La Virgen de Don Bosco

“Estoy viendo un pensamiento”

            Tras unos meses difíciles, mi madre Nieves al sufrir un ictus cerebral se derrumbó en el Paseo de las Delicias, dando la cabeza contra el borde de la acera, desnucándose. Fue el 10 de diciembre de 1957. Adolescente aún, su corazón se quebraba de dolor con aquellos flujos constantes de sangre –otra hemorroisa– sobre los pétalos de la vida. Odiaba los labios marchitos de la blasfemia y del vino tan presentes en nuestras Rondas de Atocha, Valencia, o Toledo o Segovia. Quería que el alma de sus hijos temblara entre sus manos, antes de dormir con el rezo del Padre Nuestro y del Avemaría, frágiles como un ídolo, eternas como un dios menor.

            Madre Nieves. Madres de posguerra.

            Estrujadas todas bajo el sol incandescente de sus manos, que eran rosas abrasadas en las nieves de la pasada guerra incivil.

            Señoras Paca, Paz, Elena, Aurora, Juana, Felixa, Maruja, Matilde, convertidas en relatos centrales de la humanidad en Madrid, emigrantes todas, y sus maridos y sus padres de Murcia, Granada, Badajoz, Salamanca, Ávila… Dramática coral en crecimiento a la que habría que oír con la máxima urgencia.

            Mujer Nieves. Mujeres de posguerra.

            Lejos de dulzuras y encantos. Héroes de pómulos cubistas como las señoritas de Aviñón, manos ojivales, nariz de palomas enceladas –correo de la supervivencia–, cuerpos suntuosos. Hasta cierto punto hermosos y desmoronados, seductores y heridos, penetrados de la basura general de posguerra, tan organizada y salvadas de ella por el amor a sus hijos y maridos con fe de carbonero. Que basta y sobra.

            Chicos y muchachos de posguerra. Chicos de Salesianos Atocha y Salesianos Vicálvaro. Los Esteve, los Manero, los Camino, Ferreruela, Sustaeta, Varela, Iglesias, Negredo, Domenech, Juárez, Fernández, Pimentel. Avanzamos por las viejas calles de nuestros sueños infantiles: Lavapiés, Embajadores, Legazpi, Amparo, Avemaría, Tirso de Molina, Batalla del Salado… y por los arrabales de Vallecas, Vicálvaro, Canillas.

            A nuestro paso, las farolas de la vida iban estallando. Es la miseria y la roña, el quejido del hambre, las llagas de la guerra sin cicatrizar, es la fiebre del sarampión y la tosferina, la agonía de niños famélicos y tísicos, los temblorosos padres, las intrépidas abuelas supervivientes, nuestro tercer mundo asolado y sedimentado, la contaminación de cuerpo y alma que todo lo invade. Me acerco a la última farola encendida, que apenas parpadea frente al aire quebrado de invierno, frente al relente de la madrugada, frente a los españoles suicidas que destrozamos nuestra convivencia. Es 1947. La luz y la vida irrumpen calladamente sobre nuestras caras al iniciar nuestra misa cotidiana en la iglesia de Salesianos Atocha en la Ronda de Atocha, entonces Primo de Rivera. Estamos para el ser, estamos para la vida desde por la mañana.

            Se hace el silencio, mientras el sacerdote, creyente y abnegado, eleva el pan y el cáliz. Los mil “palomos” externos y los cuatrocientos “buyuyus” internos balbuceamos el “Señor mío y Dios mío”, aprendido de nuestras madres/padres, palabras que denuncian, con sólo nueve, diez, doce años, nuestra fe y también nuestra vida, en la que deshojamos la risa, la magia, los sueños, los juegos.

            Llegaron los tres primeros salesianos a Madrid, procedentes de Utrera –Ernesto Oberti, Joaquín Vega y Eustasio Luguera– a la calle Zurbano en octubre de 1899 y un poco más tarde pusieron casa en la Ronda de Atocha en 1901. Y con ellos una devoción mariana, histórica y universal, adaptada a las revoluciones industriales, sociales y tecnológicas modernas: Santa María de las madres/padres. Las lavanderas, modistillas, costureras, zurcidoras, jornaleras, sirvientas –aquellas chicas de “a servir”– emigrantes todas de toda España, primas hermanas de las madres/padres de La Liguria, el Piamonte, el Milanesado, en Italia, madres a su vez, de deshollinadores, polizones, albañiles, estucadores… que encontraron en su devoción un claro acicate, un camino para ser recorrido, un seguro refugio, una espuela para sacar adelante a sus hijos, con padres ausentes.

            Santa María de las madres/padres es la zarza ardiente de todas las Obras Salesianas, asentadas en las obras de misericordia, la devoción más novedosa y existencial de la biografía de cada chico y de su madre, en lenguaje narrativista y tradicional (primeros cristianos, primeros mártires, cruzados, frailes mendicantes, San Pío V y Lepanto, Pío VII y Napoleón, por ejemplo), dejándole a Don Bosco el paso triunfal y poderoso de un sistema educativo”, prevenir antes que curar”, de la mano de la “razón, la religión y el amor”. Que para el amor no hay centros ni periferias. Que para el amor no existen desigualdades territoriales ni guetos.

            Madre Nieves. Madres/padres de hoy. Todas las de África. Casi todas las de América y Asia. Madres de posguerra.

            En los cálices vacíos de la vida bebían ellas, a grandes sorbos, los sueños del amor y del dolor. Fueron todas, los son hoy también, lo serán mañana, arpas sorprendidas. Se fueron muriendo de vivir y soñar. Ni las mató la guerra, ni la vida, ni la muerte, ni el amor. Murieron, mueren, morirán “de pensamientos mudos como heridas” (Agostini), únicos e irrepetibles. Y sus vidas, de verdaderas feministas, se cuelgan del pensamiento de sus hijos y de sus nietos, de sus maridos amantes.

            Santa María de las madres/padres, discurre tu devoción por el camino de cristal del amor que no cesa, entre la Almudena y la Paloma, en nuestros barrios de Atocha, Estrecho, Carabanchel, Vicálvaro, Vallecas, Parla, Fuenlabrada, Pan Bendito, Caño Roto, Alcalá de Henares, Aranjuez -nuestro querido Madrid Sur-, como la vaina de aquel rayo que describía Miguel Hernández, compañero de todos, compañero mío. Compañero.

            Me acerco a la última farola encendida, frente a la capa de ozono quebrada de la calle Hermanos García Noblejas, ahora La Ilustración, mañana… donde los salesianos celebran el cincuenta aniversario de la creación de su parroquia “Santo Domingo Savio” y a escasos 75 años de la fundación de toda su obra. Me arrodillo ante la imagen de Nuestra Señora. “Estoy viendo un pensamiento”: a Don Rómulo Piñol y Aresté y a sus primeros muchachos bebiendo en los cálices vacíos, a grandes sorbos, los sueños del amor y del dolor hecho realidad.

            En Santa María de las madres/padres me siento capaz de dejar entre sus manos la tembladera de mi pequeño mundo interior y del extenso y universal del Instituto y de la Iglesia. Por cierto, amigo Javier, que siempre que hablo de nuestra Santa María de las madres/padres me estoy refiriendo a María Auxiliadora, la Virgen de Don Bosco.

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