SAN IRENEO, UN PURETA TRONADO

El progreso del mundo comenzó en el momento mismo en que el primer esbozo de un ser humano manifestó el primer desacuerdo y convirtió la desobediencia en una amenaza contra lo establecido, lo organizado, lo controlado.

Amigo Javier, si no hubiera ocurrido esa negación, puede que viviéramos todavía en las copas de los árboles, aceptando las supercherías como principio fundamental de la razón, nada menos.

Asentir, suma.

Enfrentarse, multiplica.

Y no me reprocho haber entrado en su secreto.

Lo repito.

Asentir, suma.

Enfrentarse, multiplica.

Es una tremenda verdad.

Si Aristóteles el Grande hubiese aceptado sin más que la Tierra es una parcela llana y no una simple bola dentro de un billar inmenso, infinito, seguiríamos invocando al cielo para pedir la lluvia al dios de la lluvia.

Distracciones, oye, las justas. Entretenimientos, los justos.

Los riesgos del “no” pueden y deben embestirnos.

Eso es progreso.

Decir sí, suma.

Decir no, multiplica.

Ese, ese, es el guindo más urgente del que caerse para ser hombre.

Después de cientos de miles de años de evolución, el instante de contradecir es el primer cauce de vivir, de ser.

Hay que saber forzar ese secreto y una vez atropellado de lleno por él participar de ese sentimiento amplio, adulto y libre y, por fin, responsable y progresista.

Cuando en un árbol en flor se adensan todos los insectos del polen, suena en los oídos el zumbido del florecimiento. Después hay que recorrer todas las estaciones del amor.

Cuánta puericia recorre el mundo.

Cuánta infancia mental crece en nuestra sociedad.

Cuánta falta de inteligencia, decisión y valor.

Sapere aude.

Atrévete a saber.

La misma democracia (en esencia) es también la suma de muchas desavenencias, desobediencias, enfrentamientos atomizados hasta dar con un modelo de convivencia más o menos justo o ajustado). Y así y así todo: de la historia a la medicina; de la literatura a la biología; de la filosofía al deporte.

Los mejores no son los que aceptan.

Los mejores son los que cuestionan.

Es más que urgente caerse del guindo desde pequeños.

Es un instinto humano, por tanto responsable, por tanto progresista.

Todo lo de más milongas.

Ireneo de Lyon, nacido en Esmirna, hoy Turquía, en el año 177 es sacerdote en Lyon (Francia) y después obispo allí mismo. Al parecer, fue él quien envió a los santos Félix, Fortunato y Aquileo, como misioneros a Valence, y a los santos Ferrucio y Ferreolo, a Besançon.

Ireneo de Lyon, San Ireneo, predicaba ya hace 19 siglos –diez y nueve– que “la gloria de Dios es el hombre vivo”, que “la creación no ha llegado aún a su meta…” que “El hombre ha sido creado a imagen de Dios y está destinado a la semejanza con Dios”. Más todavía. “La historia de la humanidad –subrayaba– es una única y singular ascensión desde un estado esencial originario hasta el punto final: la divinización en Dios”.

Ireneo tiene mucho de antídoto contra el miedo.

– Cada vez que te nombre, –le digo– cada vez que conversemos, te recordaré el deber que tienes, el deber que tenemos todos en rescatar de los desvanes de tu maestro Potino, discípulo directo de San Juan, algunas de tus obras que nos han llegado íntegras.

– España –me suelta el teólogo y filósofo; y éstas son sus primeras palabras– es un país lleno de fuerza, de empuje, de vida. Una de las pocas naciones de Occidente que todavía tiene que decir algo al mundo.

Le miro al fondo de los ojos. Solo veo sinceridad y nostalgia.

Es un momento extraordinario.

Le contesto algo, pero no le importa mi respuesta.

– También –machaco– Portugal, Italia, Francia, Eslovenia.

Observa impávido un mundo que no es el suyo, y del que tampoco tenemos la certeza de que sea enteramente el nuestro.

En este instante sobrexcitado de la historia, un tipo con mitra y dalmática, por más que fuese autor de libros como Contra los herejes y Demostración de la predicación apostólica –y obispo de Lyon– no es fácil de distinguir de un rider de Glovo. La Historia –y la vida real– es así de terrible y mordaz cuando juega a emparentar un tiempo con otro.

Ireneo se levanta y añade sin mirarme:

– “Dios alejó, amigo Paco, al hombre del árbol de la vida movido por su misericordia, para que el hombre no fuera siempre pecador, para que el pecador no fuera inmortal, para que el mal no fuera infinito e incurable. Marcó un dique a la transgresión, al poner a la muerte entre ella y el hombre”.

– Tus “cosas” suenan como si hubieran sido escritas hoy. Al escucharte no sé qué pugna más en mí si la admiración o la curiosidad.

– O la fe, Paco. Fui testigo. Di la vida. Nunca fui un teórico de la teología. Nunca un doctrinario.

– “Es mejor y más útil saber poco o nada y acercarse a Dios por medio del amor, que creerse un sabio y tener mucha experiencia y, al mismo tiempo, ser enemigos y blasfemadores de Dios”.

– Por la nada de mis ochenta años, Padre Ireneo, tengo que decirte que te he olvidado. Paso delante de tus libros y vagamente miro, como se hace con un anuncio.

– ¿O sea que dejo poco rastro en las redes sociales, que no soy parte de alguna moda instantánea, verdad?

– Cierto, cierto, podrías ser un fake. O un pureta tronado.

– La teología es animal de aire libre.

– Padre Ireneo, los sentidos se me han vuelto hacia dentro y escucho a teólogos como Altaner, Gasten, Hamman… y dicen que eres “el auténtico padre y fundador de la teología cristiana”, “conciencia de la Iglesia de tu tiempo”, “espíritu justo y equilibrado”.

– Quién sabe, amigo Paco, qué teólogo he sido. La historia, chico, sabe traicionar. Basta con haber estado dentro y haberle dado la pesada justa. Qué importa lo demás.

Muchos de los que estos días hayan visto el santoral y hayan leído San Ireneo de Lyon, habrán pasado hoja sin más, o, acaso, hayan pensado “otro santo raro del año de Matusalén”. Y, sin embargo, Ireneo de Lyon, Padre de la Iglesia, asiático de origen y galo de adopción, luchó con gran fortuna dialéctica y gran misericordia práctica contra los gnósticos”, esos rigoristas autojustificados, esos cátaros/puros, que no admitían en Jesús la más mínima debilidad, convirtiéndolo en “pura esencia luminosa”. (¿Y los pecadores? Aniquilarlos, a todos. Dios sólo es Dios de los perfectos –que eran ellos–. ¡Así se las gastaban!).

– Yo era un dolor de muelas, amigo Paco, para esos “puros”, para sus almas, adoloraba sus caras y sus sonrisas. O sea.

– Padre Ireneo, hay ciertas gallardías que no van conmigo. No todo el mundo vale para tener una seguridad implacable en la que cree como tú.

– Yo era afortunado, sin mujer ni hijos en ninguna parte, no tenía lugar hacia el que volverme, vivía sin tortícolis.

– Las nostalgias, padre Irineo, son malarias a las que les hace falta la humedad de los ojos.

San Ireneo de Lyon se siente bien de uniforme pastoral.

Sabía coger las heridas en la mano.

Valoraba el tiempo y se tomaba tiempo para sus escritos.

La plenitud de sus trabajos nos avisa del uso constante de la Biblia: 625 citas del Antiguo Testamento y 1.025 del Nuevo Testamento: ¿Hay quién de más?

Quería ser el único y mejor guardián de su nombre: Ireneo/Pacificador.

Dio entrada en su mundo a maestros como Romero Pose, Antonio Orbe, Boros, por ejemplo y, entre nosotros, Luis Chiandotto, Antonio Javierre, Juan Gil. Les hizo crecer otra cáscara sobre la suya, les dio entrada en otro mundo llamándole suyo.

Padre Ireneo, he cogido tu reto por bandera.

Los riesgos de la pelea fabrican hoy imprevistos: prácticas políticas de lo correctamente social, religioso, ciudadano y hasta humano. Todo esto puede durar por un tiempo y extenderse por unos espacios, generando materiales mayormente infames. Es bueno, no dejarse ofender.

Padre Ireneo, el viento de la vida me cogió por los hombros, empujándome, y sobre su soplo comencé a correr. He sido ligero, ya no estaban mis padres en un brazo y mi maleta de “cartón piedra” en el otro, refrenando la planta de los pies para que no saltara en zancadas demasiado largas.

Acorralado en mi silencio, inhibido, Padre Ireneo, cierro el balance de cuentas. Tu inquebrantable optimismo me hace sentir unas pequeñas cosquillas debajo de los pies. Decido que es ya mejor quedarme descalzo.

En el cielo estallan los petardos de los santos.

Posdata: Recordando a los magníficos maestros del Teologado Salesiano de Salamanca (1964-1968): Luis Chiandotto, Juan Gil, José Antonio Rico, Antonio Javierre, José Luis Bastarrica, Andrés Sopeña, Salvador Bastarrica, Juanjo García, Paco Goyenechea, José Manuel Prellezo, Anastasio Crescenzi, Casto Moro, Graciliano y Santiago Alonso, embestidos de lleno por la fuerza doctrinal y pastoral de San Ireneo de Lyon.

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