Vivir como un cura

En una ocasión, con motivo de la presentación anual de las “cuentas de la Iglesia”, preguntaron a Fernando Giménez Barriocanal, Vicesecretario para Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española, sobre la “situación de privilegio” de la Iglesia católica en España. Su respuesta fue muy sencilla: “miren como viven los diecinueve mil curas que tenemos en España”. A más de uno la respuesta les puede parecer simplista, pero no lo es. Esto es solo un titular. Detrás, hay mucho más.

Pues eso, pasen y vean. Supongo que habrá quien le eche más cara al asunto (y la institución eclesial debería estar más atenta en algunos casos), pero la verdad es que la inmensa mayoría de los que nos dedicamos a esto vivimos con lo puesto y somos ciudadanos de bien que trabajamos, percibimos un salario “mileurista” y pagamos nuestros impuestos.  Vivimos del fruto de nuestro trabajo, aportamos al bien común apostando fuertemente por la solidaridad y contribuimos al fortalecimiento del tejido social a través de la educación, la atención a los más desfavorecidos, la acogida a las personas en riesgo de exclusión social  o la defensa de los derechos de los más débiles. Estamos disponibles para atender a las necesidades espirituales de millones de ciudadanos españoles que siguen demandando celebrar y vivir su fe libremente. Vivimos con sencillez y hemos hecho “voto de dedicación” más allá de cualquier horario laboral, festivos y puentes vacacionales. No somos héroes ni buscamos reconocimientos, pero nadie nos podrá tratar de villanos.

Algunos buscarán siempre las cosquillas con el pago del IBI, las inmatriculaciones y cantinelas parecidas. Nuestras estructuras, patrimonio de la cultura de nuestro pueblo en la mayor parte de los casos, están al servicio de la ciudadanía en las más diferentes áreas: servicios religiosos, cultura museística, atención educativa, conservación monumental… Para los menos informados, hay que decir que la Ley de Mecenazgo de 2002 equipara el régimen fiscal de la Iglesia al de todas las fundaciones y al del resto de confesiones religiosas. Por tanto, decir que la Iglesia tiene un régimen privilegiado en materia de IBI –por ejemplo- es, sencillamente, falso.

La cuentas de la Iglesia, publicadas año tras año, no dejan lugar a dudas: claridad y transparencia al servicio de un proyecto social, cultural y espiritual que alcanza a millones de personas y está centrado, sobre todo, en la atención a los colectivos más desfavorecidos. El martes pasado, dos de marzo, se presentó un nuevo informe sobre el último ejercicio del IRPF en el que la Iglesia vuelve a suscitar la confianza de millones de españoles subiendo un 5,8% más la asignación tributaria con respecto al ejercicio anterior. Las grandes cifras son elocuentes: alrededor de 3.500.000 de personas atendidas en los diferentes centros sociales y solidarios de la Iglesia a lo largo de un año en España. 88.500 personas son orientadas y acompañadas en la búsqueda de trabajo; son atendidas 61.300 personas mayores y con alguna enfermedad o discapacidad (ni te cuento en esta pandemia); se acoge y acompaña a 58.000 inmigrantes; 18.500 familias son acompañadas en centros de orientación familiar a lo lago de un año; 18.400 personas reciben asesoría jurídica; 15.400 drogodependientes reciben asistencia; 7.900 niños y jóvenes son acogidos en centros para la tutela de la infancia; y 5.900 mujeres víctimas de violencia fueron acogidas, protegidas y ayudadas.

Mención especial merece también el ámbito educativo, en el que la Iglesia sostiene y tutela 2.620 centros de enseñanza, en los que cursan sus estudios 1.434.524 alumnos que se educan en libertad para incorporarse a una ciudadanía activa y creativa que pueda contribuir a hacer emerger una realidad mejor para todos (el actual régimen de conciertos ahorra al Estado, en la comparativa con el sostenimiento de la red pública, 3.601 millones de euros al año). A esto hay que añadir las 70 diócesis, 23.000 parroquias, 540 santuarios y 860 monasterios que, de una u otra manera, alientan y acompañan la fe de varios millones de españoles que se confiesan católicos en nuestro país. Sin olvidar a las miles y miles de personas voluntarias que, por su compromiso evangélico, entregan tiempo y capacidades generosamente en favor de los demás. Este es, sin duda, uno de lo mejores avales de la Iglesia católica.

No podemos olvidar que la Iglesia se financia, no con dinero del estado directamente a través de los presupuestos generales, sino con la aportación de los más de 8.500.000 de contribuyentes católicos y no católicos que, vía IRPF, deciden libremente sostenerla y apoyarla económicamente. No hay ninguna otra institución en España que se someta anualmente a un refrendo semejante de su tarea. Tal aportación supone una cuarta parte del presupuesto anual. Las otras tres terceras partes provienen de asignaciones directas (donaciones, cepillos, cuotas) de los fieles (40%) o ingresos por patrimonios.

Yo vivo como un cura. Me siento un ciudadano libre y responsable de este país que, como tantos otros colegas y millones de personas de bien, me levanto cada mañana intentando ser mejor y mejorar la realidad que encuentro a mi alrededor. Vivo con lo puesto y no me voy de vacaciones al Caribe; no tengo posesiones ni cuentas en paraísos fiscales; no defraudo a Hacienda y estoy comprometido social y políticamente con mi país. Me siento feliz de compartir lo que soy y lo que tengo. Me siento orgulloso de formar parte de una comunidad, mi Iglesia, comprometida con los más necesitados y cuya presencia en la res publica en un país libre y democrático resulta cada vez más significativa si entendemos, con todas las consecuencias, que la verdadera laicidad de un Estado moderno se mide –en el caso de democracias avanzadas– en la capacidad de pensar en positivo al bien material y espiritual que las diferentes confesiones religiosas –en este caso la Iglesia- aportan al bien común. Lo dicho, como un cura. Mucho más que un titular.

1 opinión en “Vivir como un cura”

  1. Buena reflexión. Así es. Pero entre la canallesca de las ideologías que solo buscan airear los aspectos negativos de la institución eclesial; la pobre política de comunicación de ésta, y, en ocasiones, la falta de coherencia de quienes la formamos, forman una densa nube en la que es difícil ver nada. De todas formas, es significativo que, a pesar de todas las campañas de desprestigio, la casilla de la Iglesia ha batido récords históricos. Da la impresión que hay más gente de lo que parece, que se da cuenta de lo que la Iglesia aporta. . Por nuestro lado, coherencia, transparencia, y ejercicio de la misericordia, como dice el Papa Francisco.

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