Un carrito de bebé

Dejo atrás la plaza de los comerciantes muertos y enfilo la calle Lavapiés hasta la plaza de Tirso de Molina, hasta esa tierra de todos, donde los nostálgicos de siempre dicen que nunca se acaba de morir.

Amigo Valiente, en la plaza de Tirso hay cosas increíbles: una vieja que baila arrastrando los píes, que transforma, para pedir unas monedas, la última miseria en la última mueca de placer. El muchacho que lleva los auriculares puestos: qué serio, qué curioso. Y el hombre mayor que cuelga ropa en un tendal de la plaza: qué interesante es la ropa colgada en pleno Madrid y qué meditabundo está el hombre viejo mientras coloca las piezas con armonía de orfebre. Y los operarios de telefonía que se suben a una escalera: qué inventos esos los de la telefonía y la escalera. Y el cura ensotanado que camina hacia la calle Colegiata de San Isidro, tan erguido, tan inalterable, tan silencioso. Y una joven pintarrajeada como un clown, haciendo ejercicios gimnásticos en mitad de la calle, cortándola, respondiendo al desprecio del mundo con el desprecio de una pirueta. Y más allá del músico que rompe el aire de todos con su trompeta, y el pintor que, a falta de otra cosa, pinta en el suelo de todos con tizas de colores. Y las graciosas chinitas con paraguas que atraviesan dos setos saltando como mirlos despistados. Y la vendedora que va al mercado de La Cebada con un carrito de bebé lleno de naranjas. ¿No es eso extraordinario?

Sentado cerca del monumento a Tirso, que da hoy nombre a la que fuera la Plaza del Progreso, no dejo de advertir, amigo Valiente, que hubiera deseado caminar un poco más, hundiéndome entre las calles de mi barrio. Pero hoy –me he dicho- parecen a lo lejos más cerradas, más compactas, más estrechas. Se ve el amontonamiento de las casonas de la calle Colegiata. Toledo y Puerta Cerrada bajo ese cielo de la tarde otoñal. Y adivino la penumbra de sus interiores y el cansancio de sus años y de sus habitantes.

Pero lo que ocurre cuando uno se queda así largo tiempo, casi inmóvil, es que le parece fascinante la actividad del hombre. Estoy quieto, apesadumbrado, me niego a pensar. ¡Dios santo! ¡Cuántos mendigos hay ahora bajo los árboles o adunados entre los puestos de flores! ¡Cuánta gente ha perdido su esperanza! Sigo quieto. No hago nada. Observo, miro con detención. Hay una clara unión de miradas distintas. Y de improviso me digo que tengo que aportar algo. Una idea. No sé. También aportar una idea es naturaleza. Los seres humanos han ido incorporando esta tarde cosas maravillosas a la naturaleza. Las auriculares, los paraguas, las escaleras, la trompeta, las tizas de colores, el carro del bebé. ¡Qué curioso el picapedrero que labró este banco donde estoy sentado!

Mientras camino por la profundidad de mis calles, me parece un milagro mi ansia de vivir: un milagro consolador y que yo y mi ciudad están necesitando, sobre todo yo, para así poder seguir creyendo.

Hay que ver lo que en su momento de respiro se puede ver desde un banco. ¡Qué curiosas resultan las personas con un paraguas, auriculares o trompetas! Mirando así, hacia lo lejos, tengo una extraña autoconciencia del día de hoy por Lavapiés… y ¡zas! A punto he estado de chocarme con una chica que va leyendo un periódico mientras camina con su perro que va leyendo en el suelo. ¡Qué curiosos los dos también!

1 opinión en “Un carrito de bebé”

  1. El aroma cosmopolita, la diversidad cromática, la vestimenta irracional, la ecología motora, la peluquería colorida, las ferreterías y pinacotecas dérmicas y, en definitiva, todo lo objetivo que se graba en mi retina despierta la curiosidad y me hace condescender con esa «fauna humana».
    Pero dentro de la muralla vuelvo a mi racionalidad y mi vida ortodoxa.
    ¿Acaso es necesario un viaje a ese lugar dónde tu coherencia se convierte en incoherencia espacial?

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