Suculento estofado de lenguas

Txoria es el nombre de pájaro en euskera. “Txoria, txori” (Pájaro, pajarito) es un poema vasco escrito por Joxean Artze en 1957. Mikel Laboa en 1968 creó una melodía adaptada a este poema y publicó con gran éxito la canción en el álbum de 1974 Bat-Hiru. Su más antigua entrega de material sensible. Canta en euskera y se intuye casi todo, aunque uno no se entienda, porque se trata de material sensible. Así ocurre siempre en las bellas canciones.

            A Laboa la vida le fue noble, insustituible y sagrada. Ante la posibilidad del llanto escogió el compromiso y una estética de leyenda de ser él mismo. Por eso es tan radical. Por eso este gran vasco con esquelatura de artista alcanzó, sin pretenderlo, una altísima cumbre de la literatura.

            Decir, pues, Mikel Laboa es renombrar lo que Roland Berthés llamaba “la felicidad de la expresión”. No entendemos, o no entendemos todo, pero al oír de nuevo a Laboa en euskera, vemos, imaginamos, cosas que antes no veíamos. Caminos del Urola y sus luciérnagas: Azkoitia, Loyola, Azpeitia, Cestona, Zumaia. Caminos del Bidasoa y sus lamias: Ondarribia, Irún, Oiarzun, Pasajes, Rentería. Caminos de Donostia: Hotel Londres, donde celebré mis dos premios Irún (1978, 1979), Hotel María Cristina, donde celebré mis dos premios de investigación Angel Apraiz (1980, 1990) y la Conferencia mágica sobre el sacerdocio católico, en compañía de José María Setién, José Luis L. Aranguren y Gregorio Monreal, Rector de la Universidad del País Vasco.

            Eso tiene que ver, claro, con las bellas canciones. Y con las lenguas. Se trata de un monocultivo de vida interior que al final te llena los ojos del orgullo de no haberte traicionado. Que la percepción de la vida, amigo Javier, esa capacidad sensitiva, está influenciada por la relación que mantenemos con las palabras. Eso es una evidencia tan poética como científica.

            Las palabras. Las lenguas.

            es el nombre íntimo de Mahón. Es también, , el título de uno de los discos de Joan Manuel Serrat. Mahón: “Blanca de cal, barco varado, escondrijo de vientos, refugio de velas”. En ese territorio con tantos sentimientos retrata, a su manera, el país mental que lleva dentro. No hay distracciones ni consuelo. Para condensar un mundo expresivo tan fiero y propio hay que estar muy desengañado y muy seguro, porque “quemando las nubes pasa el sol” (Cremant núvols passa el sol), Santa Pereza de la tarde, proteged el amor furtivo (Santa Mandra del Migdia, protegiu l´amor furtin). Uno imagina a Serrat sin alarde alguno, casi en una secreta clandestinidad. Por fuera parece un cantautor normal. Pero si uno se para, se fija, aplica el oído y la atención, acumula algunos infiernos difíciles de precisar. Escribe sólo con lo puesto. Con las palabras desnudas por la parte del filo ¡ay! La suya es una literatura autosuficiente: sólo necesita ofrecer la envergadura de su biografía.

            Decir, pues, Joan Manuel Serrat es también renombrar lo que Roland Berthes llamaba “la felicidad de la expresión”. Al oír a Serrat en catalán, vemos, imaginamos, cosas que antes no veíamos. Vic y los murales de Sert. Manresa y la cueva de San Ignacio. Cervera y su antigua Universidad. Barcelona y Santa María del Mar –para mí, la catedral deseada–. Tarragona y su catedral que pude conocer, gracias a “Paquico Castillo Acero”, y de la mano de su propio arzobispo, emérito hoy, Dr. Jaume Pujol.

            Las canciones de Joan Manuel están llenas de arañazos y de tristezas interiores. Como las lenguas. Difícil precisar la mezcla de catalán y castellano, balanceándose ambas en unas venas que en cualquier momento pueden poner la sangre a hervir.

            Las palabras. Las lenguas.

            Con Miña terra, aunque de Rosalía de Castro la letra, el leonés Amancio Prada, gallego de adopción, se convierte en una voz sin amo. La de un cantautor que te da cuerda, pero nunca te empuja. Sabemos que cree en la especie humana. Por momentos la mitifica, sobre todo, con San Juan de la Cruz. Hay bondad y fe. Y en el conglomerado de su obra levanta un mundo de utopías y consuelos.

            Después de leer varios apuntes biográficos, donde se recuerda que fue niño de coro con los salesianos de Cambados, de los 10 a los 14 años, vocalista de orquestinas de pueblo, mientras hacia el bachillerato en El Bierzo y después ciencias empresariales aplicadas a la agricultura en Valladolid, el cráter fundacional de su vida, la escena primera sobre la que se articuló su existencia, nos unta el ánimo en su asimilación devastadora del corazón de su madre primero y de San Juan Bosco después.

            “La felicidad de la expresión” en Prada es la de un cantautor que mira soñadoramente las cosas. Y milita. Y viaja. Y llora. Y huye. Irreconciliable con el orden, tiene mucho de aritmética celeste, con esa belleza de abismo que no puede remediar. Como las lenguas.

            Las palabras, las canciones, las lenguas.

            La historia de las lenguas es de serie negra, pienso.

            Mientras Laboa cantaba Txoria y Serrat a y Prada Miña Terra y los tres y otros tantos nos permitían ver, imaginar y sentir algo nuevo, la Mesa del Parlamento Europeo, en su momento, decidía por la diferencia de un voto, siete contra seis, comerse en un suculento estofado de tres lenguas, en euskera, el catalán y el gallego, habladas por millones de ciudadanos españoles y europeos todos. Vaya, bueno, bien.

            Fue el propio Gobierno español el que solicitó tanto al Consejo de Europa como al Comité de las Regiones que admitiese el uso de estos idiomas en la Eurocámara en las comunicaciones escritas con los ciudadanos… Además, el Estado español se ofrecía a sufragar los costes de esta ampliación de derechos, costes mínimos por otra parte. Costes, amigo Javier,   que si bien se mira, son en realidad una inversión. Porque España tiene esa inmensa fortuna de contar con tres idiomas más, además de esa fortaleza internacional, cautivadora y creciente del castellano, hablado por más de 577 millones de personas.

            En el tiempo que dura escuchar un par de canciones de Laboa –esa maravillosa Txoria, txori; en el tiempo que dura escuchar esa canción de Serrat –esa maravillosa Môt–; en el tiempo que dura escuchar la canción de Prada –esa maravillosa Miña terra– el Consejo de Europa se comía tres lenguas centenarias. Vaya manera de conservar las lenguas, la de la ablación de las lenguas. Vaya manía la de confundir las lenguas con los nacionalismos, racismos, populismos. Las lenguas no pertenecen a ninguna ideología. Son de los hombres. Sobre todo de los hombres que cantan, escriben, pintan, crean, aman, viven. Gracias, Laboa, Serrat, Prada, por “la felicidad de la expresión”.

            La historia de las lenguas es de serie negra, pienso. Pero lo importante es el matiz, me digo. Es lo que hace inclinar la balanza, el matiz, el matiz. El escrúpulo. Y yo lo encontré en estos tres hombres tan representativos.

            No me costó mucho. Lo encontré en su segundo apellido: Laboa Mancisidor, Serrat Teresa y Prada Prada. Indaguen. Gracias a los tres por “la felicidad de expresión”.

El autor dedica la reflexión a Mila Arrieta, Ander Manterola, Jon Juaristi, Edorta Kortadi Olano, Idoia Estornés Zubizarreta, Antxiñe Mendizábal, Arantxa Aldalur, Joseba G. Zugasti, Juan Bautista Mendizábal… Y a los Alberdi, los Arregui, los Aguirre, los Irureta, los Sudupe… Y a toda Azkoitia.

1 opinión en “Suculento estofado de lenguas”

  1. Qué hermosa la diversidad, y como nos aumenta nuestro horizonte. Ampliar, ver detrás, aprender de otros, soñar con otros.
    Aprender de otros ….. a pesar de que, como nuestros hijos, se nos hagan mayores…
    Gracias Paco por enseñarnos puertas y dejarlas entreabiertas!!!
    Nuestro horizonte es tan abierto que las fronteras nos duelen….

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