Cuando los números hablan de esperanza

14 enero 2026

El jueves 11 de diciembre la Iglesia en España presentó su Memoria anual. Como ocurre cada año, los titulares se fijaron en las cifras: número de personas atendidas, recursos económicos, centros educativos, parroquias, sacerdotes, voluntarios… Pero una lectura más profunda exige ir más allá del dato para descubrir el significado profundo de lo que esas cifras revelan: una Iglesia que, con límites y fragilidades, sigue siendo una red capilar de esperanza al servicio de la sociedad.

La Memoria no es un ejercicio de autoafirmación ni un balance empresarial. Es, ante todo, un acto de transparencia y rendición de cuentas. Auditada esa memoria por una importante consultoría, la Iglesia se expone públicamente para explicar qué hace con lo que recibe de la asignación tributaria y, sobre todo, para mostrar a quién sirve.

Las cifras hablan de millones de personas acompañadas a través de Cáritas, de parroquias que siguen siendo espacios de acogida, de hospitales, residencias, centros educativos y proyectos sociales que llegan donde muchas veces no alcanza la acción pública. Pero sería un error reducir esta labor a una función subsidiaria del Estado. La acción de la Iglesia no nace de un vacío administrativo, sino del Evangelio. No responde solo a una necesidad social, sino a una vocación.

Y, es que, la Iglesia no es una ONG, aunque esté detrás de muchas que trabajan en nuestro país. Su acción social, educativa y pastoral obedece al mandato evangélico de “id y anunciad”, de extender el Reino allí donde se encuentra.

Dentro de esta gran familia vive y trabaja la Familia Salesiana. Escuelas, centros juveniles, plataformas sociales y parroquias salesianas también forman parte viva de esa Memoria que se presenta cada año. No como una marca propia, sino como un carisma al servicio de la Iglesia y de nuestra sociedad, especialmente de los jóvenes más vulnerables.

La Memoria anual de la Iglesia en España es también una invitación a mirar la realidad sin prejuicios. A reconocer que, más allá de errores y fallos, existe una labor cotidiana, silenciosa y eficaz que sostiene vidas concretas. Personas con nombre y rostro.

Para quienes formamos parte de la Iglesia, todos esos datos pueden ser una llamada a la responsabilidad y acicate para seguir remando. Y para la sociedad, una oportunidad de valorar con justicia una aportación que no se mide solo en euros o estadísticas, sino en servicio, compromiso por el bien común y el trabajo en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.

Porque al final, detrás de cada número de la Memoria, hay una historia. Y detrás de todas ellas, una Iglesia que, fiel a su misión, sigue saliendo a los caminos del mundo para encontrarse con las personas y anunciarles, de mil formas, la alegría del Evangelio.

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