¡Sal de tu cabeza!

Pufff.

A quien juzgue mis caminos / le presto yo mis zapatos” (por cierto, sólo tengo un par de zapatos: unos que uso hasta de babuchas en casa y otros para ir al Retiro todos los días. “Basta y sobra”, diría mi padre Román).

Amigo Javier, en el tema de hoy me gustaría fijarme en mis interlocutores como exigiendo una inmediata aquiescencia a cualquiera de mis dichos que ofrezco con delectación de tribuno. Mira, el café –que tengo prohibido por los problemas coronarios, pero que yo me salto– me sirve de soporte simultáneo para que no disminuya la fogosidad expositiva de hechos, netos y rotundos, y hasta de conjeturas, mientras el silencio permanecía agazapado en un lugar que no era el que habitualmente ocupaba.

El silencio.

Tengo que romper ese silencio con palabras. Tengo que procurar que la memoria no me intercepte la dura concatenación de los hechos. De unos hechos reales sí, pero que podían ser ficticios, que eso da igual a la hora de la muerte.

Todo era presente el 21 de marzo de 2020, sábado, todo era inmediato, quizá todo era demasiado inmediato para que sólo fuera presente.

Me levanto sobre las 7 de la mañana. Bajo a la cocina. Caliento un vaso de leche desnatada. Me lo tomo sin gusto alguno después del escitalopram contra los vértigos. No puedo con mi alma. No puedo más. Parece que he ido perdiendo la capacidad de resistencia y sólo me queda un penoso instinto de conservación, tirándome de nuevo en la cama. Así, tirándome como una forma irresoluta de solventar la supervivencia a mi manera.

Yo creo que llevo así cinco o seis días. Dolores abdominales, diarreas, congestión nasal, ninguna gana de comer. Todo me sabe mal, malestar de garganta, lengua y gusto estragado, toses constantes, ¿fiebre? No, nunca, nada. No sé. Acaso es una debilidad acomodaticia, un acobardamiento contra el que ya no vale la pena luchar, acaso por eso me refugio en mí mismo. (Veo llamadas perdidas que no tengo el humor de responder: Fernando, Zapata, Rebollo, Álex, Vicente, María, Toni, Valle, Val…). En mi singularidad y en la singularidad del momento sólo me apetece el hospitalario contrapeso de Dios. Sólo ahí se puede estabilizar la inequívoca excelencia del ser de un hombre vitalista, hasta osado y a la vez amilanado que se dejó adular alguna vez, ¡qué idiota! Por los peores de sus correligionarios.

“¡Dios, Dios, me quiero morir!”, repito una y otra vez.

Cuánto abismo vital entre este suspiro y el que me enseñó mi madre “¡ay, Dios mío!” para momentos esenciales, que te sacan del alma las verdades más hondas y escondidas, y que de pronto te dicen más de ti mismo y del mundo que todos los libros y la sabiduría de los maestros.

Tirado en la cama me veo sumergido en un confuso aluvión de revisiones, mezcladas con chispas altamente contagiosas de dolor, malestar y desesperanza. Ahora que reparo, ocupado en esta gimnasia imaginativa, no he invocado al bueno de “Don Andrés Jiménez”. Bueno, no pasa nada, yo invoco a “Don Andrés” para vivir, y yo lo que quiero es morirme y ya.

Oye, Javier, el enfrentamiento con la propia experiencia personal resulta tenaz e inevitable, cuando quieres morirte, cuando pides morirte y se lo pides a Dios, a quien le debes la vida. No quiero esperanzas vanas. La esperanza ofusca la observación.

Un golpe en la puerta y una entrada de repente: Txetxu Villota y Fernando Ruiz Grande, el médico. La condición y cualidades de las personas vienen pregonadas ya en los nombres, como los de las cosas. Los dos tropezaron con mis cajas de libros y mis periódicos esparcidos por el suelo y Fernando se quedó frente a mi cama.

Una vez, siendo yo muy pequeño, tuve fiebres tremendas y entonces mi abuela Mama Nona, preparó unos mejunjes y acto seguido me frotó el pecho y la espalda con sus caldos calientes y espumosos, me dió unas friegas y luego me arropó bien, y así un día o dos o más, hasta que me despertaba ya curado del todo.

Pero eso, ¿lo viste tú? –le preguntaba de niño a mi madre.

Pues claro que lo vi. Tú estabas muy enfermo y yo era tu madre, hijo. ¿Cómo no lo iba a saber?

¿Y estuve a punto de morirme?

No lo sé bien, pero en aquellos tiempos la gente se moría de estas fiebres. Que si el sarampión, que si la tosferina, que si la tisis. “Este niño, aquí en Madrid, no llega a las flores de mayo –nos dijo la abuela– y te llevó con ella a Casbas de Huesca… Por los pelos te libraste de la muerte”.

Entre tanto Fernando había dado varios vistazos a mi habitación.

Te he llamado al móvil varias veces y nada. Después al de la comunidad y nada… y aquí estoy. Vengo directo del Hospital de Alcalá de Henares. La zona cero, sin duda, de las muertes por el COVID-19, en España.

No puedo más, Don Fernando. Me quedé hace días huérfano de todo, de ilusión y descubrí enseguida que no quiero vivir. Me quiero morir y ya ya.

Nunca has sido así. Todo lo contrario. Si vieras a cientos de ancianitos por sobrevivir en las UCIS, en las plantas, en las urgencias. Si vieras…

Pufff, Fernando, porfa, me quemáis y los dos kilos de ceniza dáselos a Ramonales, algo hará con ellos. Los esparcís, si os parece, por el Ocejón, o los enterráis en el cementerio de Almadrones (allí esperaré la resurrección de la carne), o… Lo importante en mi vida ya ha ocurrido. Nada, nada mereció la pena.

Don “Triquitraque” dos litros de agua al día y 41 pastillas de Paracetamol 1g., durante tres semanas (desayuno, comida, cena). Amigo Paco, por los pelos te has librado del coronavirus. Sal de esa cabeza y vuelve a tu naturaleza llena de enigmas y de prodigios.

“Este sí que es un hombre que aprecia el poder de la audacia… incluso en la muerte”, pienso, “por eso es un médico como la copa de un pino”.

Estamos en contacto. Aurrera beti! Por los pelos, Don Francisco. Todo es cuestión de amistad.

Ahí es donde más resplandece la inteligencia de Fernando R., en el sabio manejo y dosificación de la audacia, la agudeza, los silencios y la amistad.

-Yo no te llamé –insistí.

-Yo sí, y varias veces. Nadie, nadie, querido Paco, obtiene alimento-seguridad-libertad solo con el instinto. Sal, sal de tu cabeza…

Y marchó.

La orden amistosa me sentó como un latigazo. Enseguida me di cuenta de que había obedecido incluso antes de haber pensado en ello.

Me siento sobre la cama y me rodeo las rodillas con los brazos.

El registro en la materia de mi propia vida se acerca totalmente a la necesidad de encontrar asideros morales –rotundos, redondos, contundentes– y los obtengo más o menos mezclados entre la recuperación de la infancia, las ligaduras parentales y la mediación de Dios –directa, insustituible, providente– como interlocutor sedativo y único. “A quien juzgue mis caminos / le presto yo mis zapatos”.

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