¿Sufren las estatuas?

Árbol.

            El primer fogonazo instintivo de mi memoria, surgido cuando evoco la Plaza de Tirso de Molina se convierte en el núcleo de este artículo y resume un acontecimiento épico, representativo de posguerra, del que siendo niño fui testigo a medias.

            Aunque puede que ya hubiese subido a la plaza con mi padre Román en varias ocasiones, ésta ha quedado como una más destacada de mi niñez. Lo que ocurrió en realidad fue diminuto y cotidiano, pero mi recuerdo y el recuerdo de mis sentimientos dudan de esa certeza. Es más, la rechazan. No puede ser cotidiano ni diminuto un hecho que mantengo claro en el recuerdo con cada una de las emociones y hasta miedos que suscitó, setenta años después de que ocurriera.

            Sudorosos y exhaustos, mi padre y yo alcanzamos la misma explanada, esquina a calle Magdalena nº 2, donde a principios del siglo XX Salesianos Atocha confirmó y prestigió el primer Colegio Mayor para Universitarios, venidos de Utrera a estudiar a Madrid, desde la que todavía hoy se contempla, al fondo, calle Colegiata, sobre sus tejados, las torres de San Isidro el Real, esa cima del barrio, tan íntimamente nuestro, donde nos juntamos para rezar al patrono de la Villa y donde cada Jueves Santo adorábamos al gran Sacramento mi hermano Romanin y yo, agarrados de la mano de mi madre.

            Disfrutábamos unos instantes de esa vista, cuando descubrimos que en la plaza no estábamos solos. La luz era un poco acerada, el viento seco, la alegría diluida, casposa más bien. Algunos anuncios aceleraban una sensación de tiempo muerto, de cierto desuso.

            Junto a uno de los árboles se hallaban tres o cuatro sicarios, pongamos cuatro –de un siniestro más en el mobiliario vivo de la plaza. Hoy, amigo Javier, me resulta claro que serían solo chavalotes, incluso chicos mayores que yo, que habían venido a la plaza para jugar a dola, a las tabas, a las chapas… pero por mi carácter retraído de entonces, deformaba un tanto la realidad.

            Nos disponíamos a enfilar la calle Postas para alcanzar Puerta del Sol cuando mi padre observó que los cuatro chicos, a unos quince metros de nosotros con sendas navajas y gesto sádico tajaban la corteza de uno de los árboles (“Esos sicarios”, ya decía yo”.

-Espérate aquí, voy a decirles algo –añadió sin pensárselo dos veces.

            Y se encaminó hacia ellos.

            Vi que les hablaba con mucha calma y vi, asombrado, como ellos le escuchaban y al poco plegaban sus navajas, las guardaban y se iban.

            Estatuas.

            Volvía hacia mí mi padre dejando de lado, a mano izquierda, la estatua de Tirso de Molina, el fraile trinitario altamente intoxicado de teatro, poesía, literatura, en fin, y con una fabulosa propensión a transitar sendas que cualquier dictadura considera caminos prohibidos.

            Qué hambre de hablar, amigo Javier, pero no por hablar.

            Y es que la estatua de Tirso sustituye a una anterior a Mendizábal, el ministro que desamortizó el convento de los trinitarios, en 1836, emplazado precisamente en este lugar y cuya huerta corresponde en parte a esta plaza llamada del “Progreso” antes de la guerra.

            Recorría, pues, mi padre el trayecto de vuelta hacía mí, cuando repara en un ciego sentado junto al monumento de Tirso y se detiene a su sombra. “El ciego de Tirso” yo lo había visto infinidad de veces por el barrio con su guitarra. Aquí se había alistado a las tropas nocturnas que hacían de madrugada en los cafés de la plaza, galpones que acogían a una tribu de pintores pobres, poetas pobres, músicos pobres y seres magníficos abollados por las pedradas del alcohol y de la vida.

            Este ciego se siente pueblo elegido, está tan poseído de su bondad estructural que no deja nada para la estatua y eso que apenas sí se le ve. Observo sin embargo que sin el ciego el monumento tendría menos sentido. Sucede así, amigo Javier, con muchas cosas: lo invisible suele ser un reactor de deseos o de amenazas, ¿no te parece? Al pie del pie del pedestal de Tirso está medio tirado “el ciego” y al pie del ciego hay unas prendas dejadas al azar, porque vivir es eso. Es despojarse. Es desprenderse. Es desaprender. Vestido de desnudez nuestro hombrecillo convoca la madrugada alrededor de la estatua unas veces, otras a las puertas del “Cine Progreso”, otras bajo los árboles, justo ahí por donde se cuela una leve brisa.

            En posguerra no existía más herida que la vida misma.

            El ciego le ofrece a mi padre un pitillo.

-Román –le oigo decir–, ¿cómo van los chicos?

            Me había sentado en uno de los bancos de piedra, cerca de ellos.

            Y con la humarada del pitillo establecen el perímetro de su charla que habla de llagas emocionales en ambos (fusilaron al señor alcalde de no sé qué pueblo y al señor cura de no sé qué otro). El show comunista estaba dando juego, tanto como el franquista.

-Los chicos en los Salesianos, aquí en Atocha.

-Bizarros esos curas, oye. Nada que envidiar a Zarra, Panizo, Gainza…

-Mira, les enseñan cuentas, cuentas… les dan un oficio y los colocan ya a los dieciséis años.

            En Lavapiés los salesianos habían alcanzado las cotas del mito.

            Por su parte ni al ciego ni a mi padre les importaban nada los mitos. Cuentas, cuentasfútbol Gainza. Sobrevivirse era su más alta conquista. Cuando ya conoces el infierno de una guerra y la más pura pobreza forma parte de tu estética cerebral, todo lo demás importa bien poco.

            Yo veía a los dos con cierta distancia. Era fascinante. Fue fascinante. Sentí por ellos una admiración infantil, inextinguible. En lugar de la espalda, como Quevedo, los dos tenían estevadas las pelotas y, por supuesto, la mala leche. A la magulladura inmensa de un Madrid de vencidos y humillados, los dos sabían que en cercanas callejas de plomo era suyo (fue suyo) un recóndito tesoro, la vasta y vaga y necesaria muerte.

            El ciego, de nariz luminosa y una estructura general de hombre de campo, comenzó primero a rasguear la guitarra, después a sonarla con estrépito. Mi padre apuró el cigarrillo y se despidieron.

            Fue al poco, ya descendiendo por Postas, cuando le pregunto a mi padre por los chavales y por el ciego (Por el árbol y por las estatuas).

            Les he dicho, Paco, que el árbol es de todos, también de ellos; que el árbol sufre y ellos no ganan nada estropeando la corteza. –¿Y te han hecho caso?–. Ya lo has visto.

            El sufrimiento del árbol… Esta ocurrencia me desconcertó en labios de un obrero del metal, que había sido mecánico desde muchacho, estuvo en la guerra y ahora, casi con seguridad, ejercía de pequeño estraperlista entre travesía y travesía a “Granja Poch”, donde trabajaba.

            El sufrimiento de las estatuas… Cuando ya en el último tramo de Postas, antes de pasar a Sol, le dije a mi padre: “Pa, yo no sé cómo hace el ciego de Tirso para recorrer el barrio. Oye, no se tropieza con nadie, con nada. Sabe aplicar ungüentos favoritos traídos de La Alcarria. Pa, es un prodigio en el juego de cartas y en los cantos esos de cordel. ¿Entonces ve? ¿Entonces ve debajo de esas gafas negras?

            Mi padre no me respondió a esto último.

-Sin él viviríamos peor en el barrio –dijo.

            Y es que a la sombra de Tirso de Molina entonces y de Mendizábal antes “el ciego de “Yélamos de Arriba” estiraba el tiempo de algunas madrugadas para pintores, poetas, músicos… y era el único refugio de alivio para los barrios de Lavapiés, Inclusa, La Latina. Setenta años después, reponiéndome de las operaciones de infartos en casa de los Leceta en Yélamos, una amiga de la señora Trini, la señora Carmen, me observó: “¿Así que Vd. conoció a nuestro “ciego”?. –“Sí, sí, claro”. –¿Sabía Vd. que era el mayor estraperlista de Madrid y que la herramienta de trabajo / escondite era la guitarra? Allí escondía él, el café, el tabaco, el azúcar. Su entendimiento con “los grises” era total y le permitía fatigar los empedrados caminos de los barrios… “¡Vaya –pensé yo– vaya con el bucanero ciego! ¿Pero era ciego? Por de pronto las estatuas de Mendizábal y “Tirso” veían a través de él y sentían y sufrían, claro, como los árboles de la plaza.

4 opiniones en “¿Sufren las estatuas?”

  1. Qué bueno, Paco. Entrañable y auténtico. La posguerra inspiradora y necesaria para entender quiénes somos y qué cosas son importantes en la vida. Cuál es la «posguerra» que hará madurar a las jóvenes generaciones?

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