Un fraile británico en tiempos del ‘Brexit’

Los niños necesitan certezas.

Los mayores necesitamos certezas.

            Me gustan esos hombres en los que destacan las orejas (reales o figuradas), que tienen cara de escuchar y de creer en la potencia genésica de las palabras.

            Las palabras. Nos hemos habituado a denostar los discursos, las conferencias, las homilías, las clases, cuando el lenguaje es la parte más sustancial del político, del conferenciante, del sacerdote, del profesor. En eso no se diferencia de la poesía ni de la expresión científica. Cuando nuestro Ramón y Cajal decidió adentrarse en el estudio del cerebro humano, no dijo para la ocasión: “¡A ver cómo anda el tarro!”. “¡A ver como anda el patio!”. Escribió: “Sentía yo entonces vivísima curiosidad por la enigmática organización del órgano del alma”.

            Y a la vivísima curiosidad sucedió la entrañable dedicación en el silencio y a ésta la rotunda tenacidad de los días y de los años. Formulado primero así el propósito y después practicado, las neuronas se le mostraron en toda su elegancia.

            Setecientos años después de su muerte, la figura del fraile franciscano Guillermo de Ockham se sigue agrandando como el gran innovador de la filosofía medieval, donde la creatividad, la reflexión y por qué no la improvisación eran más importantes que la rutina. Fue el padre del nominalismo, que sostenía que los conceptos sólo existen en la mente y además como meras abstracciones. Es decir, que, dando la vuelta a Platón, aseguraba que lo real no es lo universal sino lo particular, la pluralidad de los seres.

            Camino, Javier, una tarde de lluvia por el Trastévere del verso triste de Rafael Alberti. Fue en 1970 y de la mano del andalucista José María de los Santos. Me recreo hoy en el ámbar de los siglos –Siete-, mientras doy vueltas a cómo atrapar los contornos borrosos de la realidad, de nuestra realidad desacertada o no, de la mano del pensador de Ockham. Fue este fraile heterodoxo el que se enfrentó al poder del papa Juan XXII y de los poderosos dominicos en defensa de la pobreza franciscana como expresión seductora de la autenticidad de la fe, una idea que la jerarquía eclesiástica encontró perturbadora. Fray Guillermo fue confinado y tuvo que exiliarse bajo la protección del emperador Luis IV de Baviera.

            Tras ganarse numerosos enemigos vivió dedicado al estudio y nos dejó una extensa obra, por la que todavía se le reconoce, la llamada “navaja de Ockham”. El franciscano afirmaba que la hipótesis más verdadera suele ser la más simple. Por ello, mantenía que, si un fenómeno se explica por causas lógicas y aparentes, no hay necesidad alguna de recurrir a otras teorías de imposible verificación.

            ¿Acertó Fray Guillermo al fin con el diagnóstico? Creo que es de un rigor ambiguo y puede atrapar los contornos borrosos de una realidad desacertada. ¿Y en cuánto a la duración? En cuanto a la duración, también se puede decir con precisión indeterminada que se trata de un fenómeno pasajero pero no episódico, sin duda superficial aunque con raíces profundas. Por descontado que su naturaleza es de una volatilidad sumergida. Quizás, Javier, te indigne el uso de tantos eufemismos para maquillar la realidad. ¿Pero todavía existe la realidad? Uno de los humoristas neocon que asesoraban a Bush manifestó a los ansiosos informadores de economía: ¿Quieren saber ustedes cuál es la verdadera realidad? Vayan, vayan entreteniéndose con ésta, mientras les preparamos otra”.

            Y en ello estamos desde que empezó el juicio al “procés”. Qué digo, desde que empezó el “procés”. Qué digo, quizás desde que empezó el trayecto concreto de la autonomía catalana por el filo de la Constitución de 1978, mientras el Estado se derrumbaba y algo olía a podrido en la Generalitat, donde cunde el grito de: “¡Cuerpo a tierra que vienen los nuestros!”. Bien.

            La navaja de Ockham, amigo Javier, puede ser utilísima para los siete magistrados del Supremo que llevan juzgando a los líderes independentistas por espacio de más de un mes. Y ello, como vamos viendo, porque los abogados de los políticos que se sientan en el banquillo ofrecen una fantástica fabulación –hasta retorcida y torticera- que pretende negar cualquier tipo de responsabilidad en sus actos. ¡Ay, esos y otros y tantos trileros de la historia!

            Según eso los acusados no asumen la simple y evidente explicación de que ellos -¿ellos?- jamás quisieron forzar la independencia de Cataluña al margen de la ley y contra las decisiones del Constitucional y se amparan en pretendidos refugios donde la inverificable voluntad colectiva esconde sus actuaciones. Descrita por cautos abogados, la “crisis” que se está juzgando sonaría tan sólo a una inevitable seducción primaveral.

            Vivimos días de una democracia avanzada y conviene recordar que la libertad no se regala, sino que siempre está amenazada, que hay que defenderla o conquistarla, incluso con heroísmo supremo.

            Así pues, los siete jueces del Supremo viven sometidos a una constante presión del independentismo, que ya anunció al principio que no aceptaría otra sentencia que no fuera la absolución. No hay más que escuchar los aseados discursos de los abogados para comprender que su defensa se basa siempre en desdibujar la causa y lanzar cortinas de humo para ocultar lo que verdaderamente importa: que vulneraron la ley y ya está. Eso y ninguna otra cosa es lo que se está juzgando.

            Estamos ante la más perniciosa aventura de nuestra existencia democrática. Que no son presos políticos, que son políticos presos. Que no están en el banquillo por sus ideas, sino por intentar socavar la Constitución a través de farsas y declaraciones unilaterales de independencia, que ahora banalizan con caradura chulesca propia de barriobajeros y macarras.

            Y así nos vamos “entreteniendo con esta verdadera realidad, mientras nos preparan otra”. Al fin y al cabo, venimos todos de una “crisis de crecimiento”. Eso es lo nuestro. ¡En crisis y creciendo! Lo que de verdad acojona es desacelerar acelerando. Pasan los cientos de miles de independentistas por el Paseo del Prado hoy, 16 de marzo de 2019. Forman una próspera y ordenada caravana. Eso sí que es una performance y no las de la Tate Modern. Leo unas pancartas: “Libertad presos políticos”. “Derecho a la autodeterminación”. Leo dos grafitti frescos: “Qué caro es ser catalanista”, “Lo más caro es ser pobre”. Quizás los manifestantes piensen que todos conspiramos en la Corte para frenar su programada pasión patriótica. Y es lo que no pasa, para nada. Los muchachos y los hombres se están matando con los videojuegos en los cibercafés y las mujeres –bastantes- hojean revistas de pasarelas, otras –pocas- abren libros como hacía Cárdea, la mejor de la mitología, la diosa de las cerraduras, las bisagras y los quicios.

            “No hay que multiplicar los seres sin necesidad”, decía el fraile británico, Guillermo de Ockham. O sea que la explicación más sencilla, verdadera y consciente es que los acusados hicieron lo que todos vimos y que desafiaron al Estado en la seguridad de que sus actos no tendrían consecuencias. Una vez más “la navaja de Ockham” separa la paja del trigo en el “procés”, en tiempos del “Brexit”. Granan los artículos de nuestra Constitución en intensidad y abren sus surcos en el olvidado mañana. Revisamos la historia, nuestra historia. Que sus trileros, vinculados en principio a las mafias, se han convertido en grandes capos que todo lo dominan. Y revisamos la historia con “la afilada navaja” de Ockham…

            Los niños necesitan certezas.

            Los mayores necesitamos certezas.

1 opinión en “Un fraile británico en tiempos del ‘Brexit’”

  1. Todo fluye y todo se enreda…..por eso no nos deben figurar los cambios. Quizás nuestros hijos nos vean como los que miraron el nudo sin atreverse a romperlo. Utilicemos la “navaja” y dejemos que corra la historia

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