Tú calla, que no eres del grupo… 0, ¿sí?

Cuando somos padres, es innegable que todas las dimensiones de nuestra vida se ven influidas por esta circunstancia. Y es que en el duro y largo proceso de la crianza de nuestros hijos y nuestras hijas, los padres y madres nos vemos obligados a vivir nuestros compromisos, nuestras actividades y nuestras vocaciones con un bebé o niño llorando a tu lado, si no varios.

En nuestra experiencia de padres de familia numerosa, junto a la de ser salesianos cooperadores, hemos comprobado cuántas veces una oración ha sido interrumpida por la pelea entre hermanos o por el llanto de unos u otros. Es imposible olvidar ciertos hechos que no por cotidianos dejan de ser importantísimos: cuántas bolsas de chuches habremos comprado, cuántos folios pintados y recortados, cuántas reuniones de catequistas han sido llevadas a cabo en la hora de lactancia o en la merienda de los niños, atendiendo varias cosas a la vez. En cuántas sesiones de catequesis habrán querido participar alguno de nuestros hijos con el consabido “no, tú calla, que no eres del grupo”. Incontables momentos. Los padres llevamos la mochila así de cargada.

Nosotros, que a menudo nos preguntamos cuál es el legado que les dejaremos a nuestros hijos e hijas, no podemos evitar pensar que todos esos momentos vividos en “nuestras actividades” les están ofreciendo un ejemplo, una referencia vital, un inmejorable mapa para guiarse en el complicado camino de la vida. Como dice el papa Francisco, todos somos evangelizadores y qué mejor evangelización que el compartir con nuestros hijos las andanzas, las actividades, las reuniones, los compromisos, así como las ilusiones, las preocupaciones por los hermanos y compañeros, también los desencuentros y reconciliaciones, y, por supuesto, las convicciones, transmitidas con ilusión, sabedores de que formarán parte de su mochila vital. Es nuestro legado, es nuestro mensaje, es nuestra participación en un proyecto más grande, es nuestro sueño de vida. Ser hermanos, ser cristianos, encontrarnos en el camino, caminar juntos y construir un mundo mejor, más fuerte, más sincero, más comprometido, el Reino de Dios, en definitiva. Es compartir la vida, con sencillez, pero en familia, en comunidad, con los hermanos, con los hijos e hijas, con los que están, con los que se van, con todos.

Fuente: Boletín Salesiano

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