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Sufro luego existo

1 julio 2026

El filósofo francés Pascal Bruckner es un analista lúcido y agudo de los rasgos más llamativos de la sociedad actual. En 2001, por ejemplo, publicó La euforia perpetua: sobre el deber de ser feliz, donde denunciaba que hoy muchos se preocupan continuamente por publicar que son muy felices y su vida es una fiesta permanente, aunque luego eso resulta ser puro “postureo”.

Bruckner acaba de publicar otro interesante libro, Sufro luego existo. Denuncia que se ha puesto de moda hacerse la víctima, quejarse de que “la sociedad me odia y me persigue y lo paso muy mal”, sin que eso sea cierto fuera de la mente del que se hace el (o la) mártir:

“Tradicionalmente, el estatuto de víctima se obtenía del historiador o de la justicia: el primero describía la realidad de una masacre, los tribunales componían esta realidad y extraían las consecuencias […]. Pero en nuestros días, en una época de impaciencia amplificada por las redes sociales, hay un deseo de autocoronarse como mártir acelerando el proceso: veamos por ejemplo los «estudios del agravio» en Estados Unidos, esos departamentos universitarios que presentan reclamaciones de todo tipo de categorías —los obesos, las mujeres, las minorías, los queer, las lesbianas, los trans, etc.— y que se aplican ese título a modo de carta de presentación. Armenios, deportados, esclavos, colonizados, harkis, homosexuales han tenido que patalear largo tiempo para ser reconocidos. Ya no tenemos el valor de esperar, queremos acceder de inmediato al título de censurados. ¿Qué es la victimización? Una identidad narrativa que nosotros nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento, la voluntad de ser identificado sin tener que presentarse… Se puede decir que la ideología victimista peca tres veces: desacredita el estoicismo espontáneo de cada uno frente al mal. Invierte las prioridades: con la excusa de proteger a los vulnerables, multiplica en cambio a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados. Y, por último, se convierte en coartada de asesinos, que se envuelven en esos hábitos para cometer sus fechorías.”

“La preocupación por los humillados, tal es la grandeza del humanismo. Mientras que su anverso es la victimización como chantaje al otro. Su estadio último es la desaparición de los auténticos desgraciados a favor de los parias de carnaval cuya única particularidad es poseer las redes y la notoriedad que les permiten imponerse. Se apoderan de la lengua de los oprimidos para usurpar una posición… El sufrimiento antaño era el destino común de la condición humana; ahora se trata de un pasaporte que se exhibe para impresionar a los contemporáneos. Te provee de una nueva identidad, te transforma en un ser excepcional que puede hacerse notar sin grandes esfuerzos en la escena pública”.

En cierta medida, esto nos puede pasar a nosotros. Lo indican frases como “qué pocos somos, qué mal va todo, esto se hunde, no tenemos futuro, los superiores (o los jefes, o mis subordinados, o la gente en general) me odian…” El dicho irónico “Cuánto sufro y qué poco me quejo” se transforma en un “Me quejo mucho y todo el tiempo, aunque no sufra tanto”. D Bosco hacía lo contrario. Los que le conocían bien sabían que cuanto más alegre parecía, mayores problemas tenía. Él no se quejaba: se ponía en manos de Dios y actuaba.

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