Resurrecciones

Hace una semana vivíamos y celebrábamos los cristianos la fiesta más grande de nuestro calendario litúrgico: la resurrección de Jesús. Tan grande es, que en este hecho se basa nuestra fe, “porque si no hubiera resucitado vana sería nuestra fe y seríamos los más ilusos de los hombres”, que dice San Pablo. Esta experiencia debería darnos una visión de la realidad más optimista que la que muchas veces tenemos. Es cierto que la realidad que vivimos es, muchas veces, poco agradable y estimulante, pero la fe nos da unas gafas para verla de manera que seamos capaces de ver lo bueno y positivo que siempre hay en la vida: “para los que aman a Dios, todo les sirve para bien”.

Hace un par de semanas éramos testigos de otra nueva resurrección anual, la resurrección de la naturaleza con la primavera. Después del invierno en que todo parecía muerto, ha vuelto a renacer la vida: los árboles empiezan a brotar las hojas, vuelven los pájaros con sus trinos, las flores… Creo que esta nueva resurrección es una invitación a disfrutar de la naturaleza saliendo al campo y recorriéndolo pausadamente, paladeándolo, escuchando los trinos de los pájaros, disfrutando de sus idas y venidas para preparar sus nidos y generar nuevas vidas. La vida en la ciudad nos deja también la oportunidad de poder hacerlo con los árboles, no muchos por desgracia, y los cantos de los pájaros muchas veces tapados por el ruido de los coches. La prisa es mala compañera. Vamos corriendo a todas partes y no somos capaces de disfrutar de todas las cosas buenas que hay a nuestro alrededor. Esto disminuye nuestra calidad de vida y produce un gran cansancio físico y psicológico que hace que no podamos recordar nada, ni hablar de nada, ni compartir nada. Este ahogo físico se traduce también en un ahogo espiritual, desconectándonos de uno mismo, de lo que somos, de lo que nos gusta, de lo que  es realmente bueno y positivo para nuestro espíritu. La oración suele desaparecer y se reducen o no existen las conversaciones profundas y pausadas con las personas queridas, o, simplemente, un espacio para el silencio activo que nos permita el reencuentro con nosotros mismos y cargar de nuevo las pilas.

Vivir la resurrección del Señor Jesús y de la naturaleza con la primavera, nos devuelve lo mejor de nosotros mismos: la esperanza. Nos invita también a revisar la vida y ver lo que se puede cambiar, alguna actitud para plantar  cara a la maldita prisa: al llegar a casa buscar algún rato para uno, no estar pendiente del móvil, dejarlo a un lado. Antes de acostarnos sacar algún rato para conversar con la familia y no cerrar el día sin dar gracias a Dios por algo bueno, pequeño o grande, que nos haya sucedido en el día.

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