Quiero morir al sol, como mi madre

Estaba escribiendo en mi mente: sobre cuando mi madre se marchó, se mató, se desnucó. Tenía que suceder, más pronto o más tarde, y el día en que ocurrió todos fueron capaces de hacer los gestos necesarios, sugeridos por la educación y comprobados durante décadas de costumbre y composturas.

            Me llamaron por teléfono.

            Me prohibieron las preguntas.

            No les gustaba permitirse sentimentalismos.

            Cuando la vieron muerta en el quirófano de la calle Santa Isabel, nadie había sido capaz de decir porqué, cómo, cuándo: pero el retraso del hijo mayor en acudir al depósito de cadáveres había vuelto incapaces a todos de preguntarse sobre la relación madre-hijo, por regla general, una salida y una llegada, una intención y una conducta.

            Una intención y una llegada, amigo Javier.

            Así es que miraron llegar, como en el fondo, me habían visto partir para el noviciado de los salesianos en Mohernando (Guadalajara): ignorantes de todo, sabedores de todo. Era el 12 de diciembre de 1957.

-Es mejor que las madres, chica, nos muramos antes que nuestros hijos y les dejemos huérfanos y pronto –cuanto antes mejor–, así se acuerdan de nosotros toda la vida.

-¡Jesús, Lorenza, que egoísta que eres!

-Que a Quien Dios se la dé, Julia, San Pedro se la bendiga!

-¿Los hijos que esperan de nosotros, eh?

-Pues que les ayudemos a engañarse, mujer.

-¡Así se engañan ellos solos, chica!

            Y así y así andaban cuando llegué.

            Entrando en la morgue me quedé sin voz. Nunca había padecido una afonía semejante y tan repentina. Desde muy pequeño había oído hablar de algunos casos de transmigración transatlántica de voces. También leyendo las obras de Julio Verne, creo. No sé.

            ¿Y cómo viajaban las voces?

            Por descontado en primera clase, como viajaban las compañías de ópera, y en la cama de las sopranos, o de los barítonos, decía mi abuela Mamá Nona, con un tono científico claro, a lo Don Andrés Manjón, a quien no solo conoció y hospedó en su casa de Granada, sino a cuyas Escuelas del Ave María llevó a mi madre.

-¿Se puede robar una voz, abuela?

-Se puede robar todo, hijo.

            Me acordé entonces de San Juan Bosco que, cuando padecía ronquera, los chicos del Oratorio se le rifaban y le intercambiaban su voz por un rato, para que pudiera emitir su homilía, o pronunciar su discurso o impartir sus clases. Si el santo se llevaba la voz de sus chicos, quizás, podamos pensar, que él les dejaba la suya. Pues no, no. Los chavales se quedaban afónicos mientras duraba la magia, el encantamiento. Eran, claro, los trabajos limpios y netos del mejor prestidigitador del Piamonte, en la Italia del Risorgimento: el mago Boscopop.

            Fui, pues, a ubicar mis 16 años en el lugar que me pareció más apropiado y menos ilógico: a los pies del quirófano. Podrá parecer ahora sorprendente el resultado de semejante operación mental, pero hay que recordar que aquel chico –entonces con 16 años-, ni por un momento ha dejado de aprender -hoy con 78 “aún aprendo”, con Goya-, mientras habitaba ya en el mundo concreto de una familia rota, por la yugular.

            Así es que desde entonces y ahora sabía y sé que no existen muchos destinos para los hombres, sino una única historia, y que el único gesto exacto es la repetición. No es un oficio ni un aprendizaje ni una rutina. Es una vocación, es un hechizo, es un sentimiento, es un destino… y se cumple “solo y a pie”. Es talento, es providencia. Gracias, Dios.

            Visualizo a mi madre, cronista de mis 16 primeros años, dedicándole una mirada breve y honda, llena de dolor y de ilusionada incertidumbre por todo ese futuro en blanco que me esperaba. A sus pies yertos, yo, pletórico de vida implacable, junto a mi “primo Ninín”, corría hacia mi aventura, alcoholizada en la oscuridad del depósito de cadáveres de la calle Santa Isabel. ¿No será la memoria una novela?

            Entonces, amigo Javier, me acerqué a la cabeza del quirófano. Miré. La palidez del rostro de mi madre era tremenda y desprovistos de cualquier miramiento los sobresaltos de mi pecho. Reuní todas las energías de las que todavía pudiera disponer y pronuncié con un arranque de franqueza:

-Cuando yo muera, lo haré a la luz del sol, como mi madre, aunque sea desnucándome.

            Intuitivamente lo comprendí todo.

            Así re repente. Levanté la mirada hacia los ventanales del sótano que dan a la calle de Atocha. Por detrás de los barrotes con persianas entornadas no se filtraba nada más que oscuridad. Me volví para comprobar qué hora era en el reloj de péndulo que medía el tiempo de los muertos.

            No sabía si había llegado ya el amanecer. Pero me di cuenta de que teníamos por delante alguna hora más para expulsar esas lágrimas reprimidas. Mi primo “Ninín” se marchó al trabajo, al llegar mi tía Lucía Bustos y decidí observar y desear. Es más gratificante el deseo, que la satisfacción del deseo.

            Y con rapidez pasé revista a las posibles decisiones que realizar. Elegí una que tenía el defecto de ser arriesgada y la gran ventaja de ser inevitable. Dejé “la morgue”, salí a un pasillo, entré en un cuartito donde los enfermeros y médicos guardaban los enseres de los fallecidos, abrí el cajón que le estaba reservado a mi madre y cogí su carnet de identidad –un regalo que fue para mí inmensamente valioso- y apretándole en mi mano regresé junto a mi madre muerta. Me acerqué al quirófano, me quité la capa y me senté sobre un taburete.

            Guardé el carnet de mi madre junto al mío en mi cartera, que permaneció así durante más de cincuenta años (54 en concreto). Me lo robó un drogatilla en Fuenlabrada a punta de navaja, oficiando de párroco en lugar de Alfredo Martín.

            Papá mecánico (Román) y mamá maestra (Nieves) muerta. Un matrimonio que acababa de saltar por los aires en 1957 estableciendo ya el primer daño irreparable de mi biografía. A los 8 años comencé a armar relatos con materiales propios: fantasías de bosques misteriosos, atardeceres improbables, albas lúcidas y refrescantes, viajes que me embalaban hacia latitudes inéditas, no sé por qué, siempre en barco. Un cobijo, en fin, contra la tormenta para aquella niñez de posguerra que tenía ya algo de fracaso. No sé. A mi padre no le gustaban nada los relatos con el mismo ardor con que yo los sentía y quizá necesitaba.

            Y todo se aceleró estrepitosamente aquel 12 de diciembre.

            La madrugada, los tranvías, los autobuses, los ruidos. Volví a remontarme con la mente hasta una determinada imagen, la de Nieves, mi madre, que aferraba en una mano, pocos años atrás, ese carnet de identidad en la ventanilla de empeños del Monte de Piedad, hoy La Casa Encendida, mientras con la otra me acariciaba el pelo y hablándome en voz baja, como si estuviera viva, me decía: “¡Que papá no se entere!”. Yo creo que papá sabía con certeza lo que mamá hacía y lo sufría en silencio.

            Mi tía Lucía se percató de mi cansancio y me invitó a salir. Volví mi rostro hacia las ventanas de Calle Atocha y permanecí con los ojos completamente abiertos, ante aquella luz escurridiza y penetrante, asombrado. Y salí a calle Santa Isabel. Cogí la libertad por el rabo y me eché a andar por el barrio con una estela de repetición, dotado de hermosas torturas mentales. Repetir, repetir. He ahí la única historia, la única vocación, el único destino. Acababa de atravesar la claraboya definitiva del hogar con la muerte de mi madre para alistarme en la tropa millonaria de aquel relente de aulladores. Fue el 12 de diciembre de 1952.

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