La era de la autenticidad

5 noviembre 2024

Hace unos días un conocido político tuvo que dimitir por contradecir muy gravemente los principios que decía defender. Es evidente que eso sucede no solo a políticos de todos los colores y tendencias, sino también a personajes aparentemente modélicos de todas las esferas sociales, sin excluir a cargos eclesiásticos importantes.

El político en cuestión ha dejado una excusa sobre la que me quiero detener. Según él, el personaje (lo que se aparenta) habría devorado a la persona (lo que se es de verdad). Se trata de un tema hoy en día decisivo, la coherencia o autenticidad.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, “auténtico” significa:
1. adj. Acreditado como cierto y verdadero por los caracteres o requisitos que en ello concurren. Es un Goya auténtico.

2. adj. Coloquialmente: Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es. Es una persona muy auténtica.

El filósofo alemán Heidegger afirmaba que la mayoría de la gente se deja llevar por lo que hace o dice todo el mundo, y la autenticidad no es tan fácil de encontrar. Sin embargo, según otro filósofo actual, el canadiense Charles Taylor, la nuestra es, desde hace unas décadas, la “época de la autenticidad”. Todos queremos tomar nuestras propias decisiones con coherencia y “ser auténticos”. Incluso la religión se elige personalmente, la fe se ha de personalizar con autenticidad y honestidad.

Los jóvenes exigen a los adultos, sobre todo a sus padres y educadores, que sean auténticos y coherentes. En el Instrumentum laboris (IL) del Sínodo de 2018 sobre los jóvenes leemos: “Incluso cuando son muy críticos, en realidad los jóvenes piden que la Iglesia sea una institución que brille por su ejemplaridad, competencia, corresponsabilidad y solidez cultural […]. Los jóvenes de hoy anhelan una Iglesia que sea auténtica. Queremos expresar, especialmente a la jerarquía de la Iglesia, que debe ser una comunidad transparente, acogedora, honesta, atractiva, comunicativa, asequible, alegre e interactiva” (IL 67). “Necesitamos encontrar modelos atractivos, coherentes y auténticos” (IL 21).

Aun más: “En un contexto de inseguridad y miedo del futuro, los jóvenes ya no se vinculan a las instituciones como tales sino más bien a las personas que, dentro de ellas, comunican valores con el testimonio de sus vidas. A nivel personal e institucional, coherencia y autenticidad son factores fundamentales de credibilidad” (IL 60). Los jóvenes describen así el perfil del acompañante cristiano ideal: “Que sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo” (IL 132). Ellos buscan relaciones significativas en “comunidades auténticas” y contactos personales con “testigos luminosos y coherentes” (IL 175).

Este deseo se recogía también en el posterior Documento final (DF) de dicho Sínodo: “Los jóvenes piden que la Iglesia brille por autenticidad, ejemplaridad, competencia, corresponsabilidad y solidez cultural” (DF 57). Buscan “formas más auténticas para vivir y testimoniar el Evangelio” (DF 116). Desean en la Iglesia “relaciones auténticas” (DF 128), también “que las celebraciones litúrgicas sean auténticas” (DF 134) y, en definitiva, “una Iglesia auténtica, luminosa, transparente, alegre” (DF 166).

En resumen, no nos fijemos solo en lo que otros hacen mal. ¿Cómo andamos de autenticidad y coherencia personal? ¿Alimentamos a veces a ese personaje que se come u oculta a la persona real?

1 Comentario

  1. JOSE ENEBRAL

    Admito, Jesús (puedo haber leído deprisa), que no me han quedado muy claras la isagoge, la ilación y la argumentación, pero me apunto, eso sí, a la conclusión de que no nos fijemos en quienes lo hacen mal, y cuidemos la autenticidad y coherencia personales (que cabe desde luego situar entre las fortalezas y virtudes universales). Vale, bien; yo simplemente añadiría que tampoco nos fijemos mucho en quienes lo hacen supuestamente bien, no vaya a ser que se conviertan en líderes o referencias para nosotros… Lo digo porque podríamos bajar la guardia y limitarnos a imitar, a asentir, a seguir, con menoscabo de nuestra autonomía intelectual, es decir, con merma del desarrollo y cultivo de nuestra propia personalidad. En un momento dado, hemos de asumir el protagonismo en el desarrollo de nosotros mismos, y llegar a la plena condición de ser humano desarrollado.
    En fin, así lo veo y, sin mayor pretensión, me apetecía comentar.

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