¿Quién nos ha robado el mes de abril?

Hace unos años, Joaquín Sabina nos explicaba cómo a una serie de personajes les habían «robado el mes de abril».

Este año un “cuasi-bicho”, nos ha robado mucho más. A unos, directamente, la vida; a muchísimos más, la salud, la alegría, la forma cotidiana de vivir. El virus ha retrasado o eliminado proyectos, iniciativas, encuentros, viajes…  Esperemos que algunos de ellos hayan quedado en la cartera para poder recuperarlos en el futuro.

De alguna forma es como si hoy fuera el día 198 del mes de marzo. Ni el mes de abril ni los sucesivos. Y, a pesar de todo, ha tocado reemprender la vida, las actividades económicas, las sociales y también en las escuelas y otros centros de estudio. Con restricciones, con nuevos comportamientos y protocolos, pero toca seguir.

Permitidme una reflexión sobre las escuelas. Los educadores han pasado muchos días pensando cómo organizar este curso raro que se nos presenta; nadie tiene ni idea de cómo acabará ni si habrá interrupciones o no, lo mismo que en tantas otras cosas de esta “nueva anormalidad”, porque me niego a aceptar que esto sea normal: no poder ver la cara de las personas, no podernos abrazar, darnos un beso o un «mimito», ni siquiera una palmadita en la espalda no es normal en absoluto. Esto es lo que nos espera durante unos cuantos meses. Hasta que haya vacunas o el virus se canse de incordiar.

Sin embargo, nuestros niños y jóvenes tienen derecho a que les ayudemos a crecer, a entender el complicado mundo en el que vivimos. Y nuestros mayores tienen derecho a sentirse queridos y apoyados, aunque haya días que sólo podamos hacerlo hablando con ellos por teléfono.

Estamos, pues, inmersos en una aventura difícil, emocionante y sin final cierto en la que cada uno de nosotros ha de asumir su responsabilidad para que esto siga adelante. Sólo el esfuerzo de todos lo hará posible. No podemos ni rendirnos ni bajar del barco. Pienso que lo que he escrito hasta ahora es fácilmente compartible por la inmensa mayoría.

Cuentan los evangelios que una noche los discípulos de Jesús atravesaban el lago de Galilea en medio de una tormenta; cuentan que tuvieron mucho miedo, que pensaban que iban a naufragar. Y narran que, en un momento determinado, Jesús se les presentó y les dijo: «no tengáis miedo, yo estoy con vosotros».  Y esto, los cristianos lo seguimos afirmando.

Aquí está nuestro reto: trabajemos, pues, todos con ilusión y esperanza, cumpliendo cada uno en lo que nos toque hacer. No será fácil; pero si salimos adelante (¡y saldremos!) después podremos decir que ha valido la pena el esfuerzo.

Con cariño, a todos mis amigos: «FELIZ NUEVO CURSO».

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