No parece una invitación menor en un tiempo como el nuestro. Vivimos rodeados de pantallas, de titulares que duran unas horas, de debates crispados y de preocupaciones inmediatas. Nos cuesta mirar más allá del presente. Quizá por eso el Papa ha insistido tanto en levantar la vista, contemplar la realidad con profundidad y recuperar la capacidad de reconocer al otro como hermano.
Durante su viaje, León XIV ha hablado de la dignidad humana, de la necesidad de superar la polarización, de los migrantes, de quienes viven en las periferias… Mensajes con un hilo conductor común: toda persona posee una dignidad que nadie puede arrebatarle.
No parece casual que este mensaje haya resonado con tanta fuerza en el primer viaje a un país europeo. Tengo la sensación de que el Papa ha lanzado todo un proyecto para el Viejo Continente. Más allá de las cuestiones internas de la Iglesia, da la impresión de que León XIV está proponiendo al continente una responsabilidad histórica. Frente a un mundo cada vez más fragmentado y sometido a nuevas tensiones geopolíticas, el Papa parece mirar hacia Europa como un espacio capaz de recuperar una tradición humanista profundamente arraigada en sus raíces cristianas. El Papa agustino ha convocado a todos a construir “la ciudad”, una sociedad entendida como casa común, fundada en la búsqueda compartida del bien común.
Convertir la mirada
Pero el Papa también ha hablado a los cristianos y a la Iglesia. Ha pedido comunidades capaces de escuchar, acompañar y salir al encuentro de quienes sufren. Ha reclamado una Iglesia misionera, cercana a los jóvenes, pobres, migrantes y quienes se sienten alejados. Y ha insistido en la necesidad de promover una auténtica cultura del cuidado.
También desde la Familia Salesiana hemos participado en este acontecimiento. Cientos de jóvenes participaron en los encuentros, las casas salesianas acogieron peregrinos; decenas de voluntarios colaboraron con la organización del viaje, etc. Fue nuestra pequeña aportación a un momento especialmente significativo de la vida de la Iglesia.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas que deja esta visita. No basta con analizar los problemas del mundo. Tampoco basta con denunciarlos. El Papa nos invita a mirar más lejos y preguntarnos qué podemos aportar cada uno para construir una sociedad más humana. Nos invita “a convertir la mirada”, para ver en los demás, en las situaciones de dificultad, en el contexto actual, las posibilidades de construir una nueva civilización con cimientos sólidos anclados en el mensaje del Evangelio. En definitiva, nos invita a alzar la mirada para descubrir a Dios, reconocer al prójimo -especialmente al que sufre- y recuperar la esperanza.




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