Santa Teresa en el Ateneo de Madrid

           La verdad, amigo Javier, me hubiera gustado vivir en los siglos XVI o XVII y me hubiera gustado ser galán de monjas e ir a ver a Teresa de Cepeda y Ahumada con esos hábitos de sarga de entonces –nada que ver con los de Jesu Communio– cuando coqueteaba desde las rejas y era una moza lozana y guapa. No sé, quizá me hubiera puesto a sus pies de perseguida por la belleza salvaje de la implacable princesa de Éboli, cuando la monja se alimentaba con dos higos al día y recorría una y otra vez aquella España “vaciada”, con aquel “medio fraile” de Juan de Yepes, descubriendo a ese Dios que también habita en los pucheros.

            Santa Teresa siempre fue guapa (y no como la pintó Fray Juan de la Miseria). De muchacha y de mayor. En la preciosa juventud y en la plenitud y el ascetismo. Todo, todo en su casa de judíos conversos era hambre de humanismo y de noble escenario. Felicidad compensada. Intensidad religiosa y caballeresca. Cadencia de buen gusto y muestra de refinamiento castellano que hace de sus mujeres una estela con clase. Ella misma confesaba a un carmelita: “Sepa, Padre, que me loaban de tres cosas temporales, que eran de discreta, de santa y de hermosa, y yo creía que era discreta y hermosa, que era harta vanidad, mas que era buena y santa, siempre entendía que me engañaban”.

            O sea que los tópicos siempre rebotan para volver a rebotar.

            Pero sigamos, amigo Javier. En su espléndida juventud usó perfumes y joyas y tenía un gusto exquisito para elegir vestidos y combinar los colores. Es decir, que cayó en ese mundo, a su manera, del poder de la moda, que no es algo banal. La ropa tiene muchísimo significado: nos permite expresar sentimientos, jerarquías. Mazo postureo, diríamos hoy. ¿Una influencer más? No, una influencer determinante.

            Jesús Martí Ballester en su Camino de Santa Teresa, la retrata así: “Era de estatura mediana, más bien grande que pequeña. Medía 1’68. Gruesa más que flaca y, en todo, bien proporcionada. De color blanco y encarnado, especialmente en las mejillas. Cabello negro, limpio, reluciente y blandamente crespo. Frente ancha y muy hermosa. Cejas un poco gruesas, de color rubio y oscuro. Los ojos negros, vivos y redondos, al reír mostraban alegría, y cuando mostraban gravedad eran muy graves. Los dientes iguales y muy blancos. Manos y pies lindos y proporcionados. Y tenía tres lunares en la cara. Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y ademanes”.

            Teresa de Cepeda era una mujer detonante, capaz de enamorar con su sola presencia, que era por sí sola un mensaje. Hoy los Mariachis le cantarían eso de: “¡Ese lunar que tienes, Cielito lindo…”, “no se lo des a nadie, Cielito lindo que…”: No puede ser nimio ni cotidiano el hecho de los tres lunares que los cronistas mantienen nítido en el recuerdo, con cada uno de los antojos y emociones que suscitó en su momento y hasta algunos siglos después.

            Teresa de Cepeda, heroína de fantasías, fue siempre ella misma.

            Teresa viene del griego “teriso”, que se traduce por cultivar. Por eso, ya a los siete años “cultivaba”, se empollaba la vida de los santos y de adolescente trató de pasarse a la morería con su hermano Rodrigo, pero no para “el diálogo de civilizaciones”, sino para convertir al cristianismo a los sarracenos o morir mártires en el intento. Menos mal que su tío los paró en el Adaja.

            Teresa y Rodrigo, Rodrigo y Teresa. Tanto monta, vivieron entonces como ermitaños, atracándose a leer novelas de caballería. “las novelas de caballería me gustaban tanto que no estaba yo contenta cuando no tenía una entre las manos”. Quizá la viveza desafiante del lenguaje de la Santa de Ávila fue lo que le dio la medida de su curiosidad. Quizá se sintió peregrina hacia las ruinas de un santuario interior. Quizá “cultivó” en su organismo una vitalidad oportuna, conveniente, benigna. El hecho es que a los 15 años ingresa en el convento de las agustinas de Ávila y cae enferma con fiebres palúdicas. Comenzó a escribir por consejo de su confesor.

            Es el amor que mueve el sol y las estrellas.

            Sobre esta brasa humana, que vivió muriendo, herida y atormentada por la flecha del amor absoluto, se han vertido todo género de especulaciones disparatadas. Las tripas oscuras y apasionadas del racionalismo se suelen transformar en prevención y desprecio, como músculo atrofiado de ignorancia. No sé, vale. Lo cierto es que se ignora que hubo épocas en que los españoles, como si fueran ortodoxos griegos monoteístas, morían porque no morían y creían “a pies juntillas” que la muerte, si era heroica, liberaba el alma.

            Teresa “cultivó” el estrés intenso de la fe, el éxtasis, pero no por eso estaba atravesada por el rayo de la locura. Ni mucho menos. Hay pasajes de su biografía –excesivos, indisciplinados, abrasivos– que inducen a pensar, por lo menos, en una pirada, que como el Señor Don Quijote se trastornó de tanto leer libros de caballería. Y, sin embargo, a mí me tranquiliza comprender, que si estaba loca, en ella la locura fue una sublimación de la libido y hasta de la inteligencia, porque llegó a varar en la cima de la poesía universal. Nuestra Santa española –pertinaz, exigente e inevitable– quitaba toda la importancia a la propia trascendencia delante de sus monjas, diciéndoles que no le hicieran caso porque las suyas “eran tonterías de mujeres”. Y que, además, “la humildad es verdad”. O sea.

            Ante un Cristo ensangrentado (creo que el de una capilla de la magnífica iglesia de los dominicos de Santo Tomás de Ávila), Teresa preguntó: “¡Señor! ¿Quién te puso así?”. Y una voz le dijo: “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. En su época de monja ligera y coqueta parecía repudiar a Jesucristo porque le decía: “Teresa, Teresa, que no quiero que converses con los hombres, sino con los ángeles…”. Y sea por pura santidad, según unos, o por fenómenos paranormales, según otros, el caso es, y está más que probado, que se elevaba más de un metro sobre el suelo y hablaba con los ángeles. O ella o su marido, nuestro buen Dios o el santazo/santico Juan de la Cruz escribieron aquello de: “¡Ay, qué larga es esta vida!, ¡Qué duros estos destierros, / esta cárcel y estos hierros, / en que el alma está metida. / Sólo esperar la salida. / me causa un dolor tan fiero, / ¡Que muero, porque no muero! / ¡Que vivo, porque no vivo!, añado yo, con pesar al final de mi vida. Lo siento.

            Nació Teresa en Gotarrendura, 1515. Murió en Alba de Tormes, 1582.

ORACIÓN RESERVADA: (Escrita al terminar el post sobre el pupitre de investigación en el Ateneo) Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús en el Ateneo de Madrid, patrona de los escritores, ten piedad de mi pecador –por curioso y cultivado/teresio”–, envíame luz y misericordia por el Microsoft o por el Samsung “nuestro de cada día, dánosle hoy”. No permitas que enrede nunca en la vida de los demás, pese a mi profesión de cotilla compulsiva, cuando mi alma desfallezca. Creo con Fray Luis de León en la alteza de las cosas que tratas y cómo las tratas y por qué las tratas y en la elegancia y compostura de las palabras, excedes a muchos ingenuos, ¿a Lope y Calderón? Y en la forma y facilidad del estilo, ¿a Gracián y Quevedo?. Y en la elegancia desaceitada de las palabras que deleitan, ¿a Lorca y Umbral? Propicia en mi final ya cercano sentencia inexorable sobre lo efímero y devuélveme al Madrid de la posguerra, que todavía tenía los colorines amables de los recortables. Amén.

3 opiniones en “Santa Teresa en el Ateneo de Madrid”

  1. Cada vez que leo un artículo suyo, es como mirar un caleidoscopio: fácil de leer por simple, pero a la vez armonioso y profundo. Como la obra de Santa Teresa, ¿no?.

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