¿Se come el estelión?

El estelión, ese pequeño dragón camuflado.

Amigo Javier, tres palancas mueven a la necesitada humanidad, y son: el poder, el dinero, el sexo, creo. Pero las “tres palancas” de la humanidad son cuatro: el poder, el dinero, el sexo y la vanidad.

Es el 31 de enero de 1977.

He quedado con Don Ricardo de La Cierva a las ocho de la tarde en su casa.

La violencia lo impregna todo.

Franco había fallecido un año y tres meses antes, pero los tentáculos del régimen siguen siendo poderosos. La noche del 27 de enero de ese año el terrorismo tardofranquista tirotea con asesinato masivo a cinco abogados laboralistas en la calle Atocha: la matanza de Atocha.

El 31 de enero, San Juan Bosco, yo cabalgo sin freno por las praderas celestiales de los patios y pasillos de Salesianos El Paseo.

Glotón de vida e irradiando vanidad comunico a mis muchachos: Arcas, Acuña, Higuera, Cavero, Guijarro, Guerrero, Lázaro.

Mi entrevista de por la tarde, allá por Cuzco, con el muñidor más insistente y televisivo de la Historia de España.

Me habían contado que La Cierva era un ser que cultivaba el misterio. Que si se enfurecía, te llamaba las mil y una, y todo quizá por una palabra suelta.

Me recibe el mismísimo Don Ricardo, al que yo había pedido por teléfono el prólogo de mi libro Colonización política del catolicismo.

-Bienvenido, qué tiempos nos toca vivir, señor… Francisco Rodríguez de Coro.

-La verdad… tiempos tan recios o más que los de Santa Teresa.

-Pero siéntese, siéntese. Espero que, por lo menos, la cultura, nuestra cultura seguirá su camino. Independientemente del gobierno que tengamos, del proyecto de orden jurídico que votemos.

-Aquí está, pues, mi libro, del que le he hablado. Es un análisis pormenorizado, desde 1940 al 1945, de la revista Ecclesia y el periódico Arriba.

-Tiene muy buena planta… el Índice… ¡se lo ha trabajado usted!

“Vaya, pienso, parezco enganchar con el Dios Padre Todopoderoso de los historiadores de derechas”.

Pero también me habían dicho que era encantador de serpientes… Sabía estar arriba y abajo. “En menos de un minuto te hace de matón, de colega y hasta de tratante”.

-El subtítulo especifica muy bien el título: La experiencia española de posguerra.

Noto que se arrima. Su dedo cierra la carpeta y el pecho empuja el aire con fuerza. Vence el vacío y dice:

-Espere unos días y hacemos un prólogo… Lo merece la obra y vemos su publicación. Ustedes, ustedes, deben avanzar en el estudio de la Historia de la Iglesia en España… Los de la Gregoriana.

Parece conocer a mis vinculantes maestros jesuitas: Villoslada, Batllori.

-¡Ah! El próximo sábado presentamos en el Hotel Miguel Ángel la nueva revista Historia 20. He aquí la tarjeta de invitación. Nos vemos allí.

-Allí estaré Don Ricardo. Gracias.

Su señora me trae una infusión en una taza para que se caliente las manos y el alma. Eso dice. Y yo respondo: Gracias, será mejor calentar el cuerpo… y hasta el viento.

Nos quedamos mirándonos los tres.

Esos momentos en que la vida de otros te parece apuntalar la propia y hasta elevarla. “¿Me impulsas a la vanidad? Pues sea. Yo no soy ya el historiador primerizo que pide ayuda al que considera como un gran amigo suyo: soy el acreedor que presenta la cuenta de su trabajo”.

Amigo Javier, mi requisitoria no obtuvo respuesta.

Tomo un taxi de vuelta: Cuzco – Repullés y Vargas 11.

Tengo ganas de hablar. Necesito compañía. Me esperan en el bar que hace esquina con Paseo de Extremadura: Ocerín, Mondejar, Ferriol, Veganzones, Castrillo, Espariz, Cob.

Estoy nervioso. Hago entrada teatral. Quiero granjearme adhesiones. La vanidad es así de gilipollas.

¡Echa un trago Paco de Coro! –dice Castrillo.

Ya he tomado la “infusión histórica”. Además, tengo la tripa revuelta.

Pero a veces hay que saltarse el guion, venga.

Echemos, chicos, un trago y brindemos por nuestro libro.

Por tu libro. Por el señor La Cierva ese.

Es ginebra Fockink. Otro, otro trago de Fockink.

Por el 6º de bachiller, por vosotros, el 6º de 1975-76. A despecho de todo y de todos, gracias a vosotros, terminé mi trabajo.

En un virar del brazo Castrillo choca su copa con la mía.

Por ti, Paco de Coro, porque se te ve venir. Y eso se pega.

Por ti, motero Castrillo, que también se te ve venir en este oficio, que ejerces con suprema devoción hasta el derrape.

Amigo Javier, las “tres palancas” de la humanidad son cuatro: el poder, el dinero, el sexo y la vanidad. Sólo quienes han tratado mucho a los hombres y con cierto cuidado atento y con observación de detective saben hasta que punto puede la vanidad mover las más esforzadas empresas.

“Mi reino por un caballo”, dicen que gritaba aquel pobre rey inglés derrotado Ricardo III. “Mi vida por una lisonja”, parecen gritar demasiados hombres tan proclives a dejarse ganar por una caricia lisonjera como proclive es el agua a salir por los agujeros. “Mi vida por un libro”, y de la mano de Ricardo de La Cierva. Había una fuerza guerrillera muy activa en mis comentarios aquellos días, antes de la presentación de la revista Historia 20. Era agotador vivir cada día intentando reventar el horizonte, cuando el horizonte ni se entera.

Llego al Hotel Miguel Ángel a la hora convenida el día convenido.

Marco los tiempos, combinando vanidad con lisonja.

Pregunto por Don Ricardo. Me indican el salón.

Entro. Hay que bracear por entre la multitud.

No hay más que ladridos “históricos”, telegráficos, que quieren transmitir una información fundamental.

Yo estaba metido en plena Era Azul del franquismo y no reparo en nadie que no sea Don Ricardo y mi libro.

Siento una palmada en la espalda, mientras avanzo.

¡Pero Begoña!

Es Begoña Urigüen, la secretaria del Instituto Fernández Flórez, al que pertenezco.

Hablamos en unos días, Bego, le digo.

Por fin, saludo a Don Ricardo. Dice no conocerme. ¿Será posible? El plante es descomunal. ¡Habrase visto cieno engallado, donde se legitiman los convencidos de la fuerza de la vanidad, de su rendimiento.

Sabes, amigo Javier, los cienos engallados aciertan en el desplante y su provocación gratuita erosiona, claro, aunque sea torpe. Imagino que su triunfo es así.

Y de repente pienso en tornillo… este señor es mucho más inteligente que sus divulgadores. Su triunfo es ese. Una perversión más como otra cualquiera, una especie de parafilia, fruto de la vanidad de todos, en mi caso, de primerizo. Me tengo que curar en salud.

Saavedra Fajardo dedica el capítulo 48 de sus Empresas a prevenir a los príncipes contra la lisonja, la vanidad y el engaño de los aduladores (“a más príncipes ha destruido la lisonja que la fuerza”, observa). Y sitúa como emblema de esta “empresa” al estelión. Cualquier diccionario informa que “el estelión es un reptil saurio perteneciente a la misma familia que el dragón”. “Esmaltada de estrellas la espalda y venenoso el pecho”, retrata Saavedra al estelión que, por otra parte, debe su nombre a la “stella”, estrella. “Con un manto estrellado de celo que encubre sus fines dañosos se presenta al príncipe”. Ahí es nada y tal y qué se yo. Quizá, no sea para tanto y el estelión humano, encargado de alimentar la vanidad de los demás, no pase de ser un pobre hombre, bien intencionado, que no lame para envenenar, sino porque sólo sabe lamer. El veneno, oye, ya se encarga de hacerlo surtir efecto el propio vanidoso.

¿Se come el estelión?

No, no, es él el que nos devora.

Dicen que las tres palancas que mueven a la pobre humanidad son: el poder, el dinero y el sexo. Pero las “tres palancas” de la humanidad son cuatro: el poder, el dinero, el sexo y la vanidad.

Su graciosa majestad la Vanidad, una catedral de mármoles de Carrara si la comparamos con las iglesias románicas de la Soberbia. Parece humilde, cercana, beatífica, resistente, amigable con su piel de paquidermo encantador. Llega al linde de todos los egos, pero no sujeta con las manos, sino con los pies cruzados, una equilibrista más en la trampa del elefante imaginario. Y el ego, cualquier ego, se echa en sus brazos para ser devorado.

El mes de febrero de 1977 lo eché entero para recuperar mi manuscrito de Colonización política del catolicismo, con la ayuda del Preu de Salesianos-el Paseo: Cavero, Aparicio Campillo, Mondejar, Castrillo, Guijarro y… Don Jesús Iribarren, de los que ya te iré hablando.

Desde entonces, modestamente, me excita mucho más acertar al escoger las sardinillas en aceite que compro que la elección de prologistas.

2 opiniones en “¿Se come el estelión?”

  1. Como siempre eres un maestro en trazar las coordenadas del relato, independientemente del argumento. Siendo este sencillo, nos haces disfrutar con tu rico lenguaje. Esperamos con fruición adelantada el próximo.

  2. Riqueza de lenguaje. Imaginación al poder. La imaginación es el sexto poder. Prepara una merienda con estilión que me presento con apetito.

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