Y llegó septiembre…

Nos las prometíamos tan felices allá por el mes junio, con el final de la desescalada, parecía que habíamos ganado la partida al bicho y que todo volvía a la normalidad, bueno, a la nueva normalidad según el gobierno y resulta que estamos en una situación parecida a cómo estábamos allá por el mes de abril con la cantidad de rebrotes, contagiados y hospitalizados.

El verano nos ha jugado una mala pasada. El calor, las vacaciones, la noche, la playa, los pueblos, la sensación de que todo estaba arreglado, de que “a mí como soy joven no me toca, los que tienen que tener cuidado son los viejos”, ha reproducido una situación de confinamiento de pueblos, ciudades y la amenaza de un nuevo confinamiento social total.

Y ahora llega septiembre. Lo que en otros años significaba la vuelta a la rutina y la normalidad, este año tiene connotación de estar todo en el aire sobre lo que puede pasar. Por ejemplo, la vuelta de los estudiantes a las aulas. Los equipos directivos deben estar rompiéndose la cabeza para ver cómo hacen para cumplir con la cantidad de normas de seguridad que les piden cumplir para abrir las aulas: reducir el número de alumnos por aula supone habilitar nuevas aulas y contratar más profesores…, qué hacer cuando se detecten alumnos contagiados, ¿cerrar el aula?, ¿cerrar el colegio? En fin, situaciones tan absolutamente nuevas que requieren soluciones muy nuevas y creativas.

Maslow propuso una teoría psicológica sobre las necesidades en forma piramidal. En la base de la pirámide están las necesidades fisiológicas, respirar, comer, beber, dormir… Cuando estas necesidades están satisfechas aparece el segundo escalón de la pirámide, la necesidad de seguridad, seguridad física, de recursos… Esta necesidad de seguridad que sentimos todos los seres humanos la buscamos con insistencia y cuando no la tenemos, o la tenemos bajo mínimos, nos sobreviene la angustia y la depresión. Se me ocurre esta teoría psicológica de Maslow a propósito de la pandemia del coronavirus que nos ha metido la inseguridad y el miedo en el cuerpo y, por lo que estamos viendo, vamos a tardar en eliminarlo. Creo que más que eliminar esa inseguridad que tanto nos puede angustiar, vamos a tener que convivir con ella, a tener que hacer nuestra vida diaria sin la seguridad de que el virus está vencido y no nos va a afectar, a tenerlo como compañero de camino durante bastante tiempo. O sea, la seguridad en nosotros mismos en las normas y en la ciencia para poder llevar una vida normal. Para los creyentes, la seguridad nos la da, sobre todo, la fe en Jesús que nos dice como a los discípulos aterrorizados por la bravura del mar de Galilea y a punto de naufragar: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

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