Tierra madre Alcarria

Epifanía de sueños y de milagros

Hay rocío como de sangre rosada y espesa.

Fue una intuición, un destello de viajero en las antípodas. No sabía nada. Era la primera vez que oía hablar de su existencia.

Y esa intuición que se abrió paso en mi cerebro tal vez tenga que ver con el día en que nos encontramos en la parroquia, cuando el Libro de los Evangelios me atrapó la mirada y él aceptó acompañarme, seguir la conversión, esa era la propuesta, y luego bajar a las cuevas, a la cueva.

Sí, dijo, son cuevas árabes y judías y cristianas.

Pero la gran cueva es femenina, dijo él, después de haberla visitado varias veces.

Entramos.

Aquí el Sanctum Regnum. Lo dijo seco. Me puse nervioso. Algo muy frecuente en mí. La oscuridad empezó a abrazarme. Me ahogo. Creo que palidezco dentro de la palidez.

Vas acompañado, observa, La Alcarria es tierra de encuentros. Siempre será tierra de abrazos, añadió con la voz animada de quien disfruta de un amigo. Tierra de cruce de culturas, destaca.

No salgo de mi asombro. ¿Por qué Luis del Monte había utilizado aquella expresión, la de tierra de cruce?

Yo había oído a mi tío, mosén Gregorio, defender una teoría parecida en Casbas de Huesca sobre no sé qué cuevas del Paleolítico, en Sierra de Guara, que contienen pinturas rupestres. Mi tío arcipreste me ofrecía siempre escucha, deseo, tiempo.

– ¿Tito y por qué están esas cuevas? ¿Y para qué? Me gustaba mi tito porque daba porqués a sus historias. A la vuelta de setenta años pienso que renunciar a los porqués es un desperdicio.

Avanzamos.

Debajo de la corteza del enlosado de la parroquia de Santa María de la Peña, la tierra está apagada, desfibrada por la oscuridad. Abrasada de cal. La cal.

¿Estás preocupado?, susurra él. No, no, estoy bien, nervioso. Cuando entrábamos en la cueva sí que estabas preocupado. Te lo noté. Eso fue cuando me preguntaste si sentía curiosidad o miedo. Y te respondí que había nacido curioso e intrépido.

Entonces encendiste la linterna.

Una simple terapia de choque, Paco.

La cueva de “Madre tierra” en Brihuega.

Me sentí ya a gusto dentro, con él al lado. En unos minutos me pareció que habíamos hecho juntos un largo viaje, atravesando fronteras y años y que habíamos tenido suerte.

Te dije que la cueva era femenina. Contiene pinturas desconocidas.

Y enfoca alrededor. Luz corta. Ahora larga.

Mira, mira, grietas, vulvas, hendiduras, para entrar así en los vientres de la tierra. Tenían que ser cuerpos muy preparados, ágiles, sutiles. Ojos muy habituados a la oscuridad, aunque usasen teas.

Me brota entonces la inquietud como una torrentera.

Tenían que ser ojos fecundos que preñaron estas bajotierras con maravillosos animales. Mira, mira, Paco, tenían que ser manos sugestivas. Manos de cruce. De hechiceras, de brujas-hadas, de hadas-brujas, de parteras, desbordadas con copiosa amplitud. Manos de Madre-Tierra-Alcarria.

Amparo Ayllón, lanzadera de futuro con Juan, Luis, Ana María y Mauricio, de crecientes institutos de libertad; Sita y “Tole”, la palanca de dos milagros irrepetibles: Sara y Diego; Emilia Gálvez, honda vena en su hijo Joseli, obrero de la justicia y transparente de alma, desde chiquillo; Carmen Jasanada, la vindicadora de lo colectivo frente a lo individual en Manolo, Antonio, José Luis y sus hijos; Toya Barra, felicidad compensada con sus dos hijos, Rafa y Juan y Teresa, la madre de Isi Aragonés, donde desde pequeñajo bullen las ideas, los afectos y el desvelo por los demás.

Manos de cruce.

María Teresa Abad, madre del insustituible Juan Taberné, color recio de la fe, abriendo caminos de caridad como impulso; Luisa, valiente y única, con la despensa colmada de corazones tan desbordantes, como los de Antonio y Fernando Acebrón; María Teresa Palomares, el escudo más social y más humano de los “Laso”: Juan José, Pedro, Javier, Ignacio; Carmen Navarro, la maravillosa madre de “los Sevilla” (Javier, Lourdes, Isabel, Nacho, Juliancho), hincha de las cosas necesarias, de merecida belleza y grandeza y Nieves, madre y abuela de todos los “Rebollines”, bizarros de alma y de cuerpo, océano de amor sin orillas para toda Guada y con Ramón para todos los niños de España con parálisis cerebral en NIPACE.

Manos de parteras.

María Maja, tonelaje de pasión y sentimientos en su inmensa prole “los Santos”, “Transportes Santos” y, sobre todo, en su pequeñajo Pablo; Milagritos Acero, que no exige más argumento que la fuerza de sus hijos: Miguel, Paquico, Luis Gui y María Luisa, todos con espíritu de acero y corazón de oro; Raquel “Hernando” –audaz, acogedora, decidida, amiga– el fragor de Luis, Rubén, Raquel, Virginia y Jezabel y Carmen del Olmo, la madre de “El Rodri”, que junto con Aurora, no sólo me trajeron pijamas nuevos a la UCI, sino la estampa de La Virgen de la Soledad de la Barbatona, a quienes casé en San Nicolás y bauticé a sus hijos Juan y Jaime en Salesianos.

Gallardas de espíritu.

Pilar Martínez, cincel de melodías de “los Guijarro” (Alfonso, Luis Fran y Paloma), con cuyos galantes actos queda airoso su corazón y su talento; Joaquina Ruiz, arpegio de entrega y fe, alegría de sus hijos “los Pole” (Enrique, Guillermo, José María, Nacho); Esther Mira, pila bautismal de Paco, María y Avi, amigo desde adolescente, de los que te defienden siempre por detrás; Trini García, la sabiduría vivida, impulsora de los tres “insólitos” Leceta: Luis, José Manuel, Juanrra; María Antonia Rocha, fragua encendida en el rumbo de sus hijos Arturo y Pilar y en sus nietos; Antonia Borda, la gran conspiradora de ser ella misma, la viga maestra de María Antonia, María José, Manolo, Juan Antonio, Rafael y Jesús, todos amigos, sobre todo Manolo; y Ana María del Amo, madre de mi amiguísimo Carlos Burgos, mi representante en tantos foros a mordisco limpio si es preciso.

Luis del Monte y yo seguimos caminando la entraña de La Alcarria.

La mano vacía incorpora a Ana María Grande, la madre de Ana, grande en todo y Fernando Ruiz, triunfadora con su hijo en hospitales tan distintos y distantes de Vitoria, Logroño, Madrid (La Paz y Princesa); Julia García, desinfladora de cansancios, bálsamo de fierabrás del Robert, Pilar y Merche, y la mejor “abanderada” de La Fuentesanta en Horche; María José Sánchez, empadronada en Gusan, con su hijo Miguelete y María, orfebres postineros, a quienes casé en San Nicolás de Guada y sus hijos-nieto Rodrigo, Patricia y Guillermo, a quienes bauticé en Olmeda de Cubeta, con agua del Jordán. Olmeda y Molina aún tenían los colorines amables de los recortables de posguerra.

Mientras manos chocan el misterio, la magia, la ilusión. La ilusión de que hay algo al otro lado de la pared. Y Luis del Monte se mira la mano. La palma de la mano. Y los dos nos miramos las manos. Las palmas de las manos.

Caladero de madres coraje La Alcarria.

Melita del Carmen, madre de asombros sobre sí misma, instalada en la acera anónima de la vida para que brillen sus hijos Carlos, Jorge, Diego, Melita y Arturo, caudaloso, febril, internacional, gran amigo, con sus hijos Felipe en el centro de todas las cosas. De todas las cosas del arte y la comunicación y Amanda, afianzada en su perfil universal, a quien bauticé en Durón. Encarnación Gómez-Tello, de talento constante y trabajo sin hora, forja de su hijo Vicente, médico contaminado de amor por la vida; Elsa Zofío, artista plateresca de tres Infantados: Diego, Nacho y Elisa; Petra Torres, la lucidez permanente y el sentido común más brillante, madre de Juan Antonio “San Torres”, noble, digno, amigo, y Carmen Medel, esa casa acabada, con carácter multiplicativo, ensalzada con esos pesos pesados de Carmina, David, César y Ángel Luis, “los Lorenzo”, galpón de buena suerte y trabajo.

Amigo Javier, no puedo dejar de perder esa “Madre-Tierra-Alcarria” desde la entraña. Estoy obsesionado con una superstición de mi madre Nieves y de mi abuela Mamá Nona, que quien no tiene sombra tampoco tiene un pasado.

Pasé días enteros al sol para verla desaparecer. En vano.

María Teresa Salgado, creadora poderosa instalada en una larga victoria orgánica: Iñaki, Mariate, Blanca, Begoña e Itziar, instalados en ella en un equilibrio perfecto con la armonía de su intimidad; Mari Carmen Cozar, orfebre de hijos tan solidarios como Juana Mari, José Manuel y Samuel “del Pozo”, de extrema lucidez, de gran corazón, ¡ah! y el mejor deportista del cole, amigo mío de todas las estaciones. Toñi Pobre, epicentro de los “Pouso”: Belén, Carlos y Fernando, llaves maestras los tres de buen humor y de audacia sin tregua. Fernando, ese as en la baraja vital de “mis nietos” (Gracias); Pilar Martínez Zofío –Pilu–, luminosa y admirable. – ¿Recuerdas que te dijo mamá en La Antigua? (Fui cinco años capellán), me preguntó Mario García. No, nada, bueno, que ella aterrizó en esta perra vida, para eso para quereros y la capacidad de jugarse el pellejo por ti, por “los Sanjacinto”, sin romperse por dentro ni por fuera.

Luis del Monte me advierte que tengo la nariz morada de sangre huida de los vasos (tanto ADIRO). Despotrico conmigo y rezongo que no se entrometa.

¿Te estás enamorando ahora, Paco? –dice.

No, no, sólo me estoy alelando.

¿Y cómo es eso?

Estupendo. Parecido a un amor de luna de miel que solo ocurre en mi imaginación.

Madre-Tierra-La Alcarria.

Doña Rosario”, maestra y qué maestra en Cifuentes cuarenta años, gastando voz con ecos de bóveda en la escuela, en la parroquia, en la familia, para abrir brechas de convivencia y fe católica en sus hijos Dani, Luis, Rosario, regazo de esfuerzo y dedicación; Manoli, Machi, humanista con el corazón forjado para el combate con los mejores hijos Paquito, Jorge y Ana María López Cascales; Emi, festival de afectos, posturas y códigos domésticos, entre escudos de mazapán, con sus hijos José, Luis, Manolo y Julito, “Los Cámara”, elegancia de Guada; Carmelina, lumbre de familia y muestra de refinamiento que hace de sus hijos Rafa y José María una estela con solera, fabulosa generación de deportistas, “Los Zurro”.

Hay rocío como de sangre rosada y espesa.

Aquí los robles son novelas, los rebollos relatos cortos, los pinos son alfabetos –íberos, celtas, euskaldunes–, las vides son salmos, las enredaderas proverbios –judíos, árabes, cristianos–, las aliagas refranes, el romero es una canción, el laurel es profecía, las violetas piropos, la lavanda poemas.

Parece que volamos Luis del Monte.

¿Dónde estamos?

Sobre el mirador de Santa María de la Peña. El paisaje, rotundo y redondo, inconfundible. Me cuesta un rato sacar una respiración profunda, para poner distancia. Me acabo de despertar. Recuerdo a mi abuela Mamá Nona untándose en los párpados las primeras violetas que brotan después del invierno. Yo me unto lavandas.

Huyo de ese mundo que borra los siglos de la cultura, de la religión, del amor para ponerlos debajo de las ruedas del odio y de la guerra. Huyo de ese mundo que borra los siglos de las montañas para ponerlos debajo de los pies de acero de los robots o de las ruedas del ferrocarril. Manos de parteras.

3 opiniones en “Tierra madre Alcarria”

  1. Paco, he disfrutado recordando nombres y apellidos de muchos que fueron también mis alumnos de más pequeños que les pillaste tú. Me admira tu memoria, y el amor y fidelidad a la amistad que está detrás de ella: no recuerdas por recordar, recuerdas pasando por el corazón, y además sabes decirlo. Supongo que todos los nombrados se sentirán muy orgullosos de tener un rinconcito en el tuyo. Esa es también mi tierra, ya sabes, pero en mi caso, más desmemoriada…

  2. Admirable y entrañable momento de recuerdos. Su lectura evoca sueños, anécdotas y experiencias dentro de la Familia Salesiana.
    Alabanza, oración y homenaje al gran pilar de toda sociedad con valores: La Madre.
    La madre de cada uno y, por supuesto, La Madre de todas las madres: María Auxiliadora.
    Mi agradecimiento por nuestro «cameo».
    Un prosélito abrazo.

  3. Bonito y sentido. Admirable y admirado Don Paco. Con esta nota, envío mi recuerdo y agradecimiento por la huella que dejó en nuestra formación y que sigue marcando.

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