Creo que puede ser interesante reflexionar sobre algunas cosas que, como padres o educadores, se pueden hacer para realizar esta no fácil tarea. En primer lugar, poner al adolescente límites claros y concretos y que los conozca bien, verbalizárselos claramente, que conozca los márgenes en los que juega y en los que pueden moverse. Comunicarle lo que se espera de él para que pueda decidir si cumple o no con ese límites. Si no cumple, no es un drama, es una oportunidad educativa de diálogo para que vaya aprendiendo la segunda palabra clave, la responsabilidad.
La responsabilidad se aprende y se desarrolla poco a poco. Para que puedan desarrollar la capacidad de ser responsables, es necesario que se equivoquen muchas veces cumpliendo unos acuerdos o manteniendo unos límites o cumpliendo unas normas.
Las consecuencias. Juegan un papel importante, diría imprescindible, en la comprensión de los límites. Para que aprendan, tienen que sentir las consecuencias de las decisiones que toman. No vale el “no pasa nada”. Se aprende después de vivir y experimentar algo. Y, por último, la constancia, ser pacientes pero constantes, no cansarse ni abandonar y acompañarles. El acompañamiento sobre sus errores como campo de aprendizaje es muy importante.
Los límites, ¿se deben consensuar? No todos los límites deben ser consensuados, hay algunos de convivencia o legales que son de obligado cumplimiento, pero hay otros que son más negociables. Los padres tienen que tener claro y dejárselo claro al adolescente qué es y qué no es negociable y las consecuencias de un incumplimiento.
También es importante la coherencia entre ambos padres con el mismo criterio a la hora de proponer lo límites y sus consecuencias. Ciertamente no es fácil que las personas que educan en pareja ser siempre coherentes porque viene de creencias distintas, pero es fundamental.
Hoy día, con tantos medios de comunicación y tantas redes sociales, hay un peligro que es difícil esquivar. Se trata del, “eso lo hacen todos”, es decir compararse con otras familias a la hora de poner límites. Cada persona y familia tiene un modelo distinto de lo que es ser padre o madre, otra trayectoria completamente diferentes, así que nada de compararse porque a veces no solo no ayuda en esta tarea sino que frustra mucho. Cada familia siempre es distinta y puede que no sea tan perfecta como a simple vista puede parecer.




Bueno, en esto de los límites en lo familiar, uno señalaría sólidas referencias en la ley y la moral, y sobre todo cabe celebrar la inexcusable ejemplaridad en los padres en cuanto a responsabilidad, templanza, civismo, compromiso, respeto, ecuanimidad, reflexión, coherencia, justicia, empatía… Claro, en general el colegio educa para todos, y la particularidad la pone la familia… A veces me parece que los colegios tienen la tentación de enseñar a los padres a ser padres, aunque estos no suelen mostrar la tentación de educar a los educadores. Quizá no lo he dicho bien; lo que yo he notado es que algunos profesores critican a los padres, y no tanto los padres a los profesores. Ni unos ni otros somos perfectos y quizá la clave está en saberlo.
Yo siento gratitud a mi colegio, aunque la perspectiva me deja identificar algunos errores en la educación y aun en la docencia. Creo que entonces se educaba (recurriendo incluso al castigo físico y la humillación pública) para obedecer, y no tanto para pensar y sentir. Pero entiendo que ahora es distinto y que ya, por ejemplo, los diferentes (por feos, gordos, torpes, listos, distraídos, etc.) no lo pasan tan mal como entonces.