¿QUIÉN EMPEZÓ A LLAMAR A DIOS, DIOS?

Llevo en este último tiempo clavadas en mi reflexión las palabras del pastor protestante D. Bonhoeffer, cuando dijo aquello de: “¿Quién empezó a llamar a Dios, Dios?”. Y creo que la pregunta es interesante porque nos sitúa de lleno en el ámbito humano, porque si alguien llamó a Dios, Dios, fue el ser humano (fuera quien fuera).

Las religiones orientales nos hablan desde un inicio que comienza en la respiración. La experiencia de Dios se hace desde el aprender a respirar que, además, es un acto ligado a la vida, porque inhalamos espíritu y exhalamos vida, cuando devolvemos ese proceso de interioridad y de experiencia para enriquecer a los demás. Y porque cuando más cerca estamos de la vida, más cerca estamos de Dios.

Todos, creo, nos podríamos identificar con esta experiencia oriental, que es contemplativa y abierta al Misterio. Es una forma de adecuarnos a la realidad de Dios sin la necesidad de llamarlo Dios, porque este dador de vida no tiene porqué estar ligado a ningún nombre. Nuestra relación espiritual está en apertura y en crecimiento y cuando se libera del nombre, se libera también de las limitaciones del intelecto humano.

La pregunta no es “¿quién empezó a llamar a Dios, Dios?”, sino “¿quién comenzó a llamarnos a nosotros (a la humanidad, o a la creación)?

La experiencia con el Trascendente, con lo trascendente, nos llega desde la experiencia misma de la vida, que se abre a la contemplación de los tesoros que nos son dados por pura gracia, para que podamos vivir. La experiencia con lo que trasciende, al contrario, no se hace con el intelecto, porque no se puede encorsetar lo incomprensible.

Cuando hablamos de la locura del Evangelio lo hacemos desde la certeza de que aquellas vivencias verdaderamente eran inclasificables. La experiencia del Misterio Pascual de Cristo sigue siendo en nuestros días esa misma experiencia de sobrepasamiento a la que llegamos desde una fe heredada y un Encuentro gratuito de aquel que nos llama. Y no de aquel al que llamamos nosotros.

Cuando nos crecemos, cuando nos vestimos de académicos, cuando más sabemos, vivimos en aquello que Bonhoeffer llamó: “la gracia barata, enemigo mortal de la iglesia”. La gracia sin discipulado, la gracia sin Jesucristo, vivo y encarnado.

Dejemos de tratar de poner nombres, aspectos, guías o métodos para la experiencia espiritual. Dejemos de llamar a Dios, Dios, y oigamos cómo Aquel que nos llama, nos llama a nosotros.

Albert Marín

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