Tiroteado en Nicaragua un obispo salesiano

Con buena voluntad, aquello podría considerarse un descuido.

  • ¿Eso es todo? –pregunta Vásquez.
  • Más o menos.

            Franklin Vásquez prepara las armas.

  • ¿Qué más tenemos?
  • Al obispo cerca y la historia esa del falso diálogo con la oposición.
  • La oposición y el obispo ese dan asco.

            El viernes por la noche salió a las ondas un reportaje sobre los obispos de Nicaragua (CEN). Sostenía que las cosas están ya cansadas y así dejan a nuestro comandante Ortega en cueros ante el mundo.

  • ¿Todo en orden, Vásquez? –dijo.
  • Sí.
  • Sólo nos falta disparar ya.
  • Sí.
  • Es suficiente, todo en orden, okey, entonces podemos empezar, ¿estás preparado? – Sí – Mírame a mí ¿okey? Olvídate de todo – De acuerdo – Entonces empecemos – Sí…

            Disparan arriba y abajo, desde el chasis hasta las ruedas, en la espesura, y hablando de aquel viento que no cesa. – Buen día, obispo – Buena suerte – La recompensa por tu cabeza parece una colección de ceros.

            “El pasado día 15, amigo Javier, en lo que parece ser un ataque planificado por los paramilitares, el coche en el que viajaba el obispo salesiano Abelardo Mata fue tiroteado por un grupo armado apostado en la carretera que une la capital, Managua, en Masaya. El obispo y su conductor resultaron milagrosamente ilesos, mientras que todos los cristales del coche y dos de sus ruedas fueron destrozadas por no menos de una docena de impactos de bala. Mata participa en el diálogo entre Gobierno y la oposición”.

            Con toda la intención, aquello ha sido un asesinato fallido.

Juan Abelardo Mata Guevara, obispo de Estelí, en Nicaragua, cuando habla lo hace en calidad de representante y hasta portavoz de la Iglesia católica. La condición de elegido por los demás obispos no le otorga el derecho de hacer de su capa un sayo. Ni muchísimo menos. Incluso en los aspectos más retóricos, sus palabras comprometen a la Iglesia que representa. Se da por supuesta en estos lances con el gobierno de Ortega una prudencia que deja siempre a salvo el “buen nombre” de lo representado.

            Jamás Don Abelardo confundió su misión institucional con el disco duro de su biografía, mientras representa el papel, siempre autorizado, de conductor del asiento de atrás de la Conferencia episcopal hacia Nicaragua como su Secretario. Con ese admirable don que algunas naturalezas tienen para el encuentro, el obispo salesiano Mata Guevara, hace el bien sin mirar a quien y denuncia los más de 400 graves crímenes contra la humanidad, perpetrados por los “seudocomunistas” de Ortega en esos meses.

            Llegados a este punto, hay que ajustar algunos detalles.

            Roberto Petray, su asistente, indica que el obispo “fue interceptado por paramilitares que rafaguearon su carro, le quebraron los vidrios y quisieron quemarlo”. Salió ileso y se refugió en una casa, adonde se presentaron agentes de la Policía Nacional que lo custodiaron hasta Managua.

            ¡Ay, amigo Javier, estoy mirando los letreros de las calles de Nicaragua. Esa caligrafía deprimida es la caligrafía del pueblo.

            Sí, sí, hay que quitarlos antes de que lleguen los paramilitares. Aunque ya están ahí. Eso no es un coche, eso es un tanque. Ahora se llevan mucho así. Se han expandido por todo el país. Cuando vas por una callejuela con las banderas de Nicaragua, aparece uno de estos y notas a tus espaldas la presencia amenazadora de la maquinaria pesada del Sandinismo todavía. Notas la impaciencia de Ortega, el engranaje maxilar de la Murillo, e intentas apurar el paso, ¡quién tuviera una bandera blanca, o la cruz roja en la espalda!, hasta que logras meterte en un portal, esa apisonadora sigue tu camino y deja atrás el mensaje turbio y asfixiante del tubo de escape: “¡Vives, necio, de permiso, idiota!”. “¿Espectáculo el obispo “don Abelardo”? Nada de eso. Vida, plena, obra alta, decisiones arriesgadas y clarificadoras. Así habló en el diálogo con el gobierno:

  • Este, gracias, muchas gracias, Dr. Tinerman. Si me permite, hablo como Secretario de la Conferencia Episcopal nicaragüense.

            Un rumor se escucha en la sala. Crece un silencio de novela de Ágata Christi. Abelardo Mata Guevara es un grande de la Iglesia católica, un grande del pueblo nicaragüense, un grande de la vida de los muchachos con su Universidad de Seco Alto.

  • Vayamos directos al corazón del tema, Dr. Tinerman – dice Mata Guevara-. Desde el punto de vista jurídico, el Diccionario de Guillermo de Cabanellas define así la revolución: 1. Cambio violento en el gobierno o institución del Estado. 2. Intento de modificar por la fuerza el régimen o autoridad constituidos cuando son dominados y 3. Todo género de alteración del orden público.

            La gran asamblea del diálogo aguanta la ansiedad del momento.

  • Pienso que no soy dramático –continúa Mata-. Me duelen los policías, me duelen los jóvenes, me duele tanto dolor de las mujeres. No podemos seguir así. No es una petición, es una exigencia lo que pide la Conferencia: que se retire la policía a sus cuarteles…

            Un aplauso atronador y mantenido irrumpe en la sala, al que se sucede un grito solemne: “¡Ni un muerto más!”, como una necesaria apoteosis.

  • Señor Presidente –concluye el salesiano obispo- lo que nos ha traído aquí es la patria, es Nicaragua. Repiense con su gabinete los caminos que ha recorrido. Ha comenzado, con dolor lo digo, una revolución no armada. No se trata de ejércitos contra ejércitos, sino del ejército contra la población. Si quiere Vd. desmontar la revolución no es a fuerza de presión, de balas de goma, de balas de plomo, de paramilitares… y a los jóvenes les pido que al mismo tiempo que aman a su patria sepan doblar la rodilla para pedir al Espíritu de Dios la ayuda necesaria… Señor Presidente, no es una petición, es una exigencia

            Ahí ha vuelto triunfal “Don Abelardo”: “No es una petición, es una exigencia”. Una esquina de Managua se ha convertido en un local universal de la libertad. El salesiano Mata Guevara se levanta con la huella que deja en los ojos una transfusión de abismo. La gran exclusiva está ya en marcha: ¡Sois un valiente, Don Abelardo! Nunca me había sonado tan íntima esa palabra: valiente. Da una vuelta en torno a mí, la palabra y me lanza un cross a la mandíbula. Me gusta el tono. Me gusta el acento. Me gusta todo. ¡Sois un valiente!

            Sigo mirando los letreros de las calles de Nicaragua.

Siguen diciendo: «Nos están matando». Esa caligrafía deprimida es la caligrafía del pueblo.

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