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¿Quién nos separará del amor de Cristo?

6 julio 2026

Una reflexión sobre la Carta a los Romanos 8,35

Hace casi dos mil años, el apóstol Pablo formuló en su Carta a los Romanos (8,35) una pregunta que sigue interpelando hoy de manera singular a quienes creen en Jesucristo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”.

No es una pregunta dirigida a una asamblea de especialistas en teología. Pablo la plantea como un desafío, primero para sí mismo y después para aquellos creyentes que vivían en las difíciles circunstancias del Imperio romano, perseguidos y llenos de incertidumbre. Hoy, esa misma pregunta sigue hablándonos a nosotros, a nuestras inquietudes contemporáneas, a nuestra búsqueda de sentido y de estabilidad en una época marcada por una incertidumbre no menos preocupante.

Raíces profundas

Quisiera comentar estas palabras de Pablo partiendo de la imagen de un árbol. Un árbol no se mantiene en pie porque alguien lo sostenga desde fuera; permanece firme porque tiene raíces profundas que lo anclan a la tierra, allí donde la fuerza de los vientos y las tempestades no puede llegar. Cuando Pablo habla de estar “arraigados en Cristo”, se refiere precisamente a esto. No se trata simplemente de creer ciertas cosas a nivel intelectual, sino de dar forma a la propia identidad, de poder decir: “Mi vida pertenece a Cristo, y este hecho es fundamental, porque proporciona una base sólida y una estructura firme a toda mi existencia”.

Con un lenguaje más actual, podríamos decir que se trata de encontrar un fundamento sólido para la propia identidad. En un mundo en el que constantemente se nos empuja a construir nuestra imagen a través de las redes sociales, los logros profesionales o la aprobación de los demás, Pablo nos invita a leer nuestra vida de una manera radicalmente distinta.

Mi verdadera identidad –diría hoy Pablo– no depende de cuánto dinero he acumulado ni del lugar que ocupo en la sociedad. Mi identidad depende de mi decisión y voluntad de pertenecer a Jesucristo, de reconocerme amado por Él de manera incondicional.

Vivir alimentados por estas raíces lo cambia todo. Las tormentas pueden agitar las ramas, pero no arrancar el árbol. Las pruebas pueden sacudirlo, pero no separarlo del terreno firme del amor de Cristo. Permanece la certeza de pertenecer a Alguien que nunca nos abandona.

El alimento del amor

Un árbol absorbe del suelo en el que está plantado todo lo que necesita para vivir. Del mismo modo, el cristiano vive plenamente su fe alimentándose del amor de Cristo, porque está arraigado en Él. ¿Y qué significa esto, en la práctica?

Significa encontrar momentos de escucha y silencio. No es algo extraordinario ni reservado a los religiosos. Al contrario, es la sabia costumbre de detenerse, leer la Palabra de Dios, rezar y permanecer sencillamente en silencio ante un misterio más grande que nosotros, pero que habita en nuestro corazón. En un tiempo caracterizado por la aceleración constante y el ruido permanente, estos momentos vividos con regularidad se vuelven cada vez más valiosos.

Significa también participar en los sacramentos, no como cumplimiento de una obligación externa, sino como un encuentro vivo con la gracia de Cristo. Del mismo modo que el cuerpo necesita alimento, también el alma tiene hambre. El cristiano auténtico descubre que, sin este alimento, la vida interior se seca y pierde el rumbo.

Hay además un aspecto que da vida a todo lo anterior. Dejarse alimentar por el amor de Cristo significa permitir que ese amor transforme nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Quien se nutre de este amor empieza poco a poco a contemplar la realidad desde otra lógica: no la lógica de la venganza, de la competencia despiadada, de la búsqueda obsesiva de seguridad mediante la acumulación o de la indiferencia hacia los demás.

Comienza a vivir guiado por la lógica del amor: un amor que perdona, que sirve y que confía. No porque seamos buenas personas por naturaleza, sino porque hemos sido transformados desde dentro por el amor que continuamente nos alimenta.

La “victoria” que nos sostiene

Quizá la dimensión más poderosa del mensaje de Pablo sea la de la victoria. No se trata de una victoria teórica, sino de una realidad histórica: Cristo ha resucitado de entre los muertos. Y esta victoria sobre la muerte cambia radicalmente nuestra manera de afrontar la vida. Ya no vivimos bajo la sombra de la muerte, sino a la luz de la Resurrección, bajo la luz de Aquel que, venciendo a la muerte, vive para siempre.

Esto no significa que los cristianos no sufran o no mueran. Pablo lo sabe perfectamente y enumera las pruebas que el creyente puede afrontar: hambre, desnudez, peligro o persecución.

Significa, más bien, que esas pruebas no tienen la última palabra. Significa que, cuando el cristiano se encuentra ante la enfermedad, duelo o injusticia, nunca queda abandonado a sí mismo en un universo indiferente. Está sostenido por la certeza de que Aquel en quien confía ya ha vencido. No es una certeza que elimine el sufrimiento, pero sí una certeza que lo sitúa dentro de una historia más grande, una historia que tiene sentido y que no termina en la nada.

Una pregunta para hoy

La pregunta de Pablo sigue resonando hoy, en un mundo donde tantas personas buscan estabilidad y sentido. Quizá seas una persona creyente o quizá simplemente tengas curiosidad por lo que el cristianismo puede decir sobre la vida. En cualquier caso, la pregunta merece una reflexión: ¿Sobre qué construyo mi identidad? ¿Qué es lo que realmente me alimenta? ¿En qué confío cuando todo se derrumba a mi alrededor?
Pablo ofrece una respuesta que no es sencilla, pero sí profunda: puedes construir tu vida sobre Cristo, alimentarte de su amor y vivir con la certeza de una victoria que va más allá de toda apariencia temporal.

No es una respuesta para quien busca caminos fáciles, pero es una respuesta que ha sostenido a innumerables personas –santos y pecadores, héroes y gente sencilla– en los momentos más difíciles de su vida. Quizá merezca la pena considerarla.

Imagen creada por ChatGPT

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