Sin humor, la vida no es seria

Nos dicen desde pequeñitos que hay que tomarse la vida en serio, que quien no pelea, pierde, que hay que devorar para no ser devorado. Y los medios de comunicación inciden en esta idea que interiorizamos sin esfuerzo en una sociedad individualista.

Y en el ojo de este huracán cotidiano, surge el humor como tabla de salvación. Ante la duda, sonríe.

Viene a ser esa convicción que afirmaba el célebre filósofo y psicólogo neoyorquino William James: “no reímos porque seamos felices. Somos felices porque reímos”.

Desde sus orígenes el estilo salesiano va de la mano del humor, plasmado a través de la música, el deporte, el juego y tantas otras intuiciones que llevaron a Pablo VI, en el año 1975, a nombrar a Don Bosco como “el Santo de la Alegría”.

Subestimamos el poder del humor. Y en un mundo poblado de ofendiditos, hasta tiene mala prensa. Por supuesto, no nos referimos al chiste fácil y grosero, ni a una alegría superficial y chabacana, que hiere y ofende. Más bien es lo opuesto, porque suele ir acompañada -la alegría- de esperanza y grandes dosis de bondad e inteligencia.

Tiene el humor, además, una cualidad muy pandémica: es altamente contagioso y no necesita pruebas PCR para saber si lo has pillado.

A fin de cuentas, el humor bien puede considerarse una actitud ante la vida. Y funciona en ambos sentidos: afecta a quien lo distribuye y a quien lo recibe.

Todos los educadores atesoramos multitud de experiencias donde el humor ha sido el antídoto, el remedio y la solución de muchos problemas, enemistades y enconamientos varios. Además, su valor terapéutico es indudable frente a aquellos que disfrutan inventando chismes o haciendo daño gratuitamente. El humor, acompañado de una pizca de sana indiferencia es la manera más elegante de enfrentarnos al insulto y la mentira.

No entiendo cómo no se receta más a menudo en las consultas médicas.

Cuentan que santo Tomás Moro, no se sentaba a comer con nadie que no supiera contar chistes. Camino de su ejecución, llegó a decir: “por favor, mi abrigo; porque doy mi vida, pero un resfriado no quiero pillar”. Juan Pablo II lo nombró en el año 2000 el patrón de los políticos, como ejemplo de lo que significa pensar en el bien común antes que en los intereses personales… y esto último, dicho sea de paso, viendo el panorama actual, sí que es para tomárselo con humor.

Llegar a la edad adulta y cumplir años no debería borrar la sonrisa de nuestro ánimo. Las responsabilidades y las tareas que la vida nos encomienda -incluyendo las caídas y los errores- cicatrizan mejor y con más celeridad si el humor está presente.

Suelo desconfiar de quien no sonríe nunca. Quizás porque conozco a muchas personas que han sufrido muchísimo y son esas precisamente las que más sonríen y hacen sonreír.

Y si no hallo en alguna etapa de mi vida razones para sonreír, intento que quienes están a mi lado sí las encuentren. A veces eso me basta para reencontrarme con mi sonrisa de nuevo.

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