Una hora en un banco

Hace poco puse en práctica uno de los ejercicios que proponían en una charla de psicología a la que había asistido: me senté durante una hora en un banco de un parque cercano a mi casa, sin móvil, ni libro ni ninguna otra distracción que me impidiera cumplir con el objetivo de ese ejercicio, que consistía en algo tan aparentemente sencillo y simple como estar a solas conmigo misma.

Lo primero que me ocurrió fue que sentí una cierta vergüenza por si alguien me preguntaba si me pasaba algo, o por si la gente podía pensar que no tenía nada mejor que hacer más que estar ahí, sentada. Tras superar esta primera sensación de ridículo, empecé a tener un sentimiento de vacío y cierta angustia –¡el tiempo se me hacía interminable!–, y no fue hasta pasados los primeros cuarenta minutos, cuando conseguí relajarme, olvidándome de todos los mensajes que mi cabeza me enviaba sobre la extraña situación y sintiendo, en cambio, cada vez más paz y tranquilidad.

¿Y nuestro ser interior?

Según comenta Elsa Punset, en algunas culturas aborígenes, las personas se van a vivir durante largos periodos de tiempo solos con el fin de encontrarse a sí mismos, ser autosuficientes y no depender de los otros miembros de la tribu.

¿Seríamos capaces nosotros? Hoy por hoy, yo creo que no. Ya que vivimos en una sociedad de consumo con muchos estándares que nos hacen estar totalmente enajenados de nuestro ser interior (móvil, ocio, televisión…) produciéndonos la mayor parte del tiempo una gran anestesia social.

Tengo pendiente poner en práctica otros ejercicios que me sugerían en la charla como: ir al cine sola, ir a merendar sola a un bar o incluso, una propuesta más elevada: realizar un viaje sola. Y, ¿por qué no? Debemos tener claro, que es diferente “estar solo” de “sentirse solo” y que un paso hacia nuestro crecimiento personal es lograr sentirnos felices, plenos y acompañados cuando estamos a solas.

El escritor Borja Vilaseca explica que las personas que no han trabajado su soledad y que no se han trabajado a sí mismas tienen mucho menos que compartir en sus relaciones sociales.

Por lo tanto, te reto a que pruebes alguno de estos ejercicios y así conseguir que la soledad se convierta en tu mejor amiga, tu refugio y tu paraíso. ¡No olvides, que tú eres el verdadero amor de tu vida!

Fuente: Boletín Salesiano

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