡No se te paraliza a las dos! ¡No se te paraliza a las tres…! ¡Luego Dios no existe!

            Corría el año 1869.

            La inteligencia universal del país ha llevado a las Cortes Constituyentes al diputado ampurdanés Suñer y Capdevila. Don Francisco no sólo es ingenioso por sí mismo, sino que también es la causa de que tengan ingenio los demás. En el circo del asombro provoca alelamiento la provocación del portavoz del partido republicano: “Abajo Dios, -clama mortificante- muera la tisis!”.

-¡Señoría, -advierte Nicolás Rivero, presidente del Congreso, la Ana Pastor del momento- ni su Señoría, ni yo, ni nadie, tiene el derecho de nombrar a Dios en vano en esta Cámara!.

-¡Señoría, -grita con asombro Capdevila- a través del pasado, otros nos trajeron aquí, pero no somos el pasado!

-Cierto, Señoría –avanza Rivero- no somos lo que fuimos, sino lo que somos.

            Envalentonado Suñer, por las últimas palabras, comienza de forma teatral- muy del gusto de la época- a adelantar su brazo derecho en ángulo obtuso frente a la Cámara. Imparable y directo, exclama sin pudor alguno:

-¡Que se me paralice la mano derecha si Dios existe…!

            Un silencio sepulcral acapara la atención de todos los diputados presentes.

-Protesto, Señoría -chilla mortificado el diputado Manterola, canónigo de Vitoria y portavoz de los unionistas vascos.

            Impávido y vegetal, Suñer prosigue:

-¡No se me paraliza, a la una. No se me paraliza, a las dos. No se me paraliza, a las tres; luego Dios no existe!

            Risas y aplausos en la bancada republicana. Suñer es amigo del poder, pero le teme como se teme el rugido del cachorro de un león. Y acierta, porque los amigos de golfería parlamentaria lo desprecian públicamente cuando lo coronan en la escalinata de la Carrera de San Jerónimo.

            Por su parte, el rostro de Pi y Margall, el republicano más digno de toda nuestra historia, permanece serio y severo, ante el estúpido ajetreo de Suñer.

            Salmerón, Figueras, Castelar, ponderados republicanos también, violentan la mirada de Suñer, para enfrentarse, sin paliativos, con su fragilidad esencial. “Que el diputado ampurdanés fuera hazmerreir de puerta ajena, allá él; pero que representara la dignidad republicana era ya otra cosa”.

            El aburrimiento de los caciques de provincia de aquel 1869 se había transformado en una feroz fuerza disolvente.

            Suñer da un paso más y convierte la Cámara en una Academia teológica y señor del desorden impone su ritmo equivocado, pero imprescindible, para demostrar que está vivo.

            Suñer, primero en ser libre y último en ser dominado, avanza:

-Yo desearía que los españoles no profesaran ninguna religión.

Y sintiéndose, además, propagandista de esta idea:

-Tened en cuenta que no puedo renunciar a esa propaganda, que de ninguna manera puedo yo faltar a la viva fuerza que siento en mi, que me arrastra a favor de la buena nueva.

            Terne en su opción, Suñer el 26 de abril de 1869 con audacia rayana en la blasfemia esgrime:

-Y ese Jesús, el de los Evangelios, Señorías, no es el único hijo de María, sino tan sólo el primogénito. De donde esa Purísima Concepción, tuvo además otros muchos hijos.

-Ruego a su Señoría –clama Rivero- que no hable de cuestiones teológicas ni religiosas. Limítese a las políticas y al carácter que la religión católica debe tener en España.

-He aquí la buena nueva: la patraña de la Purísima…

-Señoría, Señoría… le retiro la palabra.

            Considerando la intervención del presidente como una humillación para Suñer y Capdevila y un atentado a la libertad de expresarse en las Cortes, todos los diputados republicanos abandonan el hemiciclo en señal de disconformidad y protesta. ¿Les suena?

            Lo que me sorprende es que les extrañara la posibilidad de que esto pudiera caer como cae el toldo de lona de un circo sobre los alegres espectadores.

            Y la España sentida y popular, diligente y tirabuzona, enloquece por sus devociones marianas atacadas y prueba su bravura pisando la cabeza de las serpientes blasfemas, convencida de que no puede gobernar España quien zarandee sus tradiciones milenarias.

            Y así, y así, durante 50 años, amigo Javier, he venido repitiendo en mis homilías el día de la Purísima, en Roma, Borgo Podgora, Castelsardo, Vitoria y Álava, Madrid, Guadalajara, Parla, Donostia o Azkoitia… conectando con todo tipo de colectivos… de forma irregular y práctica según se mire.

            El hecho es que ese título solemne de Inmaculada Concepción de la Virgen María, que nuestro pueblo resumió de una vez y para siempre en la palabra Purísima, abarca una historia larga, gloriosa, plena de azares, promesas, voto, luchas, confesiones, dudas, gozos, sombras y lumbres de corazón. Una historia que “acaba” el 8 de diciembre de 1854 cuando Pío IX define solemnemente el dogma de la Concepción Inmaculada. Precisamente ese año la Señora se aparece a Bernadette Soubirous definiéndose como: “Yo soy la Inmaculada Concepción” y no por casualidad Santo Domingo Savio funda en el Oratorio de Don Bosco en Turín un grupo de muchachos intrépidos en defensa de sus referencias, llamado Compañía de la Inmaculada.

            La definición papal destaca que nuestro buen Dios, su Hijo, podía engendrarla sin pecado, era decoroso hacerlo, luego lo hizo (potuit, decuit, ergo fecit). Y este había sido y sigue siendo el común sentir del pueblo católico. Pero ni vengo a contar historias ni a cantar glorias, sino a manifestar cuánta falta nos hace a todos la limpieza total, la Purísima Concepción de María.

            Hay una mística de la debilidad. Que si Santa Teresa, que si San Juan de la Cruz, consecuencia los dos de la mística agustiniana, pero necesitamos una mística de la fortaleza. Hay una mística de la perfección divina, pero necesitamos una mística de, al menos, “una-una-una” perfección humana. Que alguien de entre nosotros, sin abandonar la tribu, sea, como hermosamente decía Peguy, “carnal y pura”, al mismo tiempo, tan pura como carnal, tan limpia como verdadera, tan real como maravillosa.

            Y al llegar aquí, amigo Javier, mirando al auditorio, comenzaba a adelantar mi brazo derecho en ángulo obtuso frente a los fieles para exclamar rotundo y redondo: “¡Que se me paralice la mano derecha si María no es Inmaculada! ¡Que se me paralice la mano derecha si Dios no existe! ¡No se me paraliza a la una! ¡No se me paraliza a las dos! ¡No se me paraliza a las tres…! Luego María es Purísima Concepción. Luego Dios existe”. Y aquí venía a finalizar.

            En Cerdeña decían: “Perbacco, con lo spagnolo” (Caramba, con el español). Sólo en Nulvi y en Perfugas aplaudían. En Álava: “Claro, viene de Roma”. En Zuazo, tímidos intentos de aplaudir por parte de los seminaristas, desplazados por los ojos inquisitoriales de los formadores. En Guadalajara: “Es que es doctor en Historia, bastante rojo por cierto” y sólo aplaudían las monjas del P. Amigó en mis misas de la Clínica de la Antigua de la que fui capellán cinco años, menos cuando venía don Blas Piñar a visitar a su hija enferma. En Madrid, entre los míos: “Una cosa es predicar y otra es dar trigo”. En el País Vasco: “Paco es de los nuestros” y sólo en Rentería en la parroquia de San Agustín aplaudían, porque el bueno del obispo don Jacinto Argaya iniciaba los aplausos y, en fin, sólo en Salesianos Fuenlabrada y en Salesianos Parla aplaudían a rabiar y hasta zarandeaban los bancos, porque por detrás estaban sus párrocos: el bueno de Alfredo Martín y el bueno de Javier Zapata respectivamente.

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