Con mis 10 años, yo lo veo así

6 febrero 2026

“Con mis diez años, yo lo veo así. Las tardes que nos toca venir al centro (el “preju”, le llamamos, o el “casal”) lo pasamos bien. Las educadoras (las llamamos “profes”, o “señus”, aunque sabemos que no les gusta) se portan bien, y preparan todo muy bien. A veces se tienen que poner serias. Porque algunos (hay que reconocerlo) se pasan (nos pasamos). Se oyen muchos, “¡si yo no lo he tirado!”, “¿y por qué yo?”, “¡qué pereza!”; y se ven algunas faltas de respeto (entre nosotros, con el material). No siempre nos callamos cuando toca, no hacemos caso, algunos se ponen a correr (nos ponemos a correr) por la sala, se pelean (nos peleamos), nos quejamos mucho, gritamos (eso sí, a ratos gritamos un montón), no siempre nos escuchamos… Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos. Vale, no es justo, no está bien, pero nos portamos así, no sé por qué.

Yo soy de los que no paran, es verdad. La lío con frecuencia; cosas normales, no muy gordas, pero bastantes (¡es que no puedo parar!). Bueno, una un poco más gorda, cuando un día de los que no fui al cole se enteraron aquí, porque me vieron en la calle por la mañana. Entrevista con mi madre, conversaciones conmigo, preguntas… Se interesan por mí, y eso me gusta. Escuchan mis historias, mis fantasías, mis “películas” …y eso también me gusta.

Sí, me muevo mucho, no paro, estoy inquieto. Pero me fijo y me entero, aunque no lo parezca. Los padres de algunos casi nunca vienen a buscarlos, o viene solo su madre, o la abuela… ¿No tienen padre? ¿Pasan de ellos? Bueno, cada cual sabe lo que tiene en su casa. Y lo que no tiene. A lo mejor lo que pasa en nuestras familias (eso que no nos gusta y que no sabemos cómo explicarlo, o no queremos) también hace que algunos de nosotros estemos más nerviosos algunas veces. Supongo que venimos al centro en parte por eso, para tener un lugar donde estar algunas tardes después del cole y aprovechar el tiempo. Y aquí estamos bien, sí, aunque a veces armemos un poco de follón. Muchas veces estamos mejor que en casa. O que, en la calle, la verdad.

Yo pienso en las educadoras. Me fijo en ellas (también para esconderme de ellas, cuando no quiero que vean lo que hago), pongo a prueba su paciencia, les hago preguntas comprometedoras -lo sé-, les meto rollos, me río, y disfruto cuando veo que no saben de qué nos reímos. Pero estoy a gusto con ellas, la verdad. Nos saludan, nos preguntan, juegan con nosotros, nos escuchan, nos dicen cosas interesantes, nos recuerdan las normas para que todo funcione bien, preparan actividades para que pensemos, están por nosotros, nos ayudan con los deberes, nos hacen bromas simpáticas, se meten con nosotros de buen rollo, se despiden de nosotros cuando nos vamos… 

Alguna vez me he preguntado por qué lo hacen; porque tienen mucha paciencia y mucho aguante cuando no nos comportamos como debemos (yo, la verdad, no tendría tanta paciencia). Yo creo que hacen lo que tienen que hacer, que no pueden dejar que hagamos siempre lo que queramos: entonces sí que sería todo un jaleo muy grande y nadie aguantaría.

Yo es que creo que nos quieren; si no fuera por eso, me parece que no estarían aquí.

Con mis diez años, yo lo veo así.”

 (Dedicado al numeroso colectivo de educadoras y educadores que, con paciencia y cariño, van sembrando y sembrando).

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