Una pequeña parcela de terreno

Sembrando futuro

Cuando los romanos se establecieron en esta región, yo ya estaba aquí. Cuando levantaron una gran ciudad, a la que denominaron Augusta Taurinorum, yo ya producía cada año una cosecha. Siempre tuve vocación de ser tierra fértil y fecunda.

Antiguas leyendas pregonaron que fui regada con la sangre de los mártires Adventor, Octavio y Solutor. De aquella gesta tan sólo conservo vagos recuerdos diluidos entre las brumas del pasado.

Sobre mi cuerpo se han deslizado muchos siglos: días de batalla y de paz; artesanía secular y modernas fábricas; burguesía liberal y alzamientos populares; fe recia y profunda… La única realidad que ha permanecido firme es la ciudad de Turín. La he visto crecer. He sufrido sus épocas de penuria. La he contemplado vestida de esplendor. He aprendido a amarla.

Él llegó hasta mí cuando yo me hallaba sumergida en la inexorable monotonía de los años y los días. Aquel cura joven, al que todos llamaban Juan Bosco, estableció su Oratorio a escasos metros de mis lindes. Sus chicos sembraron mi silencio con sus risas y sus voces.

Un día sentí por vez primera las pisadas de Juan Bosco. Acompañado por varios jóvenes se adentró sobre mi cuerpo. Recuerdo sus palabras: “Aquí, sobre este terreno, se construirá un templo. Tendrá una gran cúpula. En él se honrará a María Auxiliadora”.

Sus muchachos le recordaron las estrecheces que sufría cada día para comprar el pan… ¿Cómo iba a construir un gran santuario?

Pero sus palabras fueron profecía. Nadie sabe cómo lo hizo. Reunió dinero. Me compró. Cuando firmó la escritura entré a formar parte de su proyecto: me convertí en patio para sus chicos. Durante el día sentía sus juegos. En el silencio de la noche acariciaba un sueño imposible: sostener un gran templo sobre mi tierra.

Transcurrió el tiempo. Bosco regresaba con frecuencia. Me contemplaba. Su mirada era como la mano de un campesino: sembraba semillas de futuro sobre los surcos seculares de mi cuerpo.

Una mañana de luz comenzaron a horadarme con picos y palas. Acompasé mis latidos al ritmo de las herramientas de la construcción. No sentí dolor. Aquellos cimientos tan profundos albergarían las raíces que sostendrían un gran templo a María, la madre Auxiliadora.

De esta historia han transcurrido más de 150 años. Yo sigo aquí. Contemplo la ciudad a la que tanto quiero. Sostengo la Basílica de María Auxiliadora. Al templo llegan diariamente peregrinos de todos los continentes. Cuando alguno de ellos derrama una lágrima de emoción, me apresuro a recogerla enseguida. Con ella riego mi cuerpo para ofrecer nuevas cosechas.

Nota. 20 de junio de 1850. Don Bosco compra una parcela de terreno que linda con el Oratorio. Anuncia a sus muchachos que sobre ella levantará un gran templo en honor de María Auxiliadora. Los chicos le escuchan incrédulos. Con los años el sueño de Don Bosco se hará realidad (MBe IV, 105).

Fuente: Boletín Salesiano

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