Rómulo Piñol, el catalán que triunfó en Madrid

Monserrat Caballé, la leyenda imparable.

            Nadie, nadie ha interpretado (y nadie ha vuelto a interpretar) la ópera como esta dama que se ahonda cuanto más sufre. Vertiginosa y herida, ha pasado todas las décadas nuestras de los ochenta, los noventa y hasta hoy, entre la purpurina de la admiración y el oro “del canto”.

            Nuria Espert, la diosa de la interpretación.

            Nunca antes una artista ha prendido fuego en tanto coraje, magia en tanta entrega. Su rebeldía, hasta lorquiana, está todavía en el punto más fuerte de su combustión. Su vida en el momento más intenso de su resistencia.

            Amigo Javier, hace años la pude ver, en vivo y en directo, en YERMA, por invitación de mi buen amigo el historiador salesiano Ramón Alberdi, aquí en Madrid.

            El desván emocional de las dos catalanas se les asienta en las mucosas de su subconsciente y de su voz, para inundar a sus auditorios que les escuchan como una revelación.

            Dos catalanas que triunfaron en Madrid.

            Josep Plá, el culto indomable.

            Humanista universal por catalán humanista.

            La palabra y un creciente instinto de libertad, como añadido chamánico de sus deseos, Plá reparte en sus libros El cuaderno gris o La vida amarga conquistas de humanismo. Plá y Casadevall es una llave maestra para el alunizaje perfecto en Barcelona.

            Antonio Gaudí, el padre del modernismo catalán.

            Está ya en el eje del mundo y desplegando su magia de artista y arquitecto católico. Con él las vanguardias pueden levantar su vuelo sin esquinas. Junto al inacabado templo de la Sagrada Familia de Barcelona que le voltea el ansia, sus infinitas ansias de todo, se instala ya en el centro del modernismo. ¿Borra cualquier rastro de su pasado? No. Nunca. Jamás. Lo aquilata. ¿Su pertenencia a la Masonería? ¿Su inclinación a ciertos surrealismos? Lo aquilatan.

            Dos catalanes que triunfaron en Madrid.

            Teresa Rodón Asensio, la fundadora de las Franciscanas de Nuestra Señora del Buen Consejo.

            Más allá de su dulce oficio de ser una “huérfana”, crecía en ella el incalculable afán redentorista de fiarse sólo de la necesidad del prójimo. Le atraía lo sobrenatural y manifestaba una suerte de cualidades que ensancharon aún más su donación a las mujeres encarceladas, a las chicas de la calle y hasta a los soldados heridos y vueltos a España de las guerras coloniales.

            Amigo Javier, logré dar la vuelta a su biografía oficial, partiendo por “casualidad” de documentos de primera mano encontrados en el Archivo diocesano de Barcelona y aposté por contornearla como una protagonista vitamínica de nuestro siglo XIX en España, en tres biografías, una en la BAC (584 págs.), otra en “San Pablo” de divulgación y, en fin, un corto folleto en Vida Nueva, además de introducirla en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia.

            María Gay y Tibau, la fundadora de las Hermanas de San José de Gerona.

            Ni perdió la memoria ni los motivos para fundar, pese a las circunstancias. Tenía en torno a sesenta y tantos años y muchas vidas gastadas por dentro cuando inicia sus trabajos por los enfermos de Gerona y después del mundo entero, a través de sus discípulas.

            Las he conocido, Javier, en nuestra parroquia de Parla como responsables de la pastoral de enfermos. Mujeres todas libres, valientes, entregadas. Puede. No sé, que no lleguen a entender que pertenecen a la insólita raza de esos seres de los que no importa tanto el origen de su vuelo como el porqué de su impulso.

            Dos catalanas que triunfaron en Madrid y cómo y de qué manera.

            Y, Rómulo Piñol y Aresté, el salesiano catalán que triunfó en Madrid. No menos que Monserrat Caballé ni menos que Nuria Espert.

            “Don Rómulo”, el salesiano fundador –sencillo, sincero, embarrado– es el roble firme frente al viento y la borrasca del tiempo, desde 1947 hasta nuestros días, la ceniza que convierte en llama cada paso de esta Obra de Don Bosco en Vicálvaro. No se ven sus raíces, pues crecen bajo tierra. Pero ahí, ahí están, entre la alegría, la fragilidad, la pobreza y la roña de los solares y calviteros de la carretera de Aragón, la luz de los cielos de nuestras sierras y manantiales (que inmortalizó nuestro Velázquez) y hasta de la mar abierta en la posguerra, allá, allá, en el Mediterráneo, a través de la estación Puerta de Atocha, no en vano bautizada desde el principio de “Madrid-Alicante-Zaragoza”. Desde ella los madrileños nos figurábamos Alicante y el mar y Zaragoza con su Pilarica.

            Rómulo Piñol y Aresté, el salesiano catalán que triunfó en Madrid no menos que Josep Plá y Antonio Gaudí.

            “Don Rómulo”, el salesiano “oratoriano”, catalán y universal, icono de libertad vital, religiosa y social. Adoptó el español como lengua y todas las “germanías” de Lavapiés, La Latina o Inclusa y de sus calles como amparo. Fino y arruinado, excesivo y hasta bohemio, convirtió su vida en una obra de arte imperecedera. Olvidado, su aventura merecía un nuevo rescate y distinto.

            Por de pronto, amigo Javier, recordarte que cuando salíamos del Oratorio o de Atocha o de Vicálvaro… seguíamos oyéndolo, viéndolo, sintiéndolo, y aquel ruido se nos temía y alojaba en el oído y allí estaba durante una semana, o un mes y aún hoy –con 78 años– se reaviva y quiere volver, como el latido de una antigua sorpresa.

            Rómulo Piñol y Aresté, el maestro de innumerables discípulos.

            Aquel Madrid de la posguerra donde los sueños aún eran inciertos y posible, muy posible, su herida, “Don Rómulo” funciona con el ritmo temerario de un profeta. Mascarón de proa, con mucho de insólito y de fe total en Dios, se sumerge en el desarraigo de las clases populares con algo de rayo fulminador. Lleva la cara de un rubicundo sano. El pelo disparatado preanunciaba calvicie temprana, sotana de cura católico de una pieza y teja/bonete de duende de las mansardas de nuestra Plaza Mayor.

            Rómulo Piñol y Aresté, el catalán que triunfó en Madrid. No menos que la Caballé o la Espert. No menos que el Plá o el Gaudí, no menos que la Asensio o la Gay Tibau. Preso de un mantra propio: “Después de los chiquillos del arrabal, solo Dios”, porque a él “solo Dios lo detendrá”.

1 opinión en “Rómulo Piñol, el catalán que triunfó en Madrid”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.