Sagrada Familia

Un espectáculo así, los buenos turineses de 1842 no lo habían visto nunca. En las elegantes calles del centro de la ciudad, un grupito de muchachos cantaba una cancioncilla navideña, dirigidos por un sacerdote. La música era un poco ingenua, pero aquellos muchachos la cantaban tan afectuosamente que conmovían. Don Bosco no tenía un lugar…