«Traer historia». Sancho el Sabio: Revista 1991

Amigo Javier, para llegar hasta el fondo de Sancho el Sabio. Revista de investigación y cultura vasca, hay que pasar por las tuberías de Paco de Coro. Todo arranca en una escena que ya es leyenda personal para mí y que las crónicas oficialistas ignoran. ¡Habráse visto! Una noche en uno de los cafés de la Plaza de la Provincia, de Vitoria, ya Gasteiz, hablo con Don Jesús Múgica, alma mater de la institución/fundación. Es invierno de 1990 –nos conocíamos desde 1973, en la que yo avanzaba en mi Memoria de Licenciatura– y en una mesa cercana un caballero de ojos hondos y txapela en lo alto juega con una pequeña navaja a pespuntear el espacio que queda entre sus dedos enguantados sobre el velador. El recorrido con el acero no siempre es limpio y el guante acumula no sólo polvo, sino pequeños rastros de sangre.

-Un arabesco lateral, Paco, eso es lo que soy, un arabesco lateral en la Kutxa. – Ya será menos, Josemari. – Por nuestros buenos tiempos… y brindamos.

            Consciente de que nada se ha movido desde los griegos, me voy zampando reuniones, mientras me instalo en el epicentro de un grupo surrealista que capitanea el presidente y un grupo de caciques de provincia. Sin pensarlo demasiado empiezo a danzar entre esos políticos vanidosos con algo de revolución en mi mente bipolar, a mitad de camino entre la inteligencia y la neurosis, mis clases (hasta 2003) a los jóvenes estudiantes salesianos de Madrid, Lisboa, Valencia y León y mis prédicas en la parroquia de San Agustín de Rentería.

            Nunca he manifestado interés por escuchar mugir el ganado de cerca. O sea. Todo, todo el diseño interior de la Revista es mío y el exterior de Antonio Ciprés y Lourdes Arroyo Vicente. Al preguntarle a la chica si ese Vicente era de Salamanca, ella me dio una respuesta contundente: – Pues claro y del barrio de La Vega. Tuve un tío salesiano, Juan Miguel Vicente. Lo asesinaron en un atentado en el Caribe. – Juan Miguel –le respondí– fue compañero mío en los años de seminario en Arévalo y el barrio de La Vega lo pateé todos los sábados durante tres años con una especie de Oratorio que creamos José Luis Pérez –Chelina– y yo. Pensé enseguida que Lourdes podía ser la diseñadora de nuestro proyecto y así lo manifesté. Pero la directora técnica y la directora de Artes Aplicadas, esposa de Jover, presidente de la Kutxa anterior, prefirieron a Ciprés, por otra parte excelente en todo.

            Las horas del escritor caen en el pozo del tiempo, pero no se quedan dormidas para siempre. El grito de los amigos y de la intrahistoria me despierta erecto y atrapa entonces mi pequeña navaja que salta de contento. Mira, amigo Javier la plantilla de ilustres que dan fe de nuestra andadura, además de los necesarios y razonables, divididos en tres Comités (Dirección, Redacción y Consejo), abrí sitio a dos grandes humanistas, por salesianos: Cosimo Semeraro y Jesús Arambarri, el primero por Secretario General del Pontificio Comité de Ciencias Históricas del Vaticano y el segundo, doctorando entonces en Maguncia, por su posesión real de lenguas vivas, como el alemán y el euskera, y ¿muertas? Como el hebreo, griego, latín.

            Al asa de Semeraro y Arambarri y sin atascarme en las atarjeas del convencionalismo academicista, añadí a Arbeloa, Benineli, Laboa, Aranguren, Martínez Millán, Tellechea, Tusell, González Langarica y Zugaza, todos diamantes y buenos amigos. Arbeloa, socialista historiador y poeta; Benimeli, patriarca de estudios masónicos; Laboa, armador incombustible de Historia de la Iglesia; Aranguren, antropólogo y filósofo; Martínez Izquierdo, canalizador brillante de los Austrias; Tellechea, fulgor de inteligencia y amistad; Tusell, esencias de “democracia cristiana”; Langarica, archivero minucioso y Zugaza, anatomista de pinturas, que participó en Bilbao, en el evento de mi premio “Miguel de Unamuno”. Bien.

            El día convenido en la Sala de Conferencias de la Biblioteca Nacional de Madrid presentamos Sancho el Sabio Fusi y yo, en un mano a mano, pues tan sólo a los postres del Acto llegaron presidente y directores de distintas instituciones de la Kutxa, retenidos a la entrada de Madrid por las imprevisibles colas que se forma, quienes departieron después con Fusi en una merienda en el Café Gijón, toda vez que el ilustre profesor denegara aceptar el cheque de ochenta mil pesetas que la Fundación le ofreciera. Suum cuique! Mientras tanto yo me entretenía largo rato con mis incondicionales salesianos Rafael Alfaro, Valentín de Pablo, Aureliano Laguna, Martín Flores, Mariano Sanz Bayón y un montón de alumnos del “CES Don Bosco”, que llenaron la sala, no tanto por la Revista, que les importaba un bledo, cuanto por el afecto que se genera entre el profe salesiano y sus alumnos.

            Por lo que se refiere a Don Miguel Artola para la presentación en Vitoria, después de ofrecerle varios modos de venir a Gasteiz, tan sólo aceptó ir y volver en coche particular, chupándome yo los cuatro viajes, de puerta a puerta, junto con uno de los chóferes oficiales de la Kutxa, mientras el ilustre profesor, de conversación fácil, entre el círculo y el cuadrado, centro del universo, pontificaba con tino y gesto, agradable.

            Bueno. Carezco ya de razones para engañarme a mí y a mis lectores que antes eran muchos, ahora no tengo ni idea. Escribo porque a mis 78 años quiero sentirme vivo: El blogDe andar y pensar” ha movido, a su manera, la piedra que me impedía entrar en la gruta de la resurrección. Apenas soy capaz de escuchar el sonido de la página en blanco, entre el rasgo de mi boli PILOT G-2 07 y el temblor de mis dedos.

            Hace pocos años se ha publicado “on line” una “Memoria histórica” de la Revista Sancho el Sabio, sin acudir a Paco de Coro, pionero y eje vertebral honesto, créeme, de los inicios en su segunda etapa desde 1990 hasta 1995. Pero como en tantas llamadas “Memorias históricas” (padecemos el síndrome hoy de “Memorias”) tampoco ésta pretende –como recordaba Santa Teresa– “traer memoria” para no olvidar la lección de los errores pasados. Esta llamada “memoria histórica” no quiere “traer memoria”, sino “crear memoria” para el desquite y la agresión de alguien (no sé de quién), para alimento del resentimiento (no sé de quién), para satisfacción de ventajistas y sectarios (sí sé de quién). Por eso, mientras esa valiosísima documentación escrita y esa memoria de Rodríguez de Coro está siendo reducida a pavesas o confetti en Vitoria-Gasteiz; es lógico que yo intente desenterrarla, porque no se puede destruir así como así, un episodio tan bonito y tan creativo de la historia de España (y muy especialmente del País Vasco) y tan pedagógico en la mejor escuela de Don Bosco y en la del Padre Manjón, en la que se educó mi madre, maestra del Ave María de Granada.

            Amigo Javier, nunca me importó la maledicencia de los hombres sabios (porque el sabio nunca cae en ella), imagínate la de los mercenarios y envidiosos, prietos de codicia y deshonra. Inauguré ya en 1990 la revista Sancho el Sabio con un verdadero apetito y la tuve que cerrar demasiado pronto (1995), sin saciar el hambre. Ya te lo iré contando, pues una cosa es Sancho el Sabio y otra “Sancho el Tonto”, porque aquel campo arrasado por el viento de la política permanece repleto de semillas, claro.

1 opinión en “«Traer historia». Sancho el Sabio: Revista 1991”

  1. Encantado de haber participado en parte de esa historia gasteiztarra que barras, tantas veces oída de tu boca, tran un café lito en el Mentiron, la ya inexistente en la calle Badaya… Suscribo todo lo que dices y me suscribo a todo relato tuyo que me lleva a tan bellos años, recuerdos, fechorías y bendiciones. Un abrazo

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